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Sonidos con pasaportes muy diversos

Como en una torre de Babel en la que la diferencia es la normalidad, la primera jornada diurna del Sónar 2001 arrancó con pasaportes muy diversos en los bolsillos de los artistas participantes. El desembarco de representantes de escena tan poco conocidas como la mexicana o la chilena se erigieron en protagonistas tanto del Village como del Lab, los primeros escenarios en abrir la programación. Empero, el pistoletazo de salida lo dio El Chavo, un disc jockey catalán que comenzó su sesión en el Village a base de hip-hop y downtempo para acabarla con los Eurythmics, previo paso por sonidos latinos. Paralelamente, el austriaco Hecker demostraba que el desapasionamiento gestual está en boga, pues sentado en el suelo hacía brotar de su portátil una suerte de sonidos que al lego bien podrían hacerle pensar que en el escenario Lab todavía se ultimaban faenas de montaje.

En ese mismo escenario, ya a primera hora de la tarde, Hidrogesse repasaban no sin ironía y sentido del humor el pop más desquiciado y eléctrico servido por las máquinas. Fueron precisamente éstas las que provocaron los primeros sustos de Sónar. Un conector de zip llegado del otro lado del océano en el equipaje de los chilenos Marciano retrasó lo indecible su actuación debido a algo que quizá algún día se llame jet lag del zip. Y ya entrados en materia de exotismos, se esperaba que los mexicanos del colectivo Nortec reflejasen su origen en la música que iban a ofrecer. Nada más lejos de la realidad. Abrió plaza Bostich, quien sólo ocasionalmente introdujo lo que parecían muestras de una sección de metal mariachi entre su tecno y house. Los sonidos de pulso sensual protagonizaron una sesión que ya con Fussible derivó hacia los sonidos gélidos de raigambre Warp para luego acercarse al tecno más percusivo.

En el vestíbulo, el exotismo se tiñó de zapatismo con la actuación de los norteamericanos de origen hispano Ultra-Red, que organizaron un mitin tecnológico con cuatro enmascarados tras una mesa repleta de tecnología. Los problemas entre los jornaleros mexicanos y la migra presidieron una actuación sin casi nada de música pero con mucha palabra y montaje videográfico. Y también fue mucha la gente que ya antes del inicio de la programación llenaba la Capella dels Àngels. Como demostración de que en Sónar se consume todo, este rincón resguardado a lo más experimental tenía tanta gente dentro como fuera haciendo cola. Sin duda fue un espacio que ya se antojó pequeño incluso antes de iniciarse la primera actuación. Y era sólo el primer día.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 15 de junio de 2001