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Crónica:FÚTBOL | Final de la Copa del Rey

El Zaragoza hace valer su historia

El equipo aragonés se sobrepuso con entereza a un temprano gol de Mostovoi y defendió su ventaja en la segunda parte

El peso de la historia se impuso al valor de los pronósticos. El Zaragoza, un clásico de la Copa, ganó la final cuando menos se pensaba, después de recibir un gol de salida, lo que abundó en la idea de un Celta vencedor. No fue así, como tantas veces ha ocurrido con el Zaragoza, equipo que ha hecho fortuna en las finales. Esta vez reaccionó con decisión al tanto de Mostovoi y remontó con dos goles muy típicos, en dos saques de falta, después de una meritoria actuación que en la segunda parte se completó con una defensa tenaz, menos académica que voluntariosa.

Desde cualquier perspectiva, el Zaragoza fue mejor que el Celta, al menos en el nudo del encuentro, cuando se decidió el resultado. En el aspecto emotivo no se dejó impresionar por el temprano gol de Mostovoi, que cerró con mucha categoría una larga jugada en la que se vio favorecido por los rebotes y por la falta de contundencia de Aguado y Paco. El Celta, que llegó como favorito indiscutible, reforzó tanto su posición que se salió del partido. No tomó en consideración a un rival que sobrepuso con entereza a un gol que podía interpretarse como decisivo.

CELTA 1| ZARAGOZA 3

Celta: Cavallero; Velasco (Edu, m. 70), Cáceres, Berizzo, Juanfran; Jayo, Giovanella; Karpin, Mostovoi, Gustavo López (McCarthy, m. 80); y Catanha. Zaragoza: Laínez; Rebosio (Cuartero, m. 75), Aguado, Paco, Pablo; Gurenko; Juanele, José Ignacio, Acuña, Martín Vellisca (Garitano, m. 87); y Jamelli (Jordi, m. 67). Goles: 1-0. M. 5. Mostovoi se interna regateando contrarios y bate a Lainez por bajo. 1-1. M. 23. Falta que saca Acuña desde la derecha y Aguado cabecea. 1-2. M. 38. Penalti de Berizzo sobre José Ignacio que transforma Jamelli. 1-3. M. 90 (+). Jordi, tras escapar en solitario y regatear a Cavallero a trompicones. Árbitro: García-Aranda. Amonestó a Berizzo, Jamelli, José Ignacio y Juanfran, y expulsó a Pablo por doble tarjeta. Unos 45.000 espectadores en la final de la Copa del Rey disputada en el estadio de La Cartuja de Sevilla.

El Zaragoza reaccionó con determinación, y no le faltó juego. El Celta no tuvo nada. Sufrió porque no dispuso casi nunca de la pelota, condición estrictamente necesaria en el equipo gallego. Con una densa red de centrocampistas, bien manejada por Acuña, el Zaragoza se impuso de forma abrumadora en el medio, donde Jayo y Giovanella se sintieron demasiado solos. Ni Karpin, ni Gustavo López acudieron en su ayuda. Mostovoi jugó otro partido, en este caso frente a Gurenko, que le persiguió toda la noche.

Tantas veces criticado por su débil pegada en el área, el equipo de Luis Costa convirtió esa debilidad en su principal garantía. Puesto que le resulta muy difícil ganar en el área, decidió vencer en el medio campo, sin ningún delantero y con una malla de centrocampistas y medias puntas. Eso le sirvió para gobernar el partido, a pesar de la difícil situación que le provocó el gol del Celta. A partir de ahí, el Zaragoza aprovechó su principal recurso: la eficacia en los saques de falta o de esquina.

Durante su larga carrera, Aguado ha sido un cabeceador temible, una garantía para un equipo con problemas de escasez de goles. Con un cabezazo suyo llegó el empate, mal recibido por el Celta, que sintió el impacto. No encontró respuesta porque no encontró a Mostovoi, Karpin y Gustavo López. Causaba perplejidad la insistencia de Cáceres y Berizzo en dirigir pelotazos inútiles a Catanha.

Entre un equipo que estaba fuera de onda y otro que sabía perfectamente sus obligaciones, no extrañó a nadie el segundo gol del Zaragoza. En otro saque de falta, por supuesto. Fue un lanzamiento frontal que Jamelli peinó hacia el área, donde José Ignacio sorprendió a Berizzó, que le agarró de la camiseta. Jamelli convirtió el penalti y puso la final en las antípodas de lo que se pensaba. Con un equipo limitado en muchos aspectos, el Zaragoza no había dejado un hilo al aire y allí tenía su recompensa. Quedaba por ver su entereza para soportar el ataque del Celta en el segundo tiempo, ataque insistente que dio un tono dramático al partido. Esa segunda parte correspondió punto por punto con lo que se espera de una final.

El gasto de energía del Celta fue descomunal. Y lo mismo cabe decir del esfuerzo defensivo del Zaragoza. Se refugió en su campo y achicó agua desesperadamente. En su condición de resistente, apenas recibió ocasiones de gol. Apenas un remate de Catanha, favorecido por una pésima salida de Laínez, y una excepcional jugada de Mostovoi, que regateó de tacón -con caño incluido al peruano Rebosio- y no logró embocar el remate delante del portero. Pero el asedio del equipo gallego resultaba tan aplastante que el gol parecía posible por pura insistencia. En eso sentido, la final cobró un tremendo valor emotivo, con las dos hinchadas desesperadas. Una porque no veía la manera de celebrar el empate. Otra porque sabía de las dificultades que atravesaba su equipo.

Así hasta el final de un partido que ganó el equipo imprevisto. Así es la Copa. Y eso es lo que la hace grande.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de julio de 2001