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OPINIÓN DEL LECTOR

¡Viva la Prospe!

Vivir en Madrid es un drama, es tan grande y somos todos tan diferentes, que es muy difícil tener una identidad propia. Por eso los que tenemos la necesidad de aferrarnos a algún origen defendemos nuestro barrio a muerte.

Hoy me toca escribir unas líneas para defender al barrio donde nací y donde vivo: el barrio de Prosperidad, la Prospe, como decimos por aquí. Creo que se lo debo, me ha dado mucho de lo que soy y se lo merece.

No es un barrio muy rico, pero yo no lo cambiaba por nada del mundo. Aquí no hay intolerancia, cada vez hay más colmados y bares dominicanos que han traído sus voces y sus ritmos al barrio. Creo que también somos solidarios: la escuela popular de la Prospe, después de muchos problemas, ha encontrado un local (al lado de donde vive mi amigo Carlitos con su mujer, Susana, que está esperando un niño) y ha contado con el apoyo de muchos vecinos.

Tampoco es un barrio reaccionario, muchos llaman a la plaza de Prosperidad la plaza Roja porque los fines de semana acoge los puestos de muchos partidos, asociaciones y ONG de talante solidario e integrador.

Ahora, además, somos un barrio triste y dolorido. Ha vuelto a golpear el dolor. Aquí al lado, yo lo he oído. En la misma calle del colegio Claret, donde estudié y donde estudian las hijas de José y Pilar, a sólo un portal de la casa de la madre de Quique y a dos de donde vive Ricardo, un poco después de la peluquería donde me he cortado muchas veces el pelo,en el banco donde trabajó mi amigo Javi, El Sonrisas, y justo en la manzana de al lado de donde viven los padres de Octavio y Héctor.

Hace poco mataron al padre de Beto Oreja, compañero mío y de Miguel y de Quique y de Octavio en el Claret. Fue por una bomba en López de Hoyos, al lado del Arca de Noé, una mercería donde compra mucho mi madre y donde sigue parando el bibliobús -donde de pequeño iba con mi hermano todos los martes a coger libros y tebeos-; enfrente de donde mi padre va con mis sobrinos Alberto y Magdalena a comprarles chuches y un pelín antes de donde voy a llevar las cosas al tinte con Esther, que está al lado del bingo donde van a veces la madre de Miguel con Paquita y en la misma acera donde me reúno los jueves con los de mi equipo de rugby en Casa Emilio (donde paraba mucho el poeta Gabriel Celaya y los del equipo del Estudiantes) y en la calle donde mi abuelo me llevó por primera vez al cine...

Después de la bomba de López de Hoyos pensé: 'De momento, ya no nos toca más'. Por desgracia, me he equivocado. Aunque pequeña, ésta es mi patria, aquí viven muchos nombres propios de gente a la que quiero. Dejadnos vivir en paz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2001