VISTO / OÍDO
Columna
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Utopías

Muchas de las utopías de mi infancia se van cumpliendo. Alegran mi parte altruista, me dan pena como persona para quien llegan tarde. Todas tienen, como es universal, la almendra amarga dentro del fruto. La moneda única ha llegado; pero no el trabajo único. Las fronteras se han abolido, pero en un instante se cierran. La religión se acaba, pero la Iglesia manda y el poder la protege. El servicio militar obligatorio -la canallesca leva- se ha terminado, pero muchos se tienen que alistar para poder comer. Se ha conseguido que algunas guerras no nos maten; pero asesinan al enemigo inerme. Se está consiguiendo el respeto a la mujer, pero se pierde el respeto al varón, como si fuera una cuestión de balancín sin equilibrio; y con ese respeto y a pesar del amor libre de mis viejas utopías, las calles y los anuncios por palabras de los diarios están dedicados a la prostitución. Con esta unidad del mundo se ha conseguido expulsar fuera de él a los pobres, los hambrientos, los enfermos. Si no quieren morir en su propia tierra, que no pertenece a la geografía divina de la promisión, se los expulsa, se los condena, se los esclaviza; si quieren guerrear, se los arrasa. Parece que lo que ha ido haciendo la sociedad en sus milenios es esta sinfonía inacabada; que nada sea completo, que nada pueda considerarse terminado, que el placer tenga un final de dolor. De esta obra humana, de estos pasos políticos del grupo a la tribu, de la tribu a la horda, de la horda a la nación, de la nación al colectivismo, del colectivismo a la dictadura, de la dictadura a la falsedad igualitaria, del voto a la negación de la voluntad, de la voluntad a lo imposible, sacan algunos esa idea religiosa del bien y el mal, del destino, de 'lo que está escrito' o el 'sentido de la historia'; y otros han llegado a la religión inversa, a la de creer que el bueno perdió la batalla y que domina el Malo, que se hace pasar por bueno; y quizá crea que lo es. He visto personas morir de su propia libertad.

Ah, el euro. Voy demasiado cerca, a reflexiones de paletillo cotidiano, de las que se hacen los viejos en el banco al sol, cuando sólo quería decir esto: el euro es la ilusión de una moneda única, cuando no lo son los precios ni los salarios. No es única más que en un grupo de países. Está en guerra con otra, que es el dólar; y la está perdiendo poco a poco. Y como siempre, lleva en cada país la efigie del hombre-emblema: del Claudio de cada momento. Para que no sea todo demasiado igual; ni siquiera dentro de su país. Todo sigue siendo cuestión de tener o no tener.

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