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Reportaje:

Vasijas de sal y solera

Un almeriense patenta el proceso de envejecimiento de ánforas bajo el mar para su comercialización

La conservación y transporte de líquidos y granos, en otro tiempo, fue aparatosa y complicada; como lo fue la construcción misma de pirámides, templos, castillos o catedrales. Cualquier vestigio que aporte datos sobre la cruda supervivencia en el pasado ha emocionado a sus descubridores. Y de eso, los fondos marinos, albaceas de un esplendor milenario que duerme el sueño de siglos en sus profundidades, saben mucho. Entre bosques submarinos, algas y galeones, estrellas de mar y rocas semihuecas los hallazgos de vasijas de forma ovoide, con dos asas simétricas y cuello estrecho han confirmado que, efectivamente, la historia ha sido historia.

Las hay de todo tipo y civilizaciones: fechadas en los siglos IV y VI a. de C. y asociadas a la parte oriental del Mediterráneo, en el sur de Italia; las denominadas tipo corintio de Grecia, de los siglos VIII a VI a. de C., usadas para aceite; las tipo béticas, del sur de España, del siglo I a. de C., para transportar los salazones; o las de la costa adriática de Italia que eran rellenadas de vino.

Los restos vegetales y animales con los que el mar ha hecho suyas estas piezas en el transcurso de los siglos han añadido mucho de romanticismo, pelín contradictorio, hacia las piezas encontradas: su aspecto inicial no fue así pero gusta asociarlas con la erosión y huellas oceánicas.

Por esta razón, Carlos Abad, un almeriense de 40 años, ha patentado un proceso de envejecimiento de ánforas de mar con el que certifica a cada comprador que la pieza que adquiere ha sido elaborada en los fondos marinos junto al Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, en aguas de Carboneras. 'El aspecto final de cada ánfora, que es única y exclusiva, depende de las condiciones de la vida marina', apunta el empresario.

Las características de su vivero de ánforas, ubicado en las instalaciones de la Central Térmica de Carboneras, proporcionan una aceleración insólita del proceso de envejecimiento. Sus vasijas reposan en el fondo del puerto junto a cuatro enormes bombas que suman 1.100 megavatios y que absorben 140.000 metros cúbicos de agua a la hora para refrigerar los condensadores de la factoría. Él aprovecha sus sobras. 'Eso es una auténtica salvajada. Toda esa agua es filtrada de su materia orgánica viva. Yo recojo lo filtrado y lo poso en las ánforas con difusores', explica Abad.

Desde las 7.000 pesetas hasta las 70.000, y con tamaños que van desde los 30 centímetros de largo hasta más del metro, las posibilidades decorativas de los cántaros de barro se antojan infinitas y originales.

Un equipo de buzos profesionales, como Iñigo Cañizares, se encarga de 'vigilar' las ánforas en las profundidades y facilitar su proceso de envejecimiento. 'Hay que estar encima de manera constante. Hay que moverlas, cambiarlas de postura. Aunque luego sea la propia naturaleza la que pinte el cuadro, por así decir', apunta el buzo.

Mientras Ánforas de Mar, nombre comercial del proyecto, encuentra el distribuidor 'adecuado' a las necesidades de mimo y tratamiento de las piezas producidas, las 2.000 primeras piezas ya están listas para su venta acompañadas, cada una de ellas, de un certificado de autenticidad y un número de serie.

El proyecto empresarial ha obtenido el premio de iniciativas empresariales de interés local de la Diputación de Almería. Abad no oculta su satisfacción. 'Llevo tres años estudiando la temperatura del agua y a qué profundidad se forman mejores coralinas. Por eso he patentado el proceso desde los 0 hasta los 80 metros. Además, el lugar es estratégico, un puerto dentro de otro puerto. Para algo así hay que descartar la venta de puerta en puerta', arguye.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2001