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Editorial:

Ensayo general

Si no es una guerra abierta, el desbocado enfrentamiento de los últimos días entre Israel y los palestinos comienza a parecerlo. No cabe entender de otra manera una confrontación donde los débiles utilizan su propio cuerpo, morteros o coches bomba, y los poderosos, sus helicópteros artillados, carros de combate o el asesinato selectivo de sospechosos. Con ser muy grave esta sangría en ascenso, es más alarmante la parálisis política de los dirigentes de ambos bandos y la aparente asunción de la comunidad internacional de que la situación en Oriente Próximo está abocada a una escalada militar.

Ariel Sharon, cuya Administración cumple ahora un mes, prometió a raíz de su elección en febrero que garantizaría la seguridad de los israelíes. Pero los hechos están desmintiendo contumazmente la escasa visión política de este halcón conservador. No contento con el bloqueo económico de los territorios palestinos y la actuación cada vez más desproporcionada de sus Fuerzas Armadas, el primer ministro israelí vuelve a utilizar como arma la política de asentamientos, de la que es partidario a ultranza.

Por primera vez desde su llegada al poder, Sharon acaba de autorizar la instalación de otras 700 familias judías en Cisjordania. La decisión, condenada por la Unión Europea y adoptada al día siguiente de que fracasara un encuentro con los palestinos para tratar de frenar la violencia, tiene tal potencial provocador que hasta la Casa Blanca -cuyo nuevo inquilino pretende asomarse al conflicto desde una discreta sombra diplomática- ha expresado su disgusto con un lenguaje mucho más directo de lo habitual. Unos 200.000 judíos habitan casi un centenar y medio de asentamientos dispersos en Cisjordania y Gaza entre más de tres millones de palestinos, una de las situaciones detonantes de esta segunda Intifada.

Entre los palestinos hay dudas fundadas sobre hasta qué punto Yasir Arafat controla la revuelta de los suyos, en su sexto mes. En el caso israelí comienza a estar claro el descubrimiento por Sharon de que no hay solución militar a la furia que azota la región. Israel puede tener un ejército formidable, pero es el ocupante de un territorio donde hay muchas personas dispuestas a dejarse la vida para hacer imposible la tranquilidad prometida por un hombre partidario de soluciones drásticas. Si Arafat debe utilizar la autoridad que le quede para detener el rosario de muertes palestinas -ellos han puesto la inmensa mayoría de las víctimas en estos meses-, es imprescindible que Sharon entienda que no se liquida con cañones y misiles la vejación compartida por tantos. Estados Unidos, sobre todo, y Europa pueden y deben hacer más de lo que están haciendo. Nada sería peor que la aceptación por palestinos e israelíes de que la paz quedará para otra generación de dirigentes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de abril de 2001