Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Juan Diego Flórez | MÚSICA

'En el 'bel canto' estás desnudo, sólo tú y tu voz'

El tenor peruano, de 29 años, se ha convertido en la voz rossiniana del momento. Acaba de sacar un disco con piezas del compositor que más ha marcado hasta ahora su corta pero meteórica carrera, dirigido por Chailly. En España aparecerá en junio en el Festival Mozart de A Coruña.

Juan Diego Flórez nació rodeado de música criolla y creció con ella. Su padre, Rubén Flórez, se ganaba la vida cantando este repertorio popular en Perú, país donde nació el tenor en 1973. Pero nadie en su entorno podía imaginar lo que vendría después. El chiquillo, a quien le hacía tilín la música ligera y más tarde el rock and roll, se ha convertido en una estrella de la ópera. Así que, de cultivar como guitarrista en un grupo de Lima los caminos de sus admirados músicos, desde los amables The Beatles y Simon y Garfunkel a otros coqueteadores del satanismo como Led Zeppelin o amantes del kilowatio y el alcohol de quemar como AC/DC, se decidió a explotar su voz para convertirse en el campeón del repertorio de Rossini que es hoy. Ahí, en el corazón del bel canto, Flórez ha descubierto una auténtica mina de la que no subirá hasta que lo pique todo: 'En el bel canto queda un auténtico filón por explotar', anuncia.

Y es que no sólo de Rossini vive este tenor, joven, moreno, rizoso, de porte alto, sonrisa tímida y voz segura de sí misma. Si bien ha explorado muchas de las óperas habituales, desde El barbero de Sevilla y La Cenicienta a Viaje a Reims, Guillermo Tell o La italiana en Argel, hasta otras menos conocidas del músico italiano genial e irreverente, como Semiramide, La donna del lago o Matilde di Shabran, dice que le gustaría adentrarse más en Donizetti y Bellini, las otras dos cumbres del belcantismo, y luego en el repertorio francés. 'Estaré en el belcantismo hasta que pueda. Es una corriente de la historia de la música muy hermosa y muy grande. Tampoco me importa repetir. Uno puede cantar La italiana en Argel toda la vida', dice en conversación telefónica desde París, donde estaba para ver a su novia, la también cantante Laura Giordano.

Le trae al pairo que la gente

diga que uno no puede seguir en ese repertorio a cierta edad. 'Pavarotti dijo una vez que el belcantismo era para los jóvenes. Pero si uno puede conservar la voz para ese tipo de canto, ¿por qué dejarlo?'. Le gusta el riesgo que suponen este tipo de papeles: 'Necesitas audacia, descaro y la seguridad también de que tienes las notas porque si no es embarazoso. En el bel canto estás sólo tú y tu voz, desnudo'. Y también la amplitud del repertorio.

No le falta razón. Hace cien años, los tenores rossinianos eran una rara avis. Se escenificaban muy pocas óperas de don Gioachino, El barbero de Sevilla y poco más, pero la crisis de ceguera estética ha ido remontando y hoy se cuentan por miles a los seguidores y practicantes del belcantismo. Dentro de éstos, Flórez destaca con técnica y elegancia de prodigio. Desde su debut en 1996, con 23 años, en Pesaro, precisamente en el Festival Rossini, con Matilde di Shabran, el cantante ha subido alto y rápido: Covent Garden, Ópera de París, Scala de Milán, Metropolitan... Escenarios que casi no llegó a soñar desde que estudiaba en el conservatorio de Lima o incluso ya en el Curtis Institute de Filadelfia, donde fue becado para perfeccionar sus estudios.

Pero ya ha pasado a la historia de la música en su país, donde han existido cuatro tenores de carácter: 'Alessandro Granda, que trabajó con Toscanini, Luigi Alba y Ernesto Palacio, que ha sido mi maestro', dice él. Todo indica que la estirpe seguirá. Porque en América Latina existe en estos tiempos toda una cantera para la ópera mundial: José Cura en Argentina, Ramón Vargas en México, él en Perú... Triunfan por todas partes. Flórez ve una explicación. 'El gusto por los boleros, por el tango, dan una forma de cantar muy sentida, de mucho sentimiento, hay que interpretar, no sólo cantar para hacerlo bien, quizá por eso somos buenos para la ópera', asegura.

