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Reportaje:VIAJE DE AUTOR

Círculos de adoquines en el viejo París

Impresiones de varios lugares clave para una visita fugaz a la ciudad

Saltimbanquis frente al Pompidou y un desfile de personajes que no suelen aparecer en las fotografías de la torre Eiffel que captan los turistas. En el cementerio de Montparnasse, la tumba de Guy de Maupassant. Y el metro y su diversidad de acentos.

S'il vous plait', me dice una chica a la salida del centro de arte moderno Pompidou. Está haciendo una encuesta y me pregunta qué exposiciones he visitado. No he visitado ninguna: hay que pagar y sé que no me van a interesar tanto como para eso. De modo que me hago el sueco, le digo que no entiendo francés, me pregunta si soy italiano y, finalmente, me deshago de ella en español.

Me da un poco de vergüenza admitir que no he entrado a ver las obras de Chagall, Matisse, Braque... pero creo que deberían sentir más vergüenza todos esos que han entrado y no han entendido nada, todos los que se rascan la barbilla en un gesto que pretenden interesante cuando únicamente trata de ocultar un bostezo.

Afortunadamente, en la plaza que se extiende frente al Pompidou hay caricaturistas, tragafuegos y un grupo de vietnamitas imitando a los Beatles. Uno puede reconciliarse con la cultura dando un paseo entre ellos. Unos metros adelante, un chaval que ronda los 20 años, bien alimentado y limpio, pide limosna. Está sentado en el suelo con un libro en las rodillas y lee ensimismado, ajeno a la riada de gente que pasa a su lado. Olé, pienso. Sé que no tiene hambre, que es un subversivo. Lo que en realidad está mendigando es que en las escuelas no nos enseñen las fechas de todas las guerras, sino a entender a Chagall, Matisse, Braque...

Torre Eiffel

El hombre se dispone a ejecutar algo muy importante, vital, una cuestión de supervivencia. De manera que, tras carraspear, se encamina muy digno, mientras a su alrededor pestañean los flases de decenas de cámaras fotográficas, a hacer lo que debe hacer. No le cuesta demasiado encontrar en el cubo de la basura un trozo de pan. Y todavía mucho menos devorarlo compulsivamente. Sí, el hombre es un pobre, un pobre parisiense, y los flases fotográficos no le retratan a él, sino, a sus espaldas, a la torre Eiffel, el tótem de la vieja, rica y civilizada Europa.

Montparnasse

Baudelaire, Ionesco, Duras... Estos artistas, entre otros, están enterrados en el cementerio de Montparnasse, que es uno de los lugares que aparecen señalados en las guías turísticas. Sin embargo, para una visita fugaz a la capital francesa como la mía, es necesario seleccionar los recorridos, así que consideré lo prescindible. Todo cambió cuando supe que, además, se encontraba enterrado Guy de Maupassant. Eso es otra cosa. Daría todos los besos, todos los tragos de licor, los días soleados que almaceno en mi memoria por uno de sus cuentos, tan redondos, tan directos, tan sorprendentes... tan perfectos. Quizá Maupassant, depresivo, suicida crónico, torturado por su incredulidad en el amor y muerto en un manicomio, hizo ese pacto con el diablo. Quizá lo hizo para toda la eternidad, porque, deambulando en busca de su tumba, aparecen ante mis ojos varios personajes de esos con los que al escritor normando se le encogía el corazón y que, a la vez, nutrían sus relatos. Entre unas cuantas lápidas grabadas con la estrella de David pulula, con el ceño fruncido, un siniestro tipejo de cabeza rapada. Sobre un panteón descascarillado, moteado con plastones de musgo y mariquitas, una pareja se acaricia mórbidamente. Y, tan sólo a unos metros del lugar en que permanece enterrado Maupassant, un hombrecillo con una garrafa riega la tierra nerviosa y apresuradamente, como si atesorase el secreto que hace brotar flores de los ojos de las calaveras.

La tumba del escritor, igual que la de los demás muertos célebres, es sencilla y pasa casi inadvertida. Pero a diferencia de Cortázar o Sartre, a quienes los visitantes dejan frases, poemas escritos sobre paquetes de tabaco o billetes de metro, sólo dos mensajes de letra agusanada y emborronada por la lluvia reposan sobre los restos de Maupassant. Recuerdo que los Goncourt, que asistieron a su entierro, dejaron constancia de que, durante el mismo, sus amigos habían contado chistes verdes y macabras anécdotas fúnebres. Entonces comprendo que no procede nada solemne, sino, en todo caso, frívolo. Algo así como sacar una foto para después largarse.

Rue Mouffetard

Un joven obrero magrebí riega con una manguera la playa que, sí, está bajo las calles de París. Sobre la arena mojada, arrodillado, un compañero va colocando los adoquines en círculos.

Metro

París. Debo marcharme ya. Soy el único blanco en la estación de metro. Sentada a mi derecha, hay una mujer con un punto rojo en el centro de la frente y dos niños hermosos, como sólo lo son los hindúes. A mi izquierda, un anciano negro da cabezadas y, de pie, una pareja de japoneses consulta un plano. Hay turistas con planos en todas las esquinas de todas las calles de París. Resulta difícil oír hablar en francés allá arriba. Los parisienses parecen haber huido del verano en la gran urbe. Abajo, en el metro, es más fácil, aunque siempre es un francés con acentos de colores. Como el de los camareros árabes, rumanos o italianos. O el de las chicas de la limpieza y el de los basureros negros. También son negros los cientos de emigrantes indocumentados que permanecen encerrados, varios de ellos en huelga de hambre, en la iglesia de Saint Bernard, fuera de los recorridos turísticos. La playa, para todos ellos, está debajo de los adoquines de París, capital de la vieja, rica y civilizada Europa.

- Patxi Irurzun Ilundain es el ganador del primer premio del Concurso de Relatos de Viaje, en el apartado Internacional, convocado por El País Aguilar y dotado con un millón de pesetas. Este texto es un extracto de su relato. Más información para participar en la próxima edición del concurso: www.elpaisaguilar.es.

GUÍA PRÁCTICA

Datos básicos - Habitantes: 10,3 millones. - Moneda: franco francés (unas 25 pesetas); desde el 1 de enero, el euro. - Prefijo telefónico: 0033 1. Cómo llegar - Iberia (902 400 500; www.iberia.com) vuela a París a partir de 142 euros (23.629 pesetas), más tasas. - Spanair (902 13 14 15; www.spanair.com) vuela desde 149 euros (24.791 pesetas), más tasas. - Air Europa (902 401 501; www.air-europa.com) vuela desde 164,76 euros (27.413 pesetas), tasas incluidas. - Air France (901 11 22 66) vuela desde 142 euros (23.629 pesetas), más tasas. - Programa Paris Bienvenue (en agencias). Fin de semana con vuelos y una noche de hotel, desde 211 euros (35.107 pesetas).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de diciembre de 2001

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