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DON DE GENTES

Soy una infiel

LLEGA UN MOMENTO en la vida de toda mujer de acción en el que, por muy de acción que sea, por mucho que se encuentre (según el FBI) en un territorio en máxima alerta, esa mujer necesita una depilación. Hay enseñanzas que a toda española no se le olvidan jamás, como eso que nos decían nuestras madres cuando íbamos al colegio: 'Quítate esas bragas que están rotas, vaya que tengas un accidente y te las vean en el hospital'. Uno puede olvidar todo lo que aprendió en el BUP, pero ese tipo de absurdez pedagógica permanece en el cerebro hasta la muerte.

La misma mañana en que salía el individuo del FBI a decirnos que dentro de unos días, no sabía cuántos, y que en algún sitio, no sabía cuál, lo más seguro es que ocurriera algo horrible, pero que vamos, que nosotros siguiéramos haciendo nuestra vida como si nada, esa misma mañana, después de tomarme el último Lexatín de los que le receta el médico de la Seguridad Social de Moratalaz a mi padre (desde aquí aprovecho para saludarle, no a mi padre, al médico), pensé que si iba a morir no quería hacerlo con los pelos puestos. Yo en Madrid siempre voy a que me depile una señorita (desde aquí aprovecho para saludarla también) porque no me gusta hacerme sufrir a mí misma, pero, claro, aquí, si tengo dificultades para pedir en un restaurante, que la única palabra que me entienden a la primera es Bloody Mary, pues imagínense qué compromiso ponerse a hablar de vellos sin dominar la lengua de Shakespeare. Total, que me compré la cera, la metí en el microondas y cuando la fui a sacar me quemé el dedo, solté el tarro y se llenó todo el suelo de la cocina de cera. La alarma de incendios saltó y se puso a sonar, porque estas alarmas americanas saltan en cuanto te fríes un huevo, y en ese momento, yo a punto de llorar con mi dedo quemado y temiendo que se me llenara el apartamento de bomberos, suena el teléfono. Voy y me quito el zapato porque se me había quedado pegado al suelo de la cocina. Cojo el teléfono, ¿quién era?, Juan Cruz, que me contaba que Cela había repetido un discurso muy bonito en Valladolid que ya había dado en Zacatecas y que encima estaba el Rey delante, que me informaba por si lo quería sacar en estos artículos culturales que yo hago. Yo le hubiera dicho que al Rey seguramente le importa un pimiento que le repitan los discursos, porque él por lo que yo he visto en alguna ocasión suele aprovecharlos para echar un sueñecillo. Y en eso me siento humildemente borbónica, porque a mí en cuanto me dan una charla un poco protocolaria es que me bajan las constantes vitales y desconecto. Pero no le dije nada a mi Juan Cruz de mi alma porque la cera me estaba friendo el dedo, y no sólo eso, se me había quedado la mano pegada al teléfono. Y encima tuve que dar parte a la recepción de que el suelo se había llenado de cera. Desde entonces me miran de otra manera. Como que se les ha caído un poco el mito.

Todo este desastre me llevó hasta un centro de depilación. Aquí en Nueva York cada oficio es monopolio de un grupo, y la manicura y depilación han acabado siendo cosa de chinas. Imaginando las dificultades que iba a tener para comunicarme con una china depiladora, pensé en llevar a mi traductor (santo) a que me sirviera de intérprete en la operación Depilación a la cera, o mejor dicho Depilación Duradera, que queda como más actual, pero no se lo quise pedir, porque los hombres españoles no saben que sus mujeres tenemos vello superfluo. Son tan encantadoramente ingenuos. Para qué desengañarlos, que vivan con su ilusión.

Así que me fui sola. Dos chinas me hicieron una reverencia y yo les conté mi problemática. La chinas me metieron en un cuarto diminuto. Yo me fui a quitar mis pantalones, pero las chinas me dijeron: 'No', que es una palabra que entiendo a la primera. Me tumbé en la camilla pensando, lo juro, que por primera vez me iban a depilar las piernas sin quitarme los pantalones. Cerré los ojos e imaginé que me enfrentaba a una experiencia paranormal. De pronto sentí que me ponían la cera en el bigote. Está claro que entre las chinas y yo no había buena comunicación. Cuando conseguí que me entendieran me quité los pantalones y las chinas procedieron sobre mis piernas. No pararon de charlar entre ellas. Debían de hablar un chino muy cerrado porque no entendí nada. Pero, claro, lo del bigote fue irremediable. Veinte dólares me costó que me lo quitaran. Un robo manifiesto. Y encima me jorobaron el disfraz de Halloween. Con la ilusión que yo tenía de disfrazarme de José María Aznar ofreciéndole a Bush nuestro gran poderío armamentístico. Pero, claro, te disfrazas de Aznar sin el bigote y aquí no te reconoce nadie. Con el bigote, tampoco.

Mi traductor y yo optamos por comprarnos en el Village unos cuernos a pilas que se encendían intermitentemente y así pasamos la tarde con la cornamenta, integrados en el desfile de tíos vestidos de Bin Laden, de mariconas, y rodeados de policías descomunales. Y yo reflexioné en voz alta: '¿Quién no ha llevado alguna vez unos cuernos sobre la frente? Lo bueno de Occidente es que hasta las mujeres podemos ser infieles'. Al oír esto, mi traductor me dio un sopapo. Es muy moro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de noviembre de 2001

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