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COLUMNA

Exteriores

Ya con la invención de las líneas telefónicas internacionales, el cargo de ministro de Asuntos Exteriores perdió parte de su funcionalidad, aunque conservó el encanto de ser muy útil cuando los ministros hablaban de cosas ultraconfidenciales. Era entonces necesaria la transmisión oral, aunque las razones y sinrazones objetivas predeterminables abonaban la impresión de que viaje y contacto eran perfectamente prescindibles. Desde aquellos ingenuos tiempos del imperio asirio jamás, jamás se ha podido tener la evidencia de que el viaje de un ministro de Asuntos Exteriores haya impedido una guerra o facilitado cualquier acuerdo. A las condiciones objetivas y al teléfono, se suman ahora finísimos y ultimadores cacharros de comunicación, Internet mail incluido, y el sistema de espionaje de los satélites de información, especialmente de los norteamericanos.

¿Por qué y para qué sirven viajando los ministros de Asuntos Exteriores? Porque un ministro de Asuntos Exteriores español, por ejemplo, no justifica su identidad quedándose entre Pinto y Valdemoro, y para salir en fotografías con otros ministros de Asuntos Exteriores, generalmente dándose la mano y sonriendo, hasta a veces bailando cha cha chá como consiguiera la ya cesante ministra exteriorizable del presidente Clinton. Tanta innecesariedad comunicativa se agrava cuando por encima del ministro de Asuntos Exteriores se cierne la voluntad del jefe de Gobierno de no perderse un aquelarre de poder global donde leer discursitos que casi siempre son como caldo concentrado en cubitos, desleídos en el agua más incolora, inodora e insípida.

Es comprensible que en esta situación amargante, de vez en cuando los ministros de Asuntos Exteriores digan simplezas, no por ser simples, sino para dar la impresión de que son ministros y recolectan entrevistas a cuatro columnas, incluso un titular en primera página. Acosado por una cierta sensación de ministro invisible, el señor Piqué ha declarado que sin tener en cuenta ya el glorioso siglo XVI, España no había estado internacionalmente en una posición tan excelente como la ocupada desde 1997. Es evidente que el señor ministro desconoce que España en el siglo XIX participó en una expedición a la Cochinchina al mando del general Prim.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de junio de 2001