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COLUMNA

La pintura y la carne

El Museo de Bellas Artes de Bilbao da un sonado espaldarazo al pintor Antonio Saura. Con motivo de presentar su cuadro Las tres gracias -obra adquirida a través de una dación del BBBV a la Diputación de Vizcaya-, se ha montado una exposición bajo el título Pintura al desnudo en la que intervienen artistas de primer orden, tales como Picasso, Dubuffet, De Kooning y Francis Bacon, junto a la citada obra de Saura y siete más suyas. Además, al mismo tiempo, se muestran en otra sala situada en el piso superior 37 obras sobre papel en torno a las técnicas de óleo, rotulador, tinta china y collages, que el artista aragonés realizó entre los años 1956 y 1984.

El acontecimiento plástico resultante es un tanto desigual. Mientras abundan las obras esplendorosas, una de ellas es bastante decepcionante. Si el esplendor viene dado por Willem de Kooning y, muy especialmente, por Francis Bacon, la decepción se llama Mujer sentada con las manos cruzadas, que firmara Picasso en 1967. En esa obra se nos figura que Picasso la esbozó para seguir trabajando en ella, y por no se sabe qué motivos alguien se la llevó sin su permiso. Con toda seguridad esta es una hipótesis ficticia, promovida en primer lugar por la evidente falta de calidad de la propia obra, y en segundo lugar por la admiración que guardamos sobre el más potente, rotundo y notable de los artistas del siglo XX. Hablamos de alguien que gestó una obra portentosa, por cualquier lado que se le mire, como es Las señoritas de Avignon, allá por 1907. No existe un ápice de atrabiliaria gratuidad traer a colación esta obra. Todo lo contrario, es de todo punto oportuno, puesto que estamos ante una muestra de pintura al desnudo y/o pintura de desnudos. Por otra parte, ¿qué sería de Francis Bacon y tantos otros sin los caminos abiertos que dejan esas pirujillas de Avignon?

Curiosamente, quien suscita el mayor grado de admiración en la presente muestra es Francis Bacon. Todo lo que tenemos delante posee alta calidad plástica. En el descomunal tríptico, Tres estudios para una Crucifixión -la pieza reina de la exposición-, el mensaje pictórico se alza majestuoso, apocalíptico, gratificadamente sobrecogedor. En una de las obras de pequeño formato, Tres estudios de Henrietta Moraes, exhibe una atracción desasosegante su manera de expresarse ante el modelo. Al mentar la obra de este artista debe aludirse a lo que llamaríamos desfiguración, y traducirlo como el modo de revelar el mundo del sujeto en el objeto. Bacon contempla nuestra época y la pinta, acusándonos a todos a través de sus pinceladas. Unas palabras suyas explican su postura ante la propia obra: 'No existe tensión en un cuadro si no existe lucha con el objeto'.

Tmbién merece buen nota la aportación de Willem de Kooning. Por encima de todo su obra Mujer V, fechada en 1952-1953. En este cuadro encontraremos al mejor De Kooning, además de haber conseguido convertir a esa mujer en símbolo de su más personal y definitivo icono.

Al mencionar a De Kooning cabe introducir algunos rasgos comparativos con Saura. Si Saura busca el choque y lo inmediato, de Kooning trata de alcanzar eso y algo más, como son las relaciones entre colores y grafías de cada obra. En tanto Saura insiste en situar a las figuras de modo destacado por encima de los fondos, para de Kooning el cuadro es un todo; quiere decirse que no hay fondo, porque el cuadro entero es un continuo, con excepción de la obra Mujer, de 1966. Lo que en de Kooning es trazo grotesco y agresivo, en Saura se torna en tortuoso dramatismo.

La aportación de Dubuffet, aún siendo excelente, queda en cierto modo bastante desapercibida. Él es un artista al que podíamos tildar de artista-isla, que camina mejor solo que en manada.

Mas reconciliémonos con Picasso, y disfrutemos con la hondura del óleo sobre lienzo, Mujeres arreglándose, de 1956.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 18 de junio de 2001