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HORAS GANADAS

La Historia Espectral del Arte

En la película dirigida por John Huston sobre el delicioso relato de Rudyard Kipling El hombre que quiso ser rey hay un momento mágico en el que, tras una avalancha de nieve, los dos aventureros que protagonizan la narración descubren una ciudad griega preservada entre las montañas de los tiempos de Alejandro. Siempre identifico esta escena con el asombro y placer de la primera mirada, o de la mirada recuperada, la del arqueólogo que halla por fin lo que buscó largo tiempo, la del explorador que confirma determinadas intuiciones, la del erudito que se encuentra con el libro perdido, la del científico que captura la forma en el microscopio.

Petrarca nos habla de la intensa emoción de recibir un supuesto manuscrito de Platón, y esa misma emoción con respecto a los fragmentos desvanecidos de la Poética de Aristóteles sirve a Umberto Eco para construir el núcleo de El nombre de la rosa. La poderosa sensación del descubrimiento abarca por igual al primer encuentro y al reencuentro: la primera visión de una tierra o una obra y el súbito, y con frecuencia azaroso, retorno de lo extraviado. Las páginas memorables de Schliemann, que creía excavar los tesoros de Troya, son equivalentes a las mejores descripciones de los cronistas de Indias.

Pero estos días la escena de la película me ha servido para trasladarme a un escenario distinto, marcado por la destrucción. En el mismo Afganistán de Kipling y Huston la ficción del reencuentro es sustituida por la realidad de la aniquilación: hay una simetría, en cierto modo, entre aquella sorpresa experimentada por los dos aventureros del relato ante la repentina aparición de la ciudad griega y nuestra propia sorpresa ante el destino de los Budas gigantes de Bamiyan. La primera mirada y las que tal vez son imágenes últimas de un lento exterminio.

Nos horroriza con razón la barbarie de los talibán, pero su fusilamiento de estatuas se agrega a una de las más sólidas tradiciones humanas, que hace de lo que ahora llamamos arte la pequeña punta de un enorme iceberg; sumergida en el olvido, o en vagas crónicas del pasado, subyace la descomunal montaña formada por las demoliciones y agresiones de todo tipo. Nuestro arte es un breve apéndice del arte que podríamos poseer de no haber mediado el fanatismo, la barbarie y el oportunismo.

Junto con lo que denominamos Historia del Arte me gusta imaginar una Historia Espectral del Arte, que en alguna medida sería la auténtica, pese a su imposibilidad material. En ella habría muchos capítulos que ahora no están en las enciclopedias: las obras soñadas pero no pensadas, las obras pensadas pero no realizadas, las obras realizadas pero perdidas. El tiempo desempeña un papel preponderante en esta Historia Espectral, aunque asimismo el espacio: imaginemos que podemos contemplar las pinturas negras de Goya en las claustrofóbicas estancias de la Quinta del Sordo y no en las tranquilizadoras y repletas salas del Prado o, en el vuelo de la fantasía, remontarnos a unos frisos del Partenón que están en la Acrópolis de Atenas y no en el rancio y colonialista British Museum.

La restauración de El juicio final de Miguel Ángel, que ha puesto de nuevo ante nuestros ojos los brillantes colores originales, ha servido para desmentir miles de páginas sobre el tenebrismo de la última etapa del artista. Pero lo cierto es que si queremos volver al orden de las formas y los colores, más allá de los trabajos del tiempo, también deberíamos volver a los espacios de origen: la gran mayoría de los museos sería desmantelada para devolver las obras de arte a su originalidad. La misma Capilla Sixtina tendría que ser diseccionada y expuesta en estratos para albergar las pinturas de grandes maestros que se cubrieron para pintar los frescos que vemos en la actualidad.

La Historia Espectral del Arte es, desde luego, casi infinita y exige avances y retrocesos en el tiempo, drásticos desplazamientos, exposición de intenciones, conjura de sueños, inventario de frustraciones. Hay, no obstante, un capítulo en ella, el de las destrucciones, que ocupa una extensión colosal. Hemos destruido con idéntica furia con la que hemos construido. Tenemos restos de arte: lo que queda tras la acción de las guerras, las religiones, los colonialismos, los fanatismos, las ambiciones, las ignorancias y, como siempre, las codicias.

Ahora los talibán son los protagonistas del capítulo más macabro de la Historia Espectral. Son casi ejemplares puros de lo que consideramos barbarie: el fundamentalismo religioso al servicio de la destrucción del arte. Pero lo que consideramos civilización ha admitido frecuentemente esa misma barbarie, a veces de una manera tan natural que hoy día sigue ignorándose la condición bárbara de las acciones cometidas. El arte se convierte en mera idolatría cuando se habla desde la verdad religiosa.

Los talibán quieren destruir las descomunales estatuas budistas porque son ídolos, según su interpretación de la doctrina islámica. Su violencia exaltada ha caricaturizado hasta tal extremo esta doctrina que apenas podemos juzgarlos si no es como creyentes perfectos, aquéllos que sólo creen sin necesidad de pensar. Pero el derribo de los ídolos -es decir, para nuestros ojos actuales, arte- ha sido una actividad favorita de toda fe religiosa o civilizatoria.

Los misioneros europeos del siglo XIX destruían entusiásticamente aquellos ídolos africanos que ahora, como arte, figuran en los museos occidentales. Apenas podemos tener una pálida idea de lo que debió de ser el arte que hoy denominamos precolombino antes del furor antiidolátrico de los conquistadores españoles, como muy bien cuenta Bernal Díaz del Castillo. ¿Y qué debería ser, si no, lo que ahora consideraríamos una pieza de museo, aquel Becerro de Oro que, como ídolo, los fanáticos protagonistas de la Biblia destruyeron tras la arenga monoteísta de Moisés?

La Historia Espectral del Arte está repleta de talibán empeñados en engrosar la parte sumergida del iceberg. Afortunadamente, también nos ofrece capítulos en los que, al igual que sucede en el relato de Kipling y la película de Huston, la maravilla se hace realidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de marzo de 2001