OPINIÓN DEL LECTOR
Cartas al director
Opinión de un lector sobre una información publicada por el diario o un hecho noticioso. Dirigidas al director del diario y seleccionadas y editadas por el equipo de opinión

Esplendor cordobés

Los visitantes, cordobeses o no, llegan con la ilusión de conocer cuáles son los logros de la extraordinaria cultura omeya, pero echan en falta, por inexistentes, unos mínimos folletos informativos que les ayuden a entender lo que van a contemplar a continuación, o una sala de interpretación con maquetas, paneles, fotografías y vídeos que les permitan tener una visión global de Medina Azahara.

Después de la eclosión del mayo cordobés, en los meses estivales se volvió al olvido, se dejó de hacer publicidad a nivel nacional, donde se preguntaban si aún seguía abierta la exposición cordobesa.

El Festival de la Guitarra de Córdoba podría haber llevado alguna de sus propuestas musicales, a modo de experimento, a ese espléndido marco que son las ruinas de Medina Azahara, como ocurre en Sagunto, Mérida o Itálica. Al menos debería plantearse en el futuro.

El esplendor fue de carácter político, económico y militar pero también fue cultural, aunque no existieran poetas que cantaran sus gestas.

El arabista Serafín Fanjúl ha polemizado acerca del mito omeya porque se confunde el esplendor primero con el falso fogonazo cultural omeya. Razona que la belleza decorativa ornamental de Medina Azahara oculta una pobreza constructiva que hizo posible su destrucción por los bereberes. Esto podría aplicarse, por el contrario, a sólidas culturas como la griega o la romana, dado el estado actual de sus monumentos.

La Córdoba omeya no tuvo un Averroes o un Maimónides que vinieron después, pero sí una cultura numismática, de aguamaniles, platos, jarras, celosías, estucos, capiteles, cerámica, instrumentos quirúrgicos, regadíos, mobiliario y, sobre todo, fueron capaces de construir la gran mezquita, única en el mundo.

Hubo intelectuales que le dieron brillantez, como el músico Ziryab, el filósofo Ibn Masarra, el gramático Al Qutiyya, el erudito Ibn Habib, el historiador y poeta erótico Ibn Hazm con su collar de la paloma, el médico cirujano zahrawi (nacido en Medina Azahara) Albucassis; las mujeres libres y sabias andalusíes, como la poetisa Lubná, y el monarca mecenas que amaba las ciencias, Abderramán III, y su propio hijo, el injustamente olvidado Alhakem II.

La corte de Medina Azahara ejerció el mecenazgo cultural, supo incorporar a ulemas (pensadores) de la periferia siria y del norte de África que eran traídos a Córdoba por la dinastía culta de los omeyas, por lo que puede decirse que el Renacimiento nació en Córdoba.

La exposición hoy nos puede enseñar a comprender mejor nuestras propias raíces, a conocernos mejor, nuestra identidad en el sur de Europa, a constatar lo que tenemos en común con el mundo árabe, el ser lugar de encuentro entre Oriente y Occidente, entre culturas en un mundo plural y diverso.

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