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CARTAS AL DIRECTOR

135 muertos

Un total de 135 muertos en las carreteras en esta Semana Santa. Se dice pronto. La cifra casi nos deja fríos, una cifra más: 135 muertos. No puedo evitar preguntarme: ¿qué demonios pasa en esas carreteras? La vida me ha enseñado que ningún fenómeno complejo obedece a interpretaciones simplistas. El estudio de las causas de los accidentes de tráfico probablemente diga lo mismo: en parte el alcohol, en parte la velocidad, en parte el mal estado de la carretera, en parte el mal estado del vehículo y en otra parte imprevisible. Todos los años veo repetirse los mismos hechos y los mismos argumentos. Luego queda ese sordo sufrimiento, el de las viudas, el de los huérfanos o el de los que quedan con graves secuelas.

Recuerdo las campañas que, año tras año, nos dan los medios de comunicación: no corras, respeta las normas... A veces descarnadas, esas imágenes te traen a casa lo que pasa tras un accidente de circulación. Intentan hacerte reflexionar acerca de una realidad que desconoces. Pero no basta. Nadie cree que eso le vaya a pasar a él. Eso le pasa a los otros. Él conduce mejor que nadie (hasta con dos copas encima). Creo, cada vez más, que apelar a la buena voluntad y a la moderación no conduce a nada.

En primer lugar, sería interesante aprobar una norma que obligara a los fabricantes de automóviles a fijar la velocidad máxima de los vehículos que venden. Si no se cumple, no lo vendes. En segundo lugar, seamos realistas: sin miedo a las represalias, pocos van a intentar conducir mejor. Por ello, creo que necesitamos leyes de hierro que disuadan al posible transgresor de conducir rápido, de conducir bebido, de no llevar el casco en la moto, de no llevar puesto el cinturón de seguridad, etcétera. Multas pesadas o retiradas prolongadas del permiso de conducir. Algo que duela, que sea disuasorio. Y por supuesto, sería sumamente aconsejable la reflexión acerca del estado vial y pronta corrección de los puntos negros.

Creo que el asunto es tan importante que precisa una gran seriedad. Y seriedad no es seducir al posible transgresor, es disuadirlo mediante la aprobación y aplicación de medidas represivas. Llevamos tiempo intentando convencer. Ante las cifras que se nos presentan... ¿No ha llegado ya el momento de actuar más enérgicamente?-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 20 de abril de 2001