VISTO / OÍDOColumna
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Mal país

'Una noche mi marido sale a la calle con su escopeta y va a por ellos'. Por los maricones, como decía la criatura de 24 años que llamaba en la madrugada a la SER (programa de Fina Rodríguez). Ella, la muchacha casadita, haría cosas quizá peores con ellos. Había otras personas que llamaban con un discurso parecido, contra otros: los moros, los vascos, las putas, las lesbianas. Los periodistas, los otros programas, los de la televisión, el que acababa de hablar antes que ellos. 'Estoy alucinada', comienzan sus discursos. O 'la indignación me impide hablar bien'.

Éste es un mal país, como decía Cándido. Es una mala España, corrijo, porque luego nos reprochan cuando no damos el nombre de la madre dura y decimos 'país'. 'Este país', decía Larra, uno de los más antiguos desesperados de esta profesión (ahora hay menos: desde que ganó el PP y se pasaron a él, los cronistas están mucho más tranquilos. Comen, juegan, aman, son premiados y ensalzados más que antes. Me alegro por ello. Es una mala profesión).

Otros confiesan sus pecados. Camioneros adictos al puticlub, y arrepentidos: más bien por sus almas que por sus esposas. Uno que recae en una enfermedad mental de su infancia: hace agujeros en los árboles, los suaviza con grasa de caballo y los, digamos, posee. A veces lo hace con un ladrillo. '¡Se la mete a los ladrillos!', dice la alucinada siguiente. Y otra: '¡Se tira a los árboles!'. Él explica que son olivos, y los olivos, si lo mira uno bien, tienen forma de mujer con los brazos abiertos. Comprendo que una mujer es un ser humano y, por lo tanto, puede ser peligrosa. Como él mismo dice, lo que quiere es que algún psiquiatra le aconseje. No lo soy: pero creo que debe ir al más próximo. No por los árboles o los ladrillos, sino porque se lesiona.

Me consuela de esa mala gente diciéndome que la mayoría española no es intolerante. No, claro. Éstos son unos que aguantan toda la madrugada para esperar lo que pueden odiar, con la mano puesta en el teléfono para llamar antes de que el confeso termine. Una premura: son los primeros que salen a la calle en una guerra civil. Los que tiran la primera piedra a la adúltera, diga lo que diga el Jesús que se atreva: la tiran contra él antes que contra nadie. Eso es lo malo: su laboriosidad, su paciencia para aguantar a que llegue el momento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 23 de marzo de 2001.

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