LECTURA

Reyes, súbditos y ciudadanos

Juan Luis Cebrián. ¿Por qué es tan difícil, y tan raro, criticar al Rey o a la familia real? Aparte de la inviolabilidad constitucional, parecen tener otro tipo de bula. En este país hay libertad de expresión sobre casi todo, menos sobre el Rey y la institución. Las mofas que hay acerca de la monarquía en Inglaterra o en Holanda no se producen aquí, y yo, lejos de creer que eso sea necesariamente beneficioso, pienso que sólo demuestra que la institución es tan endeble que, si se hicieran burlas o chistes, se crearía un problema mayor que no nos conviene tener. El papel de Juan Carlos no está sustentado sobre un valor reconocido de la monarquía. Por un lado, es un rey sin corte y los monárquicos no cuentan casi nada, eso está bien. Por otro, no ha habido una teorización suficiente de la corona como elemento aglutinador de la convivencia democrática, lo que genera ahora interrogantes sobre si el príncipe Felipe reinará o no, en función de cómo sea su novia. El Rey no tiene ya el poder moderador sobre las Fuerzas Armadas que ejercía en la transición, y el príncipe, mucho menos. Además, las propias Fuerzas Armadas no son ya determinantes. El caso es que a la gente le intriga el futuro de la Monarquía en España, pero no se habla mucho, salvo en la crónica frívola, porque es mejor no hacerlo. Esta norma comienza a romperse ahora, en parte, con la polémica sobre Eva Sannum, aunque se hace en un contexto enrarecido y bastante oportunista.

F. G.: 'Si tenemos que confiar en el Príncipe para que sea jefe de Estado, deberíamos poder hacerlo para que elija pareja. Éste es un principio republicano'
J. L. C.: 'A mis amigos republicanos, cuando protestan por la Monarquía, les digo: ¿os fijáis que si España fuera una república, Aznar a lo mejor era ahora el presidente ejecutivo de la misma? Entonces se vuelven monárquicos'
J. L. C.: 'Estoy seguro de que, antes o después, el Rey jugará algún rol en la resolución del conflicto vasco'

Felipe González. Me parece una reflexión interesante. Hay que empezar a hablar en serio, primero, sobre si es o no criticable la Monarquía, que lo es, y si conviene o no criticarla como se hace con otras instituciones. Yo tengo más dudas sobre eso. Siendo éste un país tan discutidor y habiéndole llevado ese talante a tantos desastres históricos, la gente se siente tranquila de que haya algo que no se someta constantemente a un escrutinio crítico, como solemos hacer. El papel de Juan Carlos no ha sido institucional monárquico en el sentido tradicional español, sino juancarlista, monárquico republicano. No sabemos si este país ha aceptado o no la Monarquía, lo único que sabemos es que hasta ahora ha aceptado de buena gana a Juan Carlos, que goza del mayor consenso imaginable. El papel que yo he hecho, sin ser monárquico, ha sido de fortalecimiento de la institución de una manera permanente y consciente. Me habrá salido mejor o peor, pero he querido transformar el papel de Juan Carlos en la transición en el de rey moderador y estabilizador de las relaciones complejas (sociales, políticas, territoriales) de este país. Fui muy criticado cuando el actual presidente del Gobierno hizo una visita oficial al País Vasco al comienzo de su mandato. Me dijeron: 'Lo que no ha hecho Felipe en catorce años, este hombre, a los tres meses de llegar, ya lo hace: una visita oficial a Euskadi'. Me callé, pero sabía que no habría ninguna visita oficial más de ésas, ni al País Vasco ni a ningún otro sitio. Porque el respeto al papel institucional de la Monarquía exige algunas actitudes. Ese papel yo lo estimulé a tope y cuando me fui se acabó el estímulo. Yo no creía que tuviera que visitar oficialmente el territorio de mi país, era el jefe del Estado quien tenía que hacerlo.

J. L. C. O sea, que nosotros decimos que somos republicanos, pero creemos que el rey Juan Carlos ha rendido servicios inmensos a la democracia y a la convivencia entre españoles. Somos republicanos, pero apoyamos a Juan Carlos.

