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Crítica:

Se ruega tocar

Daniel Chust Peters ha llevado su tallerdel barrio barcelonés de Gràciaal Espai 13 de la Fundació Miró.El artista ha elaborado una veintena de divertimentos manuales, todos con la forma de su estudio, que invitan al espectador a un juego ilusorio.

La fijación por encontrar la forma final del monte Saint-Victorie o de las amorfas rocas de la cantera Bibémus llevó a Cézanne a disolver las demarcaciones de su imaginación en el universo de la naturaleza. Otros artistas se obsesionaron con la luz, con el rostro de sus amantes o con las latas de sopa. La severidad de un artista ante un motivo hace que el propio genio le regañe, pues a veces ésa es la señal incuestionable de la originalidad. En la obra de Daniel Chust Peters (São Paulo, 1965), la imagen del paisaje ha retrocedido, ha sido desplazado por el curioso motivo del taller, un espacio reducido a escala, aparentemente cerrado, artificial, sin horizontes ni panoramas desde una terraza. Uno tiene la impresión de estar mirando una gran caja de zapatos, un ataúd o un baúl que contiene trajes de lentejuelas, sombreros de copa y caretas de Halloween.

GIRA-SOL

Daniel Chust Peters Espai 13. Fundació Miró Parc de Montjuïc. Barcelona Hasta el 30 de enero

Desde hace diez años, este taller ha guardado milagrosamente de todo: una casa de muñecas, un invernadero, una jaula de pájaros; también ha sido un palomar, un juego de jardín o un gran lienzo donde pintar o clavar postales y fotografías. Nada de anodino hay en estos espacios ideales para la mirada inocente. El taller de Chust es su propio sistema de medición, la planta de su estudio en una calle del barrio de Gràcia barcelonés donde el visitante puede entrar, tocar, vivir y salirse fuera de marco.

Para el Espai 13 de la Funda

ció Miró -dentro del ciclo Homo Ludens, comisariado por Gracia Quaroni-, Chust Peters retoma su imagen rutinaria, pero esta vez con un vigoroso sentido del juego; del juego como ficción, como espacio de libertad y como azar. Sobre unas grandes mesas, el artista ha colocado una veintena de divertimentos manuales, todos con la misma forma, la de su estudio, lugar donde ha concebido y fabricado todos esos objetos que aceptan la batalla del juego. En contra de las leyes del museo, en este espacio se ruega tocar, sentarse e incluso tomarse a broma la inconformidad ante el mundo del artista. No hay esplendor estético, incluso el idealismo plástico que plantea Daniel Chust, si no fuera unido a la ironía, haría de él un autor insulso. Pero lo divertido de estas piezas es que despliegan ante nosotros el entusiasmo de un mundo propio en el que el juego es una constante invitación. El taller es un gran felpudo, se puede montar como una tienda de campaña, podemos incluso entrar y limpiar los cristales, observar cómo cae una densa púrpura hasta inundarlo completamente; por él corren las canicas, hay herramientas para hacer un recortable con él y hasta se puede jugar a encajar sus partes. Al contemplar estas reproducciones nos vemos enfrentados con las ilusiones de nuestra propia imaginación, y esto se convierte en el verdadero tema de la obra. Chust lo hace con una honestidad que sugiere ingenuidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 15 de enero de 2002

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