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OPINIÓN DEL LECTOR

Libertad religiosa

Soy madrileño y miembro de una Iglesia Evangélica (protestante) de la barriada de Vallecas. Da la casualidad de que fue la primera Iglesia Evangélica que celebró un acto público nada más aprobarse -aún bajo la dictadura franquista- la Ley de Libertad Religiosa de 1968.

El pasado 15 de septiembre, la administración municipal del PP nos prohibió un maratón de lectura bíblica en la plaza de la Asamblea (Puente de Vallecas), en el que podía participar cualquier ciudadano, independientemente de su raza, sexo, edad, nacionalidad o confesión religiosa, mientras nos permitía esa misma tarde realizar un concierto en la vía pública.

Para el Ayuntamiento, el maratón implicaba ir en detrimento del interés general para el uso de la vía pública, pero el concierto no. Es decir, todo hace pensar que los permisos se conceden dependiendo de la clase de actividad y quien lo solicite, porque en Madrid se pueden cortar calles para celebrar procesiones, pero no se ha podido poner un pequeño atril para leer la Biblia. Sin embargo, unos meses antes, el Ayuntamiento de Barcelona había permitido un maratón de lectura de la Biblia, a la par que un concierto, utilizando la escalinata de Montjuïc.

Han pasado 23 años desde que se aprobara la Constitución, pero en Madrid el retroceso es evidente. Mientras algunos están más cerca de Europa en todos los sentidos, otros soportamos -con paciencia y disposición a colaborar con las autoridades- la incomprensión, la intolerancia y el abuso de autoridad para usar arbitrariamente bienes públicos como si fuesen privados.

Siento que en España se haya silenciado intencionadamente que la primera versión completa de la Biblia en castellano a partir de los idiomas originales, la Biblia del Oso (1569), fue perseguida por ser protestante (la primera versión católica fue la Nácar-Colunga de 1944), y cuando se intenta difundir el conocimiento cultural de la Biblia, las dificultades persisten.

Me temo que los protestantes seguiremos asistiendo a polémicas sobre profesores católicos en un Estado supuestamente aconfesional, mientras que en términos generales la Biblia sigue siendo un libro desconocido, incluso para los más religiosos, a diferencia de los países de tradición europea. Esperemos que excepciones como el Ayuntamiento de Barcelona sean cada vez más frecuentes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de octubre de 2001