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Entrevista:CECILIA ROTH | Actriz

'Argentina es un país que vomita y expulsa a su gente'

Ojos verdes que reflejan que ha vivido varias vidas en una. Un cuerpo argentino y regio, gambeteador y en forma. Cecilia Roth no para de moverse en el sofá mientras bebe 'un té repugnante, que tiene un atrás y sabe a mate cocido'. En teoría, esto es una entrevista de promoción matutina con una actriz en jet lag. Lo bueno es que ella no parece una actriz en promoción con jet lag sino una mujer natural, atractiva y comprometida que habla 'por un tubo', con una mezcla de alegría contagiosa y sentido común.

Lo hace a toda pastilla, combinando el porteño y el cheli sin ningún tipo de pedantería: 'Me vine a Madrid en el 76 y lo primero que hice fue la esquizofrenia de partirme en dos. Los directores te obligaban a hablar en vallisoletano, porque si no, te doblaban. Y yo no quería que me doblaran, aunque algunas actrices ganan premios dobladas. Así que me puse la meta de hablar perfecto, pero ahora ya da igual'.

Aunque ahora ya sabe dónde anda. 'Soy una nómada total'. Adorada acá y allá, ha venido a Madrid a presentar su último y espléndido trabajo argentino (Una noche con Sabrina Love). Está feliz con su maternidad ('los ojos de ese niño de dos años dicen que hay que tener esperanza, dan sentido a todo lo que no lo tiene'), y de paso acompaña a su pareja, el músico Fito Páez, que anda montando su primer filme, el 'intenso y duro' Vidas privadas: 'Es una historia sobre la resaca de la dictadura que narra la vida de una mujer torturada, Carmen Uranga, descendiente de una familia patricia argentina', cuenta Roth. 'Se exilia en Madrid, no quiere recordar, se convierte en una fría empresaria intocable, pero cuando vuelve a Buenos Aires por una herencia encuentra a sus fantasmas. Tiene mucho que ver con la sexualidad teñida de horror, con los vínculos y las vidas íntimas, privadas de tantas cosas'.

Pregunta. Supongo que es un alivio dejar Argentina en este momento tan caliente.

Respuesta. Sí, estamos contentos de habernos ido un rato. Es lo bueno de ser nómada, que cuando las papas queman en un sitio te puedes ir a otro... Y como soy nómada total, por naturaleza, sigo los ritmos de ese nomadismo.

P. ¿Cómo está el país?

R. Jodido, pasando muchas cosas feas, peligrosísimo. Torturaron a la hija de Hebe Bonafini, la madre de Plaza de Mayo, y hay voces que vuelven a pedir mano dura, la sensación es tristísima. Ya ni nos alegra que metan a Menem en la cárcel. Yo ya no me creo nada, y eso que creo en cosas en las que nadie parece creer ya, el amor, la amistad, los hijos. Pero dejar de creer en tu país es muy duro. No sé si los argentinos tenemos un gen raro, porque aguantamos hasta el final haciéndonos cómplices de lo que sea, y cuando las cosas ya no tienen arreglo entonces empieza el combate. Pasan tantas cosas que un telediario dedica una hora entera a Argentina, no hay más. Lo demás no existe. Somos casi un país insular, y es muy triste porque la gente está loca por marcharse. El éxodo otra vez. Es un país que vomita y expulsa a su gente. Todos tratan de escapar de la desesperanza, pero no pueden, no hay proyectos, no hay futuro.

P. Qué horror.

R. Lo peor es que esa tristeza es muy contagiosa, y la única solución parece hablar y hablar, la sanata, la charla. Los sanateros [charlatanes] son el ruido de fondo del país, un ruido lleno de mentira, de falsedad, de vacuidad. Argentina es el reino de los chantas, de los fantasmas. Y se van a poner muy contentos cuando lean esto.

P. Pero a la vez parece que el cine y el talento permanecen, avanzan...

R. Lo más triste es que el país está lleno de jóvenes con un talento enorme que se lo curran en soledad, sin apoyo de nadie, ni del Gobierno ni de las compañías main stream. Y, a pesar de eso, algunos salen a la luz, hay nuevos realizadores muy interesantes. Como Lucrecia Martell, autora de La ciénaga; Adrián Caetano, de Bolivia, o La libertad, de uno que llaman El Panza. Es una película originalísima, que cuenta 24 horas de la vida de un un leñador en la Pampa...

P. Parece especializada en rodearse de nuevos talentos. En Una noche con Sabrina Love comparte cartel con la revelación Tomás Fonzi; en Vidas privadas con Gael Carcía Bernal...

R. Mi papel de Sabrina es episódico, la bisagra del viaje iniciático que hace Tomás. Es su primera película y está maravilloso. Viene de la tele, y ahora está haciendo La tempestad con Lluís Pasqual en teatro. Gael es formidable, nos hemos hecho muy amigos en Vidas privadas, ha sido un rodaje tan intenso que hemos acabado todos enamorados... Alterio, Chunchuna Villafañe, Dolores Fonzi, Carola Reyna, Norma Aleandro...

P. ¿Y cómo ve la película? ¿Roth o Páez?

R. Como tenía al director en casa, he visto mucho material antes de montar, cosa que no suelo hacer. Estamos muy contentos. Es muy Páez, más que Roth.

P. La de Agresti parece una lección de porteñismo. Hay ratos que no se entiende nada.

R. Sí, pero enseña muy bien cómo son los barrios y los personajes decadentes y encantadores a la vez del Buenos Aires de hoy. Mucha tanguería, mucha bailanta, la cumbia arrasando... Son fenómenos muy porteños, el esperpento de esa ciudad decadente y rara, atractiva y dura...

P. ¿Y cómo ve desde dentro su carrera? ¿Se siente a gusto?

R. Tengo suerte, elijo papeles que siento que puedo hacer naturalmente, en los que puedo involucrarme. Agradezco mucho el privilegio de recibir guiones que coinciden con mi vida, con mi edad, con mis dudas, con las preguntas nuevas que te vas haciendo y no llegas a responder... Ahora me apetece mucho hacer una comedia. No sé cómo tengo tanta tendencia al drama. Me preocupa eso, porque yo en la vida soy muy poco tanguera, siempre voy p'alante, p'alante, p'alante.

P. ¿Cómo va la vida en pareja?

R. Bueno, llevamos ya 10 años juntos y cuando empezamos nadie daba un duro. Va muy intensa, somos los dos así, y está bien porque aún nos sorprendemos.

P. Supongo que se ha psicoanalizado bastante...

R. ¡Pero claro, soy argentina! Es como preguntarme si he ido al colegio. La primera vez fue a los 17 años. La segunda, al venir a España, con veintipico: un lacaniano argentino. Ahora suelo ir cada cierto tiempo, a hacerme un service y lubricarme el cerebro. Pero el mejor psicoanálisis son los hijos. Con ellos, por primera vez, sabes qué carajo estás haciendo aquí.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 22 de junio de 2001