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NECROLÓGICAS

En memoria de Jorge Contador

Ha fallecido un gran hombre: el doctor Jorge Contador Caballero. Jorge, como le llamábamos, ha fallecido aquí, en Madrid, en tierra de adopción.

Nació en Coquimbo, al norte de Chile, hijo de padre médico de la región. Desarrolló su trabajo de médico internista en Coquimbo, donde fue director del hospital, realizando siempre su labor de atención al enfermo con la entrega que fue su distinción, y como jefe de hospital desarrolló todos los programas que el Plan de Salud del Gobierno del también médico Salvador Allende inició en su Gobierno. Como exitoso médico, despertó grandes envidias y su hermosa casa en la bahía de Guayacán fue okupada por altos jefes del Ejército de Chile en el posgolpe inmediato. Desempeñó el cargo de director del Instituto Bacteriológico de Chile hasta el momento del golpe militar en 1973, abandonando su cómoda vida en el norte para asumir esta importante labor que significaba asegurar el abastecimiento de medicamentos en momentos de grave conjura. Ello le significó el exilio. Tras ocho meses en la Embajada de Costa Rica, logró salir del país. Llegó a Madrid en 1977, donde la clínica Ruber le contrató, venciendo prejuicios, y con una clara apuesta por sus valores. Allí ha trabajado hasta hace unos días.

A lo largo de estos años ha podido entregar lo mejor de sí a incontables familias españolas, a destacadas personalidades del mundo sociocultural español e incluso a altas personalidades del Gobierno. Estaba hecho para hacer el bien, para ayudar, para estar siempre en el lugar del otro, previendo sus necesidades, y todo ello silenciosamente, casi de incógnito, y siempre con su buen humor y alegría contagiosa.

Se ha ido tan discretamente como vivió, siempre sin querer molestar, tan discretamente, casi de puntillas. Sin embargo, sabemos que se ha perdido a un hombre cabal, a un ser humano excepcional. España tuvo la suerte de tenerlo entre los suyos y, desgraciadamente, Chile se lo perdió. Lo sentimos por Chile, que lo obligó a marchar, que lo alejó con prohibición expresa por más de 15 años, que lo obligó a enraizar en tierras europeas.

Su existencia nos hace tener fe en la especie humana, en saber que los hombres se mueven por ideales y con respeto del próximo, cosa de la que en esta hora tan llena de barbarie a veces podría dudarse.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 15 de junio de 2001