F. G. No, apoyamos a esta Monarquía, para ser más coherentes.

J. L. C. Entonces, ¿qué dificultad tenemos para reconocer que, en realidad, somos monárquicos? De esta Monarquía, pero monárquicos. ¿Qué vergüenza intelectual, o cultural, o moral, tenemos de decir que somos monárquicos?

F. G. Yo no tengo ninguna vergüenza de decirlo. Probablemente tengo un atavismo cultural, con el que no me siento incómodo, a pesar de la aparente contradicción.

J. L. C. Es decir, ¿cómo vas a ser tú, o cómo puedo ser yo, monárquico, si hemos sido republicanos de toda la vida?

F. G. Es una minusvalía, o quizá lo contrario, una plusvalía cultural: creo que es más razonable la república, pero al final es mentira que lo crea y me considero accidentalista, como decían los clásicos. Si asistiéramos en la próxima legislatura, o en la siguiente, a la confrontación de un sistema electoral directo respecto de la república, probablemente no resolveríamos los problemas de los que venimos hablando, sino que los agravaríamos.

J. L. C. A propósito, el papel de la Monarquía en la resolución del conflicto territorial es algo que habría que investigar... Estoy seguro de que, antes o después, el Rey jugará algún rol en la resolución del conflicto vasco. Bueno, aceptemos que somos monárquicos, pero no de cualquier monarquía. ¿Por qué no se plantea entonces que el entorno de trabajo del Rey, de trabajo profesional, no el entorno familiar, esté sometido a control parlamentario?

F. G. No estoy seguro de que eso no deba ser una responsabilidad que, como otras, asuma el Ejecutivo. Éste, a su vez, responde ante el Parlamento. Me parece más correcto y operativo. El Rey reina, pero no gobierna.

J. L. C. No existe tal control.

F. G. Existe.

J. L. C. Pues no se ejerce.

F. G. Lo que ocurre en la casa real, nombramientos, financiación, funciones de representación, etcétera, se hace con el conocimiento y consentimiento del Ejecutivo.

J. L. C. Da la sensación de que ése es un lugar acotado.

F. G. Lo acotado no es significativo, de todas maneras, en su dimensión política.

J. L. C. Pero sí son sus consecuencias. Estoy sorprendido por el cambio de paisaje en muchos actos oficiales organizados por la casa real. Durante la transición, el consenso político estaba representado en toda su diversidad.

F. G. Ahora, cada vez menos.

J. L. C. Ahora sólo va la derecha, un tipo de derecha, y la representación mínima institucional: los grupos parlamentarios y quizá, alguna vez, algún sindicato. Pero esa representación de la España plural, en todos sus sentidos, que había antes en las recepciones en el Pardo, y que además las hacía divertidas, eso se ha perdido, me atrevo a decir que casi por completo. No hay un esfuerzo por incorporar un amplio consenso social al mundo del jefe del Estado.

F. G. Mientras ejercí mi responsabilidad en el Gobierno quise que la Monarquía consolidara una relación con la España diversa y plural, en todos los sentidos, en el territorial, en el social, en el cultural, dentro de España y en nuestra representación en el exterior. Nunca quise hacer sombra, sino lo contrario, a la figura del Rey. Y ahora vienen jefes de Gobierno que no pasan por la Zarzuela, jefes de Estado en visitas de trabajo que se elude que acudan a ella o que pisan sólo tangencialmente el palacio. Todo el protagonismo se desplaza hacia el Ejecutivo. Parece que la voluntad del Gobierno actual es minimizar la presencia de la monarquía para maximizar la suya.

J. L. C. A mis amigos republicanos, cuando protestan por la monarquía, yo les digo: ¿os fijáis que si España fuera una república, Aznar a lo mejor era ahora el presidente ejecutivo de la misma? Entonces se vuelven monárquicos, monárquicos republicanos.

F. G. A mí lo que me da miedo del debilitamiento de la Monarquía no es sólo la ausencia de ese contacto que dices, sino la percepción popular de la relativa y creciente inutilidad de la institución.

J. L. C. Y el no uso de los medios de comunicación para crear una imagen adecuada. Al principio de la transición insistí mucho en que en TVE se hablara de la historia de la Monarquía en España, de forma dramática y polémica, con una intención didáctica, y ahora se está contando una historia de vino y rosas, romántica, de una Monarquía que nunca existió. Nada de eso sirve para reforzar la imagen de la institución. Apoyamos, sin matices, a personajes tan controvertidos como Felipe II, de los que es difícil sentirse orgulloso.

