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Texto con interpretación sobre una persona, que incluye declaraciones

Rodolfo Galimberti, la revolución a la inversa

El argentino Rodolfo Galimberti, uno de los máximos dirigentes de la organización radical armada Montoneros y más tarde empresario, falleció ayer a los 53 años en una clínica en Buenos Aires.

'Yo soy mucho mejor de lo que ustedes piensan y mucho peor de lo que imaginan', le gustaba decir a Rodolfo Galimberti cuando alguien intentaba hurgar sobre su vida. Jugaba con su pasado violento como una marioneta. Lo escondía y lo insinuaba, y alimentaba su misterio para amenazar, para encantar serpientes o para hacer negocios.

Los argentinos lo redescubrieron en los años noventa, después de casi dieciocho años de clandestinidad. Había sido indultado por el presidente Menem, a la par del dictador Jorge Videla y el jefe montonero Mario Firmenich. Y desde entonces, ya en la legalidad, con la misma lucidez y verbo desbordado que peleó por la 'Patria Socialista', Galimberti hizo su revolución a la inversa: vendió armas, se hizo amigo de los torturadores de sus ex compañeros y fue lobbysta de capitales extranjeros para la privatización de empresas del Estado, cuando en tiempos de fervor juvenil declamaba por la confiscación sin indemnización de las multinacionales.

Pero su transformación no se detuvo. Galimberti se movía en su Porsche con la fuerza de un jabalí. Y toda su adrenalina de los años de fuego la volcó a los negocios, limpios o sucios, pero siempre secretos e irritativos. Si bien no había sido un icono de la 'pureza' montonera ni el cristiano que entregaba la otra mejilla, no había tomado las armas para subirse a un Porsche al final del camino revolucionario. Él estaba lejos de avergonzarse de su transformación: '¿Por qué repudiar el éxito? No nos dedicamos a hacer la revolución porque éramos incompetentes, que si no hacíamos eso íbamos a ser asesores o gomeros. Para ser consecuente con la lucha de la época, hay que ser exitoso en nuestra sociedad', dijo en el libro Galimberti. De Perón a Susana. De Montoneros a la CIA, publicado en la Argentina.

El éxito era su nuevo paradigma social como antes lo había sido la revolución. Entonces había emergido casi de la nada, leyendo a Lenin, admirando a Primo de Rivera y con una acción política vertiginosa. En los sesenta, el peronismo estaba prohibido y él era hijo del rencor. A los 23 años se convirtió en el enfant terrible de la Juventud Peronista, convocaba a cientos de miles, y Perón lo eligió como su espada política en 1972. Luego pasó a ser uno de los líderes de la guerrilla montonera en la clandestinidad, enfrentando al Ejército y a la policía en combates armados.

Poco se supo de él, hasta que fue indultado por Menem y apareció como socio del empresario Jorge Born, su ex secuestrado. Los Montoneros le habían sacado 60 millones de dólares y Galimberti, que había participado del secuestro, logró recuperar parte del botín al servicio de su socio y de él mismo, llevando a ex montoneros a la justicia para que testimoniaran sobre la operación.

Fue odiado. Pero en el 1997, su novela continuó: se asoció con alguien que, como Perón, convocaba millones: Susana Giménez, la diva de la televisión, en un juego telefónico que dejaba fortunas, pero que le generó mil problemas por un juicio por estafas por parte de un cura. Y hacia el final de la década, aquel combatiente de la OLP de los ochenta, herido en Beirut, ya era socio y carta de presentación de algunos gerentes de la CIA instalados en la Argentina, para tareas de seguridad e inteligencia de algunas empresas que alguna vez había ametrallado.

Su mayor angustia era morir de artritis, en una cama. No lo consideraba una muerte digna. Murió del corazón, después de una operación de doce horas, a los 53 años.'Yo soy mucho mejor de lo que ustedes piensan y mucho peor de lo que imaginan', le gustaba decir a Rodolfo Galimberti cuando alguien intentaba hurgar sobre su vida. Jugaba con su pasado violento como una marioneta. Lo escondía y lo insinuaba, y alimentaba su misterio para amenazar, para encantar serpientes o para hacer negocios.

Los argentinos lo redescubrieron en los años noventa, después de casi dieciocho años de clandestinidad. Había sido indultado por el presidente Menem, a la par del dictador Jorge Videla y el jefe montonero Mario Firmenich. Y desde entonces, ya en la legalidad, con la misma lucidez y verbo desbordado que peleó por la 'Patria Socialista', Galimberti hizo su revolución a la inversa: vendió armas, se hizo amigo de los torturadores de sus ex compañeros y fue lobbysta de capitales extranjeros para la privatización de empresas del Estado, cuando en tiempos de fervor juvenil declamaba por la confiscación sin indemnización de las multinacionales.

Pero su transformación no se detuvo. Galimberti se movía en su Porsche con la fuerza de un jabalí. Y toda su adrenalina de los años de fuego la volcó a los negocios, limpios o sucios, pero siempre secretos e irritativos. Si bien no había sido un icono de la 'pureza' montonera ni el cristiano que entregaba la otra mejilla, no había tomado las armas para subirse a un Porsche al final del camino revolucionario. Él estaba lejos de avergonzarse de su transformación: '¿Por qué repudiar el éxito? No nos dedicamos a hacer la revolución porque éramos incompetentes, que si no hacíamos eso íbamos a ser asesores o gomeros. Para ser consecuente con la lucha de la época, hay que ser exitoso en nuestra sociedad', dijo en el libro Galimberti. De Perón a Susana. De Montoneros a la CIA, publicado en la Argentina.

El éxito era su nuevo paradigma social como antes lo había sido la revolución. Entonces había emergido casi de la nada, leyendo a Lenin, admirando a Primo de Rivera y con una acción política vertiginosa. En los sesenta, el peronismo estaba prohibido y él era hijo del rencor. A los 23 años se convirtió en el enfant terrible de la Juventud Peronista, convocaba a cientos de miles, y Perón lo eligió como su espada política en 1972. Luego pasó a ser uno de los líderes de la guerrilla montonera en la clandestinidad, enfrentando al Ejército y a la policía en combates armados.

Poco se supo de él, hasta que fue indultado por Menem y apareció como socio del empresario Jorge Born, su ex secuestrado. Los Montoneros le habían sacado 60 millones de dólares y Galimberti, que había participado del secuestro, logró recuperar parte del botín al servicio de su socio y de él mismo, llevando a ex montoneros a la justicia para que testimoniaran sobre la operación.

Fue odiado. Pero en el 1997, su novela continuó: se asoció con alguien que, como Perón, convocaba millones: Susana Giménez, la diva de la televisión, en un juego telefónico que dejaba fortunas, pero que le generó mil problemas por un juicio por estafas por parte de un cura. Y hacia el final de la década, aquel combatiente de la OLP de los ochenta, herido en Beirut, ya era socio y carta de presentación de algunos gerentes de la CIA instalados en la Argentina, para tareas de seguridad e inteligencia de algunas empresas que alguna vez había ametrallado.

Marcelo Larraquy es coautor de Galimberti. De Perón a Susana. De Montoneros a la CIA, de próxima aparición en la editorial Aguilar.

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