Reportaje:Jerusalen | CARTA DEL CORRESPONSAL

LA RUTA DE LA GUERRA

El conflicto palestino-israelí visto desde la carretera nacional 60. Para los ciudadanos, la aventura comienza cada día al intentar llegar al trabajo o al mercado.

El corazón del futuro Estado palestino es hoy una zanja. Las excavadoras israelíes están por todas partes. Donde no colocan bloques de cemento para cortar carreteras, mueven la tierra para construir nuevas vías que garanticen el paso de los colonos o ayudan a levantar más puestos de control militares. De esa manera dan a Cisjordania un aspecto a medio camino entre obra en construcción y campo de batalla. En ese contexto cambiante, los mapas son de poca utilidad. Cualquier excursión se convierte en una aventura.

La primera dificultad es elegir vehículo. De que la matrícula sea verde (palestina) o amarilla (israelí) puede depender el éxito de la escapada. En el primer caso, los problemas están garantizados. El bloqueo israelí a las ciudades autónomas palestinas y los aleatorios toques de queda harán que el viaje acabe en el primer puesto de control militar. Si se opta por un coche matriculado en Israel, los trámites serán más llevaderos, pero se corre el peligro de ser apedreado en zona palestina. Solución salomónica: un conductor palestino-israelí, capaz de hablar en hebreo con los soldados y en árabe con sus compatriotas.

Abed reúne ese requisito y le atrae el reto. Salimos hacia Hebrón. Antes de abandonar Jerusalén, una valla policial impide continuar por la carretera, que parece más recta en el mapa. Conduce a la tumba de Raquel, importante lugar de peregrinación para los judíos y escenario de enfrentamientos con los palestinos. Para evitar nuevos choques, el Gobierno ha optado por cortar los accesos. Un autobús, sólo para judíos, traslada a los peregrinos hasta el santuario.

'Tomaremos la ruta de los túneles', anuncia animoso Abed. Y a partir de ese momento, el viaje se convierte en una lección de geografía política. El intrincado día a día del conflicto palestino-israelí se aprecia desde esta nacional 60 en toda su profundidad. No hay manera humana de separar físicamente a las dos comunidades enfrentadas por esta tierra ancestral. Los asentamientos judíos, establecidos en contravención de las leyes internacionales en el territorio que Israel conquistó en la guerra de 1967, han duplicado como en un espejo los pueblos árabes existentes.

Gilo (pronunciado Yilo) refleja a Bet Yala. Incluso el nombre tiene el mismo origen. Sólo que donde el pueblo palestino tiene calles laberínticas y polvorientas, la colonia israelí es todo planificación urbana y limpieza de líneas. A los dos lados de un pequeño valle, los habitantes de las casas de 'primera línea' podrían saludarse desde las ventanas. En lugar de eso, llevan tres meses intercambiando provocaciones por piedras y bombardeos por disparos.

Pasado el cruce de Gilo-Bet Yala, la carretera entra en Belén, pero el bloqueo a que está sometida la ciudad hace aconsejable tomar una circunvalación. De vuelta a la nacional 60, volvemos a estar en zona C, es decir, bajo control israelí. Los autobuses que cubren esta ruta están blindados. A los lados, pueblos y asentamientos se suceden: Efrata y Gush Etsyon, Beit Fayar y Migdal Oz, y así hasta llegar al cruce de Hal Hul, casi a las puertas de Hebrón, donde los judíos veneran la tumba del patriarca Abraham y los musulmanes al profeta Ibrahim.

Los arcenes se han convertido en un improvisado terreno de aparcamiento. Decenas de taxis anaranjados esperan eventuales clientes, si es que alguno logra pasar el control militar. El cierre de las ciudades autónomas ha obligado a sus habitantes a hacer ejercicios malabares para llegar al trabajo, a la escuela o al mercado. A veces, sortean los controles por caminos de tierra que unen algunas aldeas con su capital. Otras, agotan su paciencia cambiando de vehículo en cada tramo.

Los 31 kilómetros que separan Hebrón de Jerusalén pueden transformarse en dos horas de viaje. Con el riesgo, eso sí, de que una patrulla les pare y les impida el paso. Durante el bloqueo, tienen prohibido viajar. En otra de las entradas a Hebrón, Abu Jalil espera que un vecino avise a su familia para que le traiga otras llaves de la furgoneta. Hace dos horas, los soldados iraelíes le encontraron escapando del cierre por un andurrial y se llevaron las suyas para inmovilizarle.

Abed opta por jugar a la ambigüedad una vez más. 'Vamos a entrar por Kiryat Arba', propone. Kiryat Arba es el más famoso de los cuatro grandes asentamientos que rodean Hebrón. Un shalom pronunciado con el acento preciso abre la verja con que estas colonias se protegen del entorno. Como en Gilo, las aceras están limpias; los parterres tienen flores, y las casas se alinean impecables. Al salir, un pequeño puente, y, a tiro de piedra, el oeste de Hebrón.

Las calles están extrañamente desiertas. Un puesto militar rodeado de plásticos hace más patética la estampa. La zona del mercado se ha convertido en campo de batalla. Un soldado apunta su rifle al otro lado de la calle, donde unos chavales corren tras haber tirado piedras. Los observadores internacionales (TIPH) miran desde lejos. Alto. Esta mañana se ha decretado el toque de queda sobre la ciudad vieja, donde viven 400 colonos judíos. 'Si pasan, corren el riesgo de no poder salir'. El soldado es amable pero firme. La excursión ha terminado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0013, 13 de enero de 2001.