F. G. Lo sientas o no, lo que es una estupidez es pretender que se lo traguen en Iberoamérica, olvidando que lo hispano es para nosotros un espacio de oportunidad que hay que cuidar seriamente. Este país se está quedando sin elementos de cohesión y la Monarquía es un intangible que sirve para cubrirlos. Si no es así, se debilitará. Responsablemente he querido que juegue con plenitud su papel integrador de esta sociedad, y de representación a nivel internacional, y particularmente iberoamericano. Como nunca me he sentido tapado por la figura del Rey, no lo he mirado como a un competidor. Eso es lo que ha desaparecido. ¿Es posible que ese papel se recupere con otro presidente del Gobierno, incluso de la derecha? En mi opinión, sí, por tanto esto no es un problema ideológico, es un problema de personalidad. Lo que pasa es que se está debilitando el papel de la Monarquía, y ésta será una cuestión difícil para el próximo presidente, sea de izquierdas o no.

J. L. C. Hay cuestiones un poco folclóricas de la Monarquía que tienen que ver con todo esto, y fueron relativamente importantes en la transición. Me refiero a los aspectos del protocolo. El hecho de que éste sea un Rey sin corte, sin maneras monárquicas, no evitó cierta polémica sobre las formas externas del vestir en los actos oficiales, discusión que tú mismo encabezaste. Ni siquiera querías ponerte corbata, parecía una traición a tus convicciones.

F. G. Me costó vestir el esmoquin y ahora me niego a usarlo.

J. L. C. No sé si sabes que, cuando estabais en la oposición, siendo presidente Suárez, me llamó Paco Ordóñez para pedirme, por favor, que en las recepciones oficiales yo no fuera de esmoquin, contra lo que demandaba el protocolo. Como los socialistas no os lo poníais y los comunistas tampoco, no querían que os sintierais desplazados.

F. G. Jamás me enteré, es la primera noticia que tengo de eso, y me parece simpática.

J. L. C. No querían discriminaros ni por el color de la camisa. Es un dato interesante.

F. G. O por el frac, lo que correspondiera.

J. L. C. Lo del frac vino más tarde, en las cenas de palacio, que en aquella época todavía no se hacían. Bueno, esto es anecdótico, pero pone de relieve hasta qué punto el debate político afecta, aún hoy, a las formas externas. Yo me río cuando voy ahora a las grandes empresas norteamericanas, en donde, debido a la moda impuesta por Silicon Valley, la moda Internet, los únicos que llevan corbata son los conserjes. Los demás, de presidentes a empleados, visten todos a lo progre, como si fueran arquitectos catalanes. Llevar corbata es un signo de la clase social baja en este momento. ¡Y tú te resistías a ponértela! Hay otras cuestiones, en cambio, que parecen frívolas, pero no lo son tanto, como con quién ha de casarse el heredero del trono.

F. G. ¡O sea, que fui un precursor del sincorbatismo como elemento de distinción! El tema del matrimonio del Príncipe es delicado, porque además lleva implícito el problema sobre la sucesión al trono de las mujeres, que está mal resuelto en la Constitución. No se puede de ninguna manera mantener una discriminación de esa naturaleza. Cuando me preguntaron por la boda de don Felipe, traté de aliviar la posible tensión diciendo que si tenemos que confiar en el Príncipe para que sea jefe de Estado, deberíamos poder hacerlo para que elija pareja. Éste es un principio republicano y por tanto no directamente aplicable a la Monarquía, aunque es también de sentido común. Pero como la lógica no es todo lo que de verdad cuenta, y menos en este terreno, creo que, desde el punto de vista institucional, puede crear problemas ese matrimonio. Parece una contradicción, y seguramente lo es, pero la inmensa mayoría de los ciudadanos españoles entiende lo que digo: estarían de acuerdo en que tenemos que confiar en su elección, y tendrían dificultades en verse representados institucionalmente por una persona que, con todo el derecho del mundo, ejerce la profesión de modelo, con la imagen que proyecta.

