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Crítica:

Deseo y pintura

La pintura de Carlos Quintana fluye fresca y sugerente en formas que parecen surgir de manera espontánea, presas del deseo de seguir el impulso creador.

En la obra de Carlos Quintana (La Habana, 1966), la pintura se estrella sobre el lienzo y resbala untuosa por él. De la misma manera los deseos de quien aplica la pintura se estrellan también sobre el lienzo formando imágenes que se agitan como si estuvieran flotando en un espacio sin lugar, tal como sucede en los sueños y pesadillas. Estas figuras y personajes que aparecen en los cuadros no pertenecen al mundo de la realidad, sino que surgen de sueños producidos en estado de vigilia.

La mano del artista se mueve ágil y desinhibida por la tela trazando insistentemente líneas que, con admirable precisión gráfica, conforman extrañas figuras antropomórficas que parecen haber sido sorprendidas en posturas inadecuadas. En este sentido, la pintura de Quintana es fresca y sugerente, nada en sus cuadros ha sido premeditado de antemano, de tal manera que en ellos se aprecian las indecisiones, los cambios producidos en el proceso de creación, pareciendo como si los cuadros no hubieran sido concluidos aún porque el artista ya está fraguando nuevas figuras en otro sitio o ha sido abandonado por el deseo que le impulsó a realizarlos. Pero, ¿de qué deseo se trata? Aunque algunas de las figuras contengan rasgos eróticos o alusiones andróginas no es el deseo sexual lo que anima estos cuadros, sino un gozo sentido en la creación de imágenes y producido por el correr libre de los trazos y por el empleo del color, lo que le permite mostrar una carnalidad plástica que estimula el impulso creador.

CARLOS QUINTANA

Pintura/escultura Galería Ángel Romero San Pedro, 5. Madrid Hasta el 8 de febrero

De los cuadros surgen arpías del sueño, cabezas de aparecidos y seres que experimentan metamorfosis, pero, sobre todo, se ven cuerpos que flotan independientes en espacios indefinidos. Aparentemente estas figuras son 'caprichos' personales pero, cuando se logra traspasar la anécdota de los detalles así como la particularidad o rareza de las figuras, aparece detrás una gran pintura rica en matices cromáticos y en contrastes de color, enormemente expresiva, que se enfrenta con composiciones cada vez más complejas, en las que al dibujo y al color se suman textos que no explican ni comentan las escenas sino que, con una particular caligrafía, se convierten en objetos plásticos, sin perder su carga semántica.

Algunos dibujos de cabezas de Quintana recuerdan vagamente a aquellos dibujos de Giacometti en los que el artista rallaba y rallaba el papel hasta conferir sólo con las líneas la sensación de volumen: unos ojos que miran desde el interior de un rostro. Carlos Quintana también insiste en el trazo lineal más que en el empleo de gradientes cromáticos, como si amasara la superficie que define. Tal vez esta insistencia le ha conducido a intentar amasar físicamente con los dedos unas cabezas intensamente coloreadas, convirtiendo así las líneas del dibujo en volumen y la pintura en masa escultórica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 15 de enero de 2002