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COLUMNA

La del oso peloso

Estamos ante un milagro. Acaba de nacer el primer oso de peluche que habla euskera. Imagino que en muchas tumbas estarán dando saltos de gozo. Me refiero, claro, a la de quienes se lamentaron amargamente en su lejano día de lo mal que iba la lengua siendo tan imprescindible. Según parece el simpático oso saluda, dice su nombre -Kamiltxo-, pregunta si quieren jugar con él, se alegra y suelta un conmovedor te quiero.

"Hay unos individuos por ahí que matan vilmente, pero existe una larga tradición de llamarles no asesinos, sino patriotas y héroes"

Los fabricantes han manifestado, ahí es nada, que el muñeco resulta útil para la normalización del uso del euskera y supera las diferencias sexistas porque sirve tanto para las niñas como para los niños. Queda por ver de lo que hubiera sido capaz con un discurso más largo y elaborado así como con otro nombre -que sea el diminutivo de Camille, su colega pirenaico de verdad, puede levantar ampollas en quienes se venían quejando de que les devoraba las ovejas- y alguna prestación más, por ejemplo la de respirar y moverse con soltura.

Supongamos que pudiéramos tenerlo en casa como se tiene a un amigo y que llevara interiorizadas las tres condiciones que ponía Sócrates para que el diálogo fuera posible: libertad, inteligencia y benevolencia. ¿No le quitaría muchos quebraderos de cabeza a Elkarri? Bueno, y a cualquiera, porque el hecho de que pudiera vehicular unos conceptos que en euskera suelen aparecer emborronados por una ideología que los desvirtúa al reservar la libertad para los suyos -sobre todo si están presos- y prescindir de la benevolencia y la inteligencia, cuando no a pisotearlas, sería dar un gran paso.

El peluche Kamiltxo cumpliría todavía mejor papel si en vez de contentarse con normalizar el euskera sirviese para normalizar el discurso, es decir, para que se llame a las cosas por su nombre. Hay unos individuos por ahí que matan vil y cobardemente, pero existe una larga tradición de llamarles no asesinos, sino patriotas y héroes. Tal vez mártires cuando les cogen, pero no porque les supriman, sino porque el mero hecho de caer en la cárcel lo interpretan como caer en la tumba.

Demasiado trabajo parece para un pobre oso de peluche. Sería como pedirle peras al oso, porque otros más preparados y más rechonchos -condición sine qua non del peluche-, aunque con menos pelo, pero con mucha más voz y casi ningún te quiero, también han fracasado. Ya que existe otra perversión del lenguaje que consiste en tomar a los asesinos antes mencionados por algo mítico e inevitable, actitud que supone cierto grado de simpatía, porque de no ser así haría tiempo que hubieran dejado de ser míticos, es decir puntos de referencia. Por un lado se les condena, pero por otro se les añora como se añora el oso de peluche de la lejana infancia. Incluso se proyectan sobre ellos los fantasmas de la omnipotencia -cuántas veces no se habrán escuchado frases de admiración acerca de su invulnerabilidad- y de las vías resolutivas: una situación que se arrastra desde hace, dicen, milenios -¡milenios!-, podría resolverse en un pispás si todos los que sienten en alguna medida la patria se mostrasen igual de expeditivos.

Y así, proyectando los mitos del oso ancestral y del guerrero liberador, se están pasando por alto, en una nueva distorsión del lenguaje, hechos como que asesinan y lo hacen desde una insuficiencia ideológica -apenas comprenden que están luchando por una causa que no sabrían defender dialécticamente- y una despolitización que los convierten en meros sicarios. ¿En qué se diferencian de esos chavales colombianos dispuestos a matar a cualquiera sólo porque se lo ordenen y les paguen? Quizá en que no están dispuestos a dar su vida a cambio, como estuvieron algunos de sus predecesores en la faena que se hallaban imbuidos de nihilismo romántico, porque, desde luego, cobrar cobran como cualquier profesional o mercenario. Si a ello añadimos que no podrían realizar su abyecto trabajo sin la colaboración de cientos y cientos de chivatos, que retuercen también el lenguaje para poder sentirse no sólo como grandes patriotas, sino exentos de responsabilidad en las muertes que con su información ocasionan, nos hallamos ante la degradación absoluta.

Echemos, pues, el viejo oso a la basura y reemplacémoslo siquiera por Kamiltxo, que al menos dice ¡yupi! en euskera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de noviembre de 2001