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COLUMNA

Imagen

La imagen y la proyección nacional e internacional de Valencia, su oferta cultural y de museos y su vocación turística, aspectos de los que tan orgullosos se muestran nuestros munícipes y en los que tanto hincapié hacen éstos a la hora de vender su gestión, saltan hechos añicos cuando se patea la ciudad, cuando se acerca uno a ella, cuando se adentra en sus intersticios y descubre su verdadera realidad. Una realidad que contrasta con toda esa propaganda que se hace, con todos esos publirreportajes laudatorios que se pagan en medios internacionales y con todo el autobombo al que nos tienen acostumbrados, que se convierten en esfuerzo inútil, cuando no contraproducente. Hagan ustedes la prueba. Para empezar, salgan de la ciudad y vuelvan a entrar, ya sea en coche o en tren. Mejor si lo hacen acompañados de alguien que no haya estado nunca aquí, que siempre verá más y mejor que los que ya estamos acostumbrados a lo que nos depara la ciudad. Se encontrarán con un paisaje desalentador, sembrado de escombreras y vertederos incontrolados, de cochambre y suciedad. Después, una vez en Valencia, intenten llegar a un punto determinado, ya sea a pie o en automóvil, guiándose únicamente por la señalización que encuentren. Seguramente se perderán. Para salir del aprieto, intenten encontrar una oficina de turismo o alguno de esos paneles en los que se venden planos de la ciudad, que no esté vacío, claro. Esfuerzo inútil. Acabarán ustedes en El Corte Inglés comprando un mapa. A continuación, una vez ubicados, pueden comenzar la visita guiada. Hallarán suciedad, ruido y desorden. Si les da por visitar monumentos, encontrarán escasa información acerca de los mismos. Y si se les ocurre acudir a algún museo, se encontrarán, salvo honrosas excepciones, con exposiciones de historia montadas a base de cartón piedra o con muestras pseudocientíficas propias de casetas de feria, eso sí, dentro de magníficos edificios proyectados por ilustres arquitectos y que han costado auténticas milmillonadas. En resumen, la impresión que el visitante se lleva de Valencia es la de una ciudad que está muy lejos de lo que nos venden los folletos, los reportajes y las campañas de imagen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 15 de mayo de 2001