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COLUMNA

Habichuelas

Hace unos días recibí carta de un amigo. Aparte de interesarse por mi madre, de la que no sé nada desde que se fue, hace casi tantos años como mi amigo, escribe que el mundo es un asco, y que le llame. Le llamé. Hablamos, y como debió enterarse de que mi madre ya no estaba con nosotros, preguntó por mi padre. Contesté que hacía más tiempo que no le veía. Siguió con los niños, y respiró, porque todos están bien, salvo la más pequeña, que se ha partido la tibia en plena feria de Sevilla.

Sin embargo, no decía nada sobre por qué el mundo es un asco, y le pregunté. Porque no nos importan los vecinos, contestó. Explícate, le dije. Contó que tenía un campito en El Ejido y otro en Rociana; que cuidaba que las habichuelas, las judías y las fresas fueran las más tiernas, las más verdes y las más caras. Guardé silencio porque no sé de habichuelas, lo que aprovechó para seguir en lo suyo. Habló de su esfuerzo y de la gente a la que daba de comer. Dijo que todas las mañanas iba a la playa y recogía magrebíes, que les daba un bocadillo y un sitio para que descansaran, aunque tuviera que sacar los cerdos. Añadió que los domingos, si iban a misa, les daba paga.

Sí, y que tiene que ver esto con tus vecinos. Pues mis vecinos no me hablan, porque no quieren que les facilite una casa y les pague, como si fueran como nosotros. Hacía tiempo que no hablábamos, y no le contesté. Echó en cara que no se entendiera, y que la libertad de expresión, en defensa de los derechos de las personas, pudiera perjudicar los precios y ventas.

Decidí dejar la conversación, sin explicarle que el capitalismo del siglo XIX no tenía cabida en el actual. Fue cuando volvió a preguntarme por mi madre. En esta ocasión, lo de la madre, iba por otro lado. Colgué el teléfono y, mientras preparaba de cena unas judías, leí la prensa. Una señora mayor decía que las fresas deberían subir de precio, sin necesidad de tirar diez millones de kilos y sin usar esclavos. Era la madre de aquel conocido. Al lado, otra noticia. Los obispos se quejan del elevado número de abortos que se practican en España. Me acosté sin cenar. Ya, cuando entraba el sueño, pensé que el problema no era de vecinos, ni de habichuelas, sino de valores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2001