J. L. C. Vuelvo a lo que hemos hablado antes, ¿no sería razonable que existiera un sistema, un método, igual para elegir al secretario de la casa del Rey, a los ayudantes, la gente que le rodea, que para decidir esto? El principio republicano es que cada cual se casa con quien quiere, pero los monárquicos, y hasta los republicanos monárquicos, tienden a decir: 'Sí, eso es verdad, salvo en el caso de alguien que va a ser jefe del Estado, lo que tiene sus ventajas y sus limitaciones'.

F. G. Si no hubiera exhibido modelos de ropa interior, ¿sería aceptable?

J. L. C. Ésa es mi pregunta también, porque todo esto sucede porque la chica es modelo. Si fuera licenciada en románicas e...

F. G. ... igual de bonita...

J. L. C. ... o fea, da lo mismo, entonces probablemente no se plantearía nada de esto, ni diríamos lo que estamos diciendo.

F. G. ¿Lo diríamos o no?

J. L. C. Yo, honestamente, creo que no. Hay un gran cinismo en este debate. Existen otras cuestiones, de las que no se habla, como que la aspirante es hija de madre divorciada, vuelta a casar o conviviendo con un personaje que se acomoda mal a la alcurnia de la jefatura del Estado. Por eso creo que hay que mantener el principio de que cada cual se casa con quien quiera.

F. G. Pero como va a ser jefe del Estado, la gente tiene derecho a pensar si elige bien o no según su criterio...

J. L. C. Allá él.

F. G. No, allá él, no: allá nosotros. Elige esposa y reina en el mismo paquete.

F. G. La conclusión es que no hay conclusión razonable. Tú dices que la modernidad depende de eso. No, es un indicador, pero nada más. La gente, ¿qué dice, qué defiende? Que sea normal su reina o su rey. Pero el concepto de normalidad ya no existe, porque no hay normas para elegir a una mujer, o a un hombre.

J. L. C. Somos presa de convenciones. Hay un problema de opinión pública en todo esto, el mismo que el del esmoquin en las fiestas reales u otros aspectos del protocolo. Yo no soporto el cabezazo y la reverencia ante el Rey. Creo que no tienen ningún sentido.

F. G. No lo tienen, no. Carmen Romero no la ha hecho, y a la mayoría no le extraña, sino lo contrario.

J. L. C. Sin embargo, el que no lo hace se significa, o el que lo hace, según se mire. Normalmente, la derecha da cabezazo, y la izquierda no.

F. G. A mí me parece bien esa distinción, que no siempre se produce. Porque teniendo el mismo grado de respeto, unos están indicando una forma de ver la institución, y los demás, otra diferente. La forma de quien no se inclina indica respeto cívico, la de quien se arrodilla es respeto de súbdito. Que en España haya gente que acepte con naturalidad una y otra posición me parece una diferencia interesante, aunque normalmente son más críticos los que se inclinan con los que no lo hacen.

J. L. C. Al Rey y a la casa real les gustan más los súbditos, ésa es su gran debilidad. Deberían darse cuenta de que esto ya no funciona así.

F. G. Pueden creer que de eso depende la institucionalización de la monarquía. Al Rey, me consta, le preocupa que haya juancarlismo, aunque le guste, y que no haya monarquismo. Su entorno le dice que la manera de que haya monarquismo institucional es la reverencia a la institución, lo cual es un error reduccionista a las formas.

J. L. C. Como nosotros hemos llegado al convencimiento de que somos monárquicos por conveniencia, hay que explicar que la única manera de que sobreviva esto es aceptar su funcionalidad a cambio de un compromiso cívico por parte de la familia real.

F. G. Definamos la Monarquía que queremos: la monarquía institucional de los ciudadanos. Ese criterio debe ser la base para establecer las formas de relación y de comunicación entre la Monarquía y los españoles.

J. L. C. Eso nos lleva inevitablemente a que el comportamiento del Príncipe en su vida privada se tenga que atener a las convenciones de los ciudadanos en general, y no sólo a las de los monárquicos. En Davos me invitaron, en enero de 2000, a una cena con los reyes de Jordania, en la que estaba también Steve Case, presidente de AOL-Time Warner. ¿Quién tiene más poder -me cuestionaba yo- y cuánta más gente se ve afectada por sus comportamientos y decisiones, Steve Case o el rey de Jordania? Evidentemente, era Case, aunque a mí ese monarca me cae bien, mejor que el padre, y pienso que puede ayudar a la pacificación de Oriente Próximo. A la salida de la cena, cuando el rey abandonaba el lugar, se presentaron media docena de limusinas, veintiocho guardaespaldas con metralletas, un séquito con aparataje terrible, toda una corte.

