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Crítica:DE LA NOCHE A LA MAÑANA

La desgana misma del verano

El columnista tiembla de calor y se corta las uñas cuando la famosa madalena del bar de la esquina hace de las suyas y rememora canciones infantiles apelando a relaciones olvidadas mientras observa a un gato extasiado con las teles de sobremesa

Relaciones

Hace algún tiempo, cuando uno se echaba novia se decía que tenía relaciones, como si hasta ese aciago momento hubiese carecido de todo trato con el resto de la humanidad. Ahora se hila más fino -sobre todo en lo que tiene que ver, por ahora, con los políticos norteamericanos y las becarias a su servicio- distinguiendo entre relaciones sentimentales y sexuales. También se decía del enchufado que estaba bien relacionado, y ahora se prefiere usar el contaminante término de contacto. Todo recuerda a la distinción de Castilla del Pino entre relaciones objetuales y objetivas, por la que un boli ya no es sólo algo que cumple la función de escribir sino el receptor también de diversas cargas afectivas. De aplicarse tal rigor -a favor o en contra- en la reseña literaria, no quedaría un solo crítico indemne para contarlo.

La canción desganada

El compañero Juanma Játiva urdía hace pocos días en estas mismas páginas una excelente crítica sobre una actuación de Jarabe de Palo, que remataba sugiriendo ciertos aspectos del fervor del público como material de sociólogo de juventud más que de crítico musical. Es verdad que una persona educada no puede decir así como así que Pau Donés, jefe del jarabe, se dedica a chupar rueda de Santiago Auserón sin molestarse siquiera en reconocerlo, pero es que ocurre cuatro cuartos de lo mismo respecto de otros referentes musicales, con un tedioso Victor Manuel, siempre empeñado en alzar la voz un semitono más de lo que conviene al hijo de un minero, o con un Sabina que cada vez es más progre pero menos ista. Fuera de la severidad de los clásicos o de los grandes del rock, la verdad es que cada vez se da menos esa musiquilla ligera y desprovista de intención que tanto distrae de la colada nocturna sin enfadarte.

Cortarse las uñas

Tan admirable resulta la buena educación de cejas, pestañas, bello púdico, pelillos de extremidades o de axila -por no mencionar otros varoniles atributos corporales- al dejar de crecer una vez han obtenido la extensión que conviene a su presencia, como odiosa la inescrutable obstinación de uñas y de cabellos del cuero cabezudo en aumentar de tamaño, y eso sin olvidar -en lo que tiene que ver con la mayoría de los varones- el genocidio piloso del afeitado, una mutilación que se deleita, como diría Juan Ramón Jiménez, en su 'mezquina porción de confianza'. Para lo que sirven las uñas de los pies -las de las manos son otra cosa, si se les adjudica alguna importancia en la intimidad del sadismo cotidiano-, bien que harían en desistir de una voluntad de permanencia que no lleva sino al fastidio periódico del cortaúñas a manos del usuario. No se sabe de ningún pie que haya talado las uñas de las manos, por lo mismo acaso que no hay noticia de niños que hayan montado jamás una guardería.

El saber del movimiento

Los guionistas de Hollywood son los que más saben sobre la escritura en movimiento de la conducta humana, y entre sus muchas reglas de oro figura la que dice que al perfilar los rasgos de un protagonista conviene determinar tres niveles distintos y uno sólo verdadero en la expresión de su persona: saber decir, saber estar, saber hacer. Es posible que sólo Humprey Bogart haya conseguido en algunos de sus mejores papeles cumplir al mismo tiempo esos requisitos de la conducta del héroe, algo que sería exagerado aplicar a los personajes de Woody Allen o del primer Lemmon y que cumplen de manera suficiente actores como Cary Grant o Jack Nicholson. Un entretenido juego de verano consiste en aplicar ese baremo transversal a la conducta móvil de no importa qué personalidad de nuestras personalidades públicas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 16 de julio de 2001