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REPORTAJE

Brindis tras el miedo escénico

Todos los políticos respiraron tranquilos tras concluir que sus líderes habían salido bien librados de un arriesgado desafío

El personal empeño de Pasqual Maragall en presentar la moción de censura al Gobierno de Jordi Pujol había despertado un sinfín de miedos en todos los partidos, incluido el suyo. Por motivos distintos, claro está. Por eso el fin del debate provocó un estallido de júbilo entre los principales contendientes. Todos habían superado algunos de sus riesgos. Los diputados socialistas se arracimaron a la salida del hemiciclo, brindaron con cava y dedicaron entusiasmados una fuerte ovación a Maragall. A los pocos minutos, los de CiU destapaban también sus botellas y dedicaban unos no menos sonoros aplausos a Artur Mas, Josep Antoni Duran Lleida y Jordi Pujol. Sucedió, pues, como a menudo ocurre tras las elecciones: todos dicen que han ganado, aunque en realidad eso no signifique lo mismo para cada uno.

No eran fabricaciones propagandísticas de falsos éxitos. Había motivos reales para ambas celebraciones. Que CiU y el PP hubieran derrotado la moción de censura de Maragall entraba dentro de lo plenamente previsible y, por lo tanto, la alegría de los convergentes tenía otras razones, además de ésta. La coalición nacionalista es perfectamente consciente de que se halla en un situación muy delicada: en las últimas elecciones fue superada en votos por el PSC-Ciutadans pel Canvi; desde entonces todos los sondeos sitúan a Maragall por delante de Mas y al PSC por delante de CiU, y su gran líder, Jordi Pujol, ha anunciado la retirada. O sea que el futuro se presenta complicado.

Los convergentes acudieron al debate con el miedo de que Maragall creciera más y salieron convencidos de que no ha sido así. Mejor todavía: estaba por comprobar si el delfín designado por Pujol, Artur Mas, aguantaría bien una confrontación con Maragall y salieron de ella convencidos de que Mas había ganado a Maragall y de que puede ser un rival digno del envite que le espera. Eso fue para ellos como una inyección de adrenalina. Como cuando el Barça hace un buen partido al principio de temporada, los diputados de CiU no cesaban de decirse: 'Ja tenim equip'. A comprender hasta qué punto era y es importante eso para CiU ayuda una de esas jugadas terribles que el lenguaje le hizo a Duran Lleida en pleno fragor de su debate con Maragall. 'Si fuera por una cuestión personal, yo no estaría aquí ahora ayudando a Artur Mas hasta las elecciones', aseguró el líder democristiano. Duran cree que el mejor candidato sería él. A juzgar por lo visto ayer, no le faltan razones. Pero es rotundamente cierto que ayer CiU dio y se dio a sí misma prueba pública de haber superado esa nada baladí batalla interna. Tenían, pues, motivos para brindar, porque nadie como ellos conoce hasta qué punto la coalición ha estado al borde del precipicio.

Incluso uno de los inesperados éxitos atribuibles a Maragall por haber presentado la moción de censura beneficia a CiU y a Mas en particular. Jordi Pujol ha sido el protagonista de todos los grandes debates parlamentarios desde 1980. Casi nada. Pero eso acabó ayer. De mala manera, pues la responsabilidad política del Gobierno que preside le corresponde a él, es indelegable, y ayer renunció a defenderla. Algo muy feo, chapucero, como inmediatamente después del debate se apresuraron a denunciar los partidos de la oposición.

Para los socialistas había sobre todo un motivo de celebración. A mitad de legislatura, Maragall ha dejado claro que está ahí, que sigue aspirando a gobernar Cataluña, que tiene un programa, que la expectativa de cambio no se ha diluido. Ése era su objetivo declarado y tanto él como la dirección socialista tienen motivos para considerarlo plenamente alcanzado.

Sabido es que estar en la oposición desgasta más que estar en el Gobierno, y no fueron pocos quienes auguraron, tras las elecciones autonómicas, que estaba por ver si el ex alcalde de Barcelona, un político cuyo capital procede de la gestión y no de los debates parlamentarios, podría aguantar cuatro años. Este debate ha dejado muy claro que aguanta. Y que a pesar de no ser precisamente un genio del parlamentarismo, ha sido capaz de provocar uno de los más intensos debates parlamentarios de toda la etapa de la Generalitat restaurada. El que ha provocado el primer gran mutis de Pujol. Un momento en cierta medida histórico, puesto que no en vano es el presidente de los últimos 21 años. Nunca se hizo Maragall la ilusión de que esta censura podía triunfar y por lo tanto no le podía doler que fuera derrotada. Sí entraba en sus objetivos destacar la alianza CiU-PP, que ayer funcionó de nuevo como un reloj en un momento particularmente decisivo. Lo logró.

El cava era, por lo demás, necesario para los socialistas en función del miedo que tenían a que Maragall fuera víctima de su impericia como polemista. No era poco miedo. A la hora de la verdad, además, resultó que Maragall hizo mal lo más fácil, lo que estaba claramente a su alcance, que era leer el discurso inicial. Pero, en conjunto, superó sin graves daños la confrontación más dura, la que le planteó Duran. E incluso logró un acercamiento con Josep Lluís Carod, algo particularmente valioso en un momento en que CiU se propone festejar a los republicanos.

Los otros tres partidos no brindaron con cava, pero tenían igualmente motivos de satisfacción. El secretario general de ERC, Josep Lluís Carod, explicitó abiertamente el motivo de su alegría. Temía que el debate de la moción de censura fuera la escenificación de un duelo bipartidista. No en vano CiU y el PSC suman 106 de los 135 diputados del Parlament. Pero no, no fueron barridos. Al revés, uno de los momentos álgidos del debate lo protagonizó Carod con Maragall. Y fue un momento importante porque acercó a dos dirigentes y dos partidos que tienen lo que se podría definir como mala química entre sí, y eso puede ser un obstáculo relevante para ambas partes en un futuro próximo. Probablemente exageró Carod cuando proclamó tras el debate que el bipartidismo ha terminado, pero es cierto que ERC pudo salir del lance sin inclinarse hacia uno u otro de los dos polos, como pretendía.

El PP tuvo una vez más en sus manos la continuidad del Gobierno de Pujol. Jugó su baza y pudo hacer valer sus 12 decisivos votos. Al PP le sucede como a Iniciativa per Catalunya-Verds: juega en las alas y, por lo tanto, en los momentos de máxima confrontación no le queda más remedio que apoyar al partido principal de su ámbito. En su caso eso supone que difícilmente puede negar sus votos a CiU. Lo mismo le sucede a IC-V respecto al PSC. Pero el presidente del PP, Alberto Fernández Díaz, jugó con habilidad para abrirse a pactos más amplios y se encontró con la agradable sorpresa de que Maragall le trataba mejor que Pujol. Le acogía. En el caso de Iniciativa, la satisfacción viene de que, visto desde la izquierda, se ha confirmado plenamente que la actual situación sólo tiene salida convocando a las urnas, e incluso Maragall lo ha asumido solemnemente en este debate.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de octubre de 2001