F. G. Y el otro, con las manos en los bolsillos.

J. L. C. Él solo, sin escolta, por la acera buscando su coche, pues no sabía bien dónde lo había aparcado. Y volví a hacerme la misma reflexión: ¿quién tiene más poder? El que va con las manos en los bolsillos.

F. G. Se está perdiendo el consenso de la Monarquía más rápidamente de lo que creemos.

J. L. C. Mayor razón para ponerse a hablar de ello y no mirar hacia otro lado.

F. G. Y resolverlo. Pero el primero que tiene que estar de acuerdo es el Rey, o la institución, para saber que se hace consistentemente, porque desde el poder se está quitando legitimidad a la Monarquía de forma sistemática. En eso el cambio de Gobierno, que tú consideras generacional, se está convirtiendo en un revival de la generación anterior a la nuestra, que no creía en la monarquía. Pero ya he dicho que yo no lo veo como generacional.

J. L. C. En la primavera de 2001 estuve en Suecia, en las reuniones de Bildeberg. Vino la Reina, porque esa conferencia es un acto que le gusta: disfruta intelectualmente y durante tres días no es reina, hace cola para servirse la comida, se sienta donde buenamente puede, no tiene tratamiento especial. Tres días conviviendo como una más. Al volver, volábamos en línea regular e hicimos escala en Copenhague, con lo que tuvimos que aguardar un par de horas en la sala de autoridades. Estábamos con el embajador, los ayudantes y alguno más. De repente, se abre la puerta y aparece el rey de Dinamarca, vestido tan deportivo que iba lo más parecido a un pordiosero, le acompañaba un perro, y se abalanzan el can y él sobre la Reina, abrazándola más que efusivamente ante quienes estábamos allí. Nos quedamos un poco atónitos, después de tanta historia de protocolo, reverencias y cabezazos como comentábamos, al ver aquella escena de tintes a la vez íntimos y callejeros. Fíjate que el rey Juan Carlos es campechano, castizo, incluso a veces se pasa de eso, pero yo vi tal diferencia de...

F. G. ... el Rey es campechano y distante, y tú verías proximidad.

J. L. C. Sí, y sobre todo vi, como dicen los franceses, que el rey danés estaba décontracté, iba en traje de baño porque pensaba navegar, casi sucio, y en su comportamiento se descubría el sentir de un ciudadano más, un ciudadano ordinario -y hasta admito el doble sentido de la palabra- al que le había tocado en suerte ser rey consorte.

F. G. ¿Sabes dónde está descrito maravillosamente algo parecido a eso? En una semblanza que hace Indro Montanelli del viejo rey de Noruega.

J. L. C. Cosas así también distinguen, definen, a la monarquía de los ciudadanos.

F. G. La que necesitamos. Si tú ves la descripción que hace Indro Montanelli... dice lo que tú dices, exactamente lo que tú dices, sin pretender conceptualizarlo.

J. L. C. Un ciudadano que es rey.

F. G. Eso don Juan Carlos no lo ha vivido. Es espontáneo, simpático, pero eso no lo tiene.

J. L. C. Existe la oportunidad de que lo tenga el Príncipe.

F. G. Pero exige un entrenamiento, una comunicación que no es fácil que se produzca, con gente que sea capaz de tratarlo en esa dimensión de ciudadanía. Con Hassan II tuve una conversación, poco tiempo antes de su muerte, que explica lo que trato de expresar. Me preguntó sobre el conflicto del Sáhara, por primera vez, debo añadir. Le dije que si quería la versión diplomática o que le respondiera como lo haría al propio rey Juan Carlos. Sabía que era lo contrario de la costumbre, pero reaccionó pidiéndome que lo hiciera con toda claridad. A esto me refiero.

J. L. C. Incidentalmente, ¡qué útil es la monarquía alauí para los intereses de este país! Sería horrible para nosotros la existencia de una república islámica en Marruecos. Y para los marroquíes, también.

F. G. ¡Imagínate! Aunque todavía no está claro el futuro, ni existe conciencia en España de esa realidad decisiva para nosotros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 07 de octubre de 2001.