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Editorial:

Presidencia ambiciosa

Con cuatro meses de antelación, el ministro de Asuntos Exteriores, Josep Piqué, presentó ayer un ambicioso programa para el semestre de presidencia española del Consejo de la UE, que comienza en enero próximo. Las prioridades son las que marca el calendario: la introducción del euro, las negociaciones sobre la ampliación -con los difíciles capítulos de la agricultura y los fondos estructurales- y el debate sobre el futuro de Europa de cara a la reforma de 2004. En comparación con la anterior presidencia española, en 1995, ésta casi doblará el número de reuniones de alto nivel -más de 70 frente a 45-, reflejo no de una desbordante iniciativa, sino de la creciente complejidad de la vida comunitaria.

Cumplir con una buena organización fue el objetivo central de la primera presidencia española, en 1989. Como en 1995 (una presidencia que dio resultados tan positivos como el empuje a la unión monetaria, la conferencia euromediterránea o la carta transatlántica), este nuevo turno de responsabilidad para España será juzgado por los resultados cualitativos antes que cuantitavos. El contexto no ayuda. Recuperar un proceso de cooperación euromediterránea que se ha dejado languidecer resulta más difícil en el contexto del violento enfrentamiento entre israelíes y palestinos. Por otra parte, el hecho de que en la primavera de 2002 se celebren elecciones presidenciales y legislativas en Francia (y generales en Alemania en otoño) será un obstáculo para alcanzar decisiones de calado.

La presidencia no es ocasión para defender intereses particulares del país que la ejerce, pero sí para atraer el interés del conjunto sobre determinadas cuestiones hacia las que tiene una especial sensibilidad o responsabilidad. En ese sentido, la presidencia española puede servir para dar un empuje, hacia afuera, a las las relaciones con América Latina y, hacia dentro, a la construcción de un espacio europeo de justicia y libertades, para lo que sería importante la aprobación de la euroorden de busca y captura para reforzar la lucha contra la delincuencia de todo tipo.

La presidencia, con la afortunada coincidencia con la introducción real del euro, debería ser una oportunidad para debatir en el Parlamento, en los medios y en el conjunto de la sociedad española el futuro de esta construcción ante la que los españoles, según reflejan las encuestas del CIS o los eurobarómetros, se muestran algo más despegados que antaño. Es necesario recuperar ese espíritu europeísta, algo relegado en los últimos tiempos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de septiembre de 2001