Sombras chinas
Con el cambio de su liderazgo en el horizonte de octubre, China se está enfrentando a graves problemas y decisiones. Debe ser el único régimen aún formalmente comunista que saca legitimidad del crecimiento económico y el ritmo de su marcha hacia el capitalismo, en su estrategia oficial para 'globalizarse'. Pero la primera semana de la plenaria anual de la Asamblea Popular Nacional (Parlamento) ha puesto de relieve que tales premisas no bastan y que, ante un desempleo que aumenta a un pavoroso ritmo de 30% al año -fruto de la modernización agrícola, de las migraciones internas y de la reestructuración de enormes sectores estatales-, es necesario aumentar el gasto social en pensiones y asistencia, lo que agrava el déficit presupuestario. La prioridad es garantizar la estabilidad social para atraer inversiones extranjeras y seguir manteniendo el ritmo de crecimiento de la economía, fijado para el año en curso en un 7%.
En contradicción con estas necesidades, el Gobierno ha anunciado un crecimiento, por segundo año consecutivo, del gasto militar por encima del 17%, llevado por el deseo de modernizar sus Fuerzas Armadas. La excusa es la lucha contra el terrorismo tras el 11-S, y, probablemente, la convicción de que lo ocurrido después pone de relieve que el poderío militar sigue siendo un factor primordial de influencia internacional. Pese a que el 11-S ha acercado algo Pekín a Washington, la mejora de las relaciones de la Administración de Bush con India y Rusia, sus rivales regionales, y su propia situación geoestratégica le empujan hacia el rearme. Tiene el problema de Taiwan enfrente y cuenta con 20.000 kilómetros de fronteras terrestres con 14 vecinos. La otra cara de esta realidad es que, pese a su milagro económico, China sigue siendo un país pobre que debería dedicar sus recursos a otras prioridades.
La plenaria de la Asamblea Popular está sirviendo para que tomen posiciones y se dejen notar los miembros de la nueva generación que ha de suceder al liderazgo del presidente Jiang Zemin y del primer ministro, paladín de las reformas, Zhu Rongji. Ambos dejarán sus cargos en el Partido Comunista en octubre, y en el Gobierno, en 2003. Por detrás vienen el actual vicepresidente, Hu Jintao, y Bai Keming, el antiguo director del Diario Popular.
Cuestión abierta es si las tiranteces que puede producir el cambio de liderazgo no van a frenar las reformas en curso, y la lucha contra la corrupción en la que Zhu pone tanto acento. Buena palanca para seguir moviendo este gigantesco país de 1.300 millones de habitantes es la entrada en la Organización Mundial de Comercio (OCM) -que obliga a reformas en profundidad y mayor transparencia-, convertida en la mejor excusa de casi todos los dirigentes que están tomando la palabra en la Asamblea.
De lo que nadie osa hablar en la Asamblea Popular es de apertura política. Las continuas detenciones de miembros de la secta Falun Gong reflejan un inmovilismo que contrasta con la dinámica económica. Pero si ésta genera inestabilidad social, crecerá la contestación política.
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