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LA COLUMNA | NACIONAL

Contra el multiculturalismo piadoso

EL DEBATE SOBRE la pluralidad cultural es demasiado serio para encerrarlo en los estrechos límites del discurso políticamente correcto. Como en tantas cosas, caminamos por la historia con retraso y nos enzarzamos ahora en controversias que en países vecinos, que por ser más ricos y abiertos tuvieron inmigración mucho antes, se dieron hace tiempo. Se ha equivocado el PP en su simplismo, en su tendencia a reducir la cuestión de la inmigración a un problema de fronteras y de orden público. Y la figura del ilegal -que puesto que no tiene derechos tampoco tiene obli-gaciones- es un factor que sólo sirve para enconar los problemas al crear un espacio clandestino caldo de cultivo de muchos delitos.

Pero se está equivocando la oposición al querer imponer una piadosa censura a toda voz que resulte estridente respecto a los lugares comunes del mal llamado multiculturalismo. También es simplismo poner beatíficos velos sobre la realidad, por mucho que sea en nombre de los más altos valores democráticos.

Que vivimos en sociedades pluriculturales es un dato de la realidad. La vieja ecuación una nación=una lengua=una cultura=un Estado periclitó hace tiempo, aunque algunos no quieran enterarse. Antes de que España haya asumido plenamente su propia historia como una realidad pluricultural, cuando en Cataluña y en el País Vasco algunos todavía se empeñan en lo que podríamos llamar la acumulación primitiva de la nación cultural homogénea (algo que ya nunca será), la inmigración extranjera ha venido a añadir más diversidad a la diversidad. A esta realidad algunos la llaman multicultural, a mí me parece más preciso hablar de pluralidad o de sociedad policultural, como hace Bauman.

Detrás de lo multicultural viene el multiculturalismo, que es la formulación ideológica que se ha construido a partir de una lectura dogmática del principio de diversidad. El multiculturalismo me parece extraordinariamente peligroso porque da un carácter primordial a la pertenencia, como si cada cual llevara inscrita la marca de una sangre, de una lengua y de una historia que le hace parte inseparable de un pueblo, y porque en nombre de la diferencia se desliza rápidamente por la vía del relativismo, como si no hubiera un mínimo denominador común de la humanidad, base de cualquier protocolo de comunicación entre personas. Llevado el multiculturalismo al extremo tenemos los Balcanes, donde cumplidas las limpiezas étnicas, es decir, metido cada pueblo en su territorio, todos se regodean en sus diferencias lanzando toneladas de odio y violencia contra el vecino. Esta idea del multiculturalismo como razón absoluta de la diferencia sí que es un cáncer de la democracia y de la vida societaria.

Ni la cultura de un pueblo ni la cultura de un género puede ser un valor absoluto. Las sociedades policulturales no pueden encerrarse en las rígidas separaciones del multiculturalismo. La realidad afortunadamente es más compleja. El inmigrante que se va de su país lo hace forzado por las circunstancias, pero también con cierta carga de disconformidad y con voluntad de permeabilidad a las nuevas situaciones. Encerrarnos unos a otros en los nichos de la diferencia cultural es negar lo más elemental: el intercambio que constituye la relación humana. El grupo puede ser, sobre todo para el que acaba de llegar, un punto de apoyo y es natural la tendencia a ayudarse y protegerse entre connacionales, pero la cultura es muy compleja para reducirla a las pautas grupales y, sin renunciar forzosamente a ellas, el individuo tiene suficiente polivalencia para ampliar sus horizontes. El discurso multiculturalista es una máquina trituradora de las diversas posibilidades de complicidad y enganche más allá de los sellos de origen.

Las manchas culturales se alargan y saltan fronteras. No volvamos a encerrarlas dentro de nuevas murallas, ya sean sociales o mentales. Co-mo dice Appadurai, la inmigración y los medios electrónicos generan constantemente imaginarios nuevos. No limitemos sus posibilidades, y menos por compasión. No se trata de pasar de la fragmentación multiculturalista a la unificación integracionista, sino de defender el pluralismo y la promiscuidad.

La política tiende al simplismo: son las reglas del mercado mediático. Pero el bien intencionado discurso del respeto y la tolerancia -pérfida palabra con que el poderoso perdona la vida al débil- acaba convirtiéndose en un velo que oculta la realidad concreta y sólo sirve para satisfacer la buena conciencia de quien lo pronuncia. La buena pedagogía democrática empieza por uno mismo, por revisar los tópicos acumulados que se repiten sin hacer el esfuerzo de pensar en su significado o en sus consecuencias. Condenar a Azurmendi y columpiarse en la bondad multiculturalista no es una respuesta política, es una fuga retórica en busca del aplauso fácil.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de marzo de 2002

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