Vive con tranquilidad un mundo en el que es fácil que un joven de sus características se deslumbre. 'Estoy tranquilo, voy a un ritmo justo, trato de ver las cosas como son, con la cabeza bien puesta. Me ayuda mucho mi excesiva capacidad autocrítica', dice. 'Veo siempre el pelo en el huevo. Me interesa más el canto que el glamour, éste es un trabajo para artesanos. El que se la cree toda y piensa que ya llegó a su meta, se pierde por allí'.

Además cree que nunca se acaba de aprender, que es una carrera de fondo. El hecho de que un gran director como Ricardo Chailly, con su Orquesta y Coro Giuseppe Verdi de Milán, haya grabado el disco Arias de Rossini con él, le infunde energía positiva: 'Chailly ama el belcantismo y le gusta tener el control completo, exige mucho, le gustan los tempos rápidos, hay que estar a su altura', cuenta.

Pese a demostrar en la grabación, que contiene fragmentos de Semiramide, Otello, El barbero de Sevilla, La gazza ladra, La italiana en Argel, Zelmira, La donna del lago y La Cenicienta, su dominio total del compositor, a Flórez no le gusta que le cuelguen la etiqueta de rossiniano: 'Es mi plato fuerte, digamos, pero no es mi único repertorio'.

Lo dice pero no estaría dispuesto a jurar que no quiere serlo. Se nota en cómo define su visión del compositor: 'Es muy difícil. Hay que tener facilidad en el registro agudo y coloratura. Me encanta hacer estos papeles, me dan una sensación especial, es una adrenalina constante. Debes cantar bonito, con legato, es decir, suavidad y con energía en el momento de los fuegos artificiales, estar fuerte en el aspecto atlético vocal'. Una mezcla explosiva.

La técnica y los malos ratos

JUAN DIEGO FLÓREZ aparecerá este año dos veces en España. La primera, en junio, en el Festival Mozart de A Coruña, donde dará un recital; la segunda en Barcelona, donde cantará La donna del lago en el Liceo la próxima temporada. Madrid comprobó su madera de músico en el Teatro Real el mes pasado, donde Flórez salió como un torero de un mal trago. Una maldita flema se le instaló en los registros graves en mitad de un recital en el Teatro Real de Madrid y Flórez se quedó sin voz pero esquivó el mal fario. 'Fue al final del primer bloque de arias. Paré y adelanté el descanso. Pero volví a salir y, aunque no había desaparecido la flema, pude cantar'. Lo dice como si fuera suerte o milagro. Pero no, su triunfo fue obra de la técnica prodigiosa que lleva consigo. 'Lo importante es saber qué hacer. La técnica sirve para eso, para salir de los apuros. Lo que hice fue sacar la voz de los graves y ponerme en el registro agudo', cuenta.

Y es que con un debut como el que tuvo en Pesaro en 1996, Flórez se ha demostrado que puede con casi todo. 'Cantaba un papel secundario en Ricardo e Zoraide. Bruce Ford, el tenor principal de Matilde di Shabrán se puso enfermo dos semanas antes de hacerlo y canceló. Entonces, el director artístico, que me había visto cantar, me lo ofreció', cuenta Flórez. '¿Crees que puedes aprenderte el papel en dos semanas', le dijo. El jovencito debutante se puso nervioso, pero por dentro, como los grandes, sin demostrar un tembleque. 'Pedí ese tiempo para hacerme a la idea, la decisión la tenía tomada. Era que sí, pero yo no podía creerlo'. Y con aquel triunfo en Pesaro, comenzó a comerse el mundo con los ingredientes de un músico que dejó de componer óperas precisamente para inventar recetas de cocina: el gran Rossini. J. R. M.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de abril de 2002

Más información