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CARTAS AL DIRECTOR

Socialismo nacionalista

Villanueva del Pardillo, Madrid

Constituye la definición de progresismo una trampa en sí misma para algunos de los que se jactan autoproclamándose hacedores de dicha postura, pues se olvidan de una realidad histórica e ideológica: el nacionalismo por sí mismo no es progresista, sino todo lo contrario. Por ello, ahora que corren aires de debate, sería bueno que se discutiera esta definición, pues no dejo de sorprenderme de las declaraciones que hacen unos y otros uniendo dos posturas claramente opuestas, y que proponen un nuevo postulado ideológico digno de los más profundos e intelectuales estudios: el socialismo nacionalista.

Es en este campo en el que daría dinero por ver, pongamos por caso, a Proudhon, Engels y Pablo Iglesias, mirándonos desde donde estén, y devanándose los sesos para entender y dar una cierta coherencia a tan gran contradicción.

Señores, mantengamos una cierta coherencia y admitamos la obviedad: defender un nacionalismo lingüístico, cultural, gastronómico, literario, etcétera, o incluso la posibilidad de establecer un modelo federal, es saludable, positivo y progresista. Ahora bien, amparar, dar o permitir concesiones a un nacionalismo político, que antepone su propia existencia al bienestar de sus ciudadanos, y no estoy hablando de las enconadas posturas excluyentes, no es, señores del PSOE, por muchas vueltas que le busquen, una postura progresista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de enero de 2002