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Cañonazo de Greene

El estadounidense confirma con autoridad su supremacía en la prueba de 100 metros, que domina desde 1997

Compacto y culón, propiedad que ha fortalecido para desarrollar la tracción posterior, Greene no es un esteta. A diferencia de Lewis, actúa por pura fuerza. Su pisada es devastadora. Golpea la pista con una energía descomunal, buscando una propulsión que no se desvanece prácticamente en toda la carrera. Con Greene apenas hay pérdida en la curva de velocidad, en esos treinta últimos metros que otros acusan de forma visible. En la final sólo sintió el acoso de Montgomery, perjudicado por una salida falsa que le obligó a retenerse en el momento de la verdad.

Greene no se escapa nunca. Desde que se ocupa con mano firme de los 100 metros no se le conoce una salida nula. Es una manera de explicar su seguridad en la pista. No juega con el azar. Simplemente hace saber a los demás que es el mejor. La noticia fue la excelente carrera de Montgomery. Nunca se sabrá el efecto que tuvo su salida nula, aunque probablemente le volvió más conservador. En cualquier caso estamos ante un atleta muy diferente al de los últimos años. Montgomery, más ligero que Greene, también había sido más ligero en sus prestaciones. No era un ganador. Todavía conserva el gesto apesadumbrado, tan poco común entre los velocistas, gente vanidosa, arrogante, que explican la carrera como un combate de boxeo. Montgomery da la impresión de ser introvertido, o al menos así parece. Habla poco, actúa poco, corre mucho.

La transformación de Montgomery ha sido radical en el último mes. Su victoria en Oslo, con 9,84 segundos, se tomó como una anécdota. Aquella tarde, Montgomery tuvo que pedir prestadas las zapatillas a Marion Jones. Su equipaje se había perdido y el velocista americano no tenía a su disposición el equipo de ayudantes que rodean a Greene o a Jones. Un mes después, Montgomery dispone de zapatillas especiales, diseñadas expresamente para él. Es lo que ocurre cuando un buen atleta se convierte en una estrella.

Tim Montgomery, que desde hace ocho meses se entrena con el grupo de Marion Jones en Carolina del Norte, dio fe de su total transformación. Perdió muy pronto un metro con respecto a Greene, pero no perdió más, y hasta avisó de la remontada. No lo consiguió. A pesar de su tendinitis, Maurice Greene no cayó presa del pánico en los últimos metros. No es su carácter. Es el típico duro. El más duro de todos. El mejor del mundo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de agosto de 2001