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Editorial:

La Niza posible

Niza ha sido una cumbre donde ha primado la aritmética de los Estados sobre la ambición europeísta. El Consejo más largo en casi medio siglo de integración ha desembocado en un acuerdo positivo, pero paradójico: las reformas derriban un obstáculo central para que arranque en unos años la ampliación al Este, pero dificultan al máximo la toma de decisiones en esa Unión ampliada. Con el nuevo sistema de votación, todos, salvo Alemania, pierden cuota de poder, lo que resulta lógico en la perspectiva de una Europa ampliada. España sale razonablemente bien parada -aunque no tanto como pretenden Aznar y sus voceros- en medio de una negociación sumamente compleja, en la que ha habido que solventar muchas disputas vecinales. La Comisión Europea, cuyo presidente, Romano Prodi, fue ninguneado en Niza, queda devaluada y a la vez elefantizada: llegará a tener hasta 26 comisarios, cuando hace tres años, en el Tratado de Amsterdam, se fijó un límite de 20. El Parlamento Europeo crece hasta 732 diputados, una cifra excesiva para su buen funcionamiento. Los mandatarios de los Quince han primado los apaños sobre un nuevo diseño institucional. El Tratado de Niza es una etapa importante, pero requerirá otras, pues el cambio cuantitavo en una Unión que empezó con seis miembros y puede llegar a 27 en esta próxima etapa requiere un salto cualitativo.

En contra del criterio de mayor eficacia por el que se convocó esta reforma, demasiadas áreas importantes de integración quedan bajo el régimen del veto, al tiempo que se eleva el umbral de la mayoría cualificada y se crean tres tipos de bloqueo: por votos, por población o por la mitad más uno de los Estados. En la subasta final de esta reunión mal preparada, Jacques Chirac jugó a la baja. Y así siguen bajo el veto las negociaciones comerciales sobre productos culturales (como quería Francia), las grandes decisiones sobre las cuentas de la UE hasta 2007 (lo que permite a España defender una eliminación suave del fondo de cohesión a partir de 2006), aspectos importantes de las fronteras externas (debido al problema de Gibraltar) y buena parte de los asuntos sociales y la fiscalidad (como exigía Londres). Europa avanza poco a poco, y estas cuestiones tocan al corazón de las soberanías y cuentas nacionales.

Niza ha abierto la puerta a la geometría variable. Salvo en materia de defensa, no habrá posibilidad de veto si un número suficiente de Estados, ocho, quiere avanzar más en su integración, sin esperar a los más lentos o reticentes. Pero en Niza no había excesivas ganas de integración. La Declaración de Derechos Fundamentales ha quedado, de momento, sin valor jurídico alguno. Y un avance importante como la creación de las instituciones oficiales para la política común de defensa ha sido oscurecido porque Blair, apretado por los euroescépticos en su país, no quería airearlo.

En Niza han recuperado terreno los Estados más poblados, que habían ido perdiendo peso al ampliarse la UE de seis a 15, aunque han tenido que ceder su segundo comisario a partir de 2005. El ganador ha sido Alemania, lo que puede reactivar un nuevo y difícil debate en Francia y en otros países sobre el poder de Berlín en esta nueva Unión Europea. Con el criterio demográfico añadido -en las decisiones del Consejo no se adoptará ninguna en contra de Estados que representen un 38% de la población-, Alemania logra una influencia sin igual y un amplio margen de maniobra, pues será el único país con capacidad de bloqueo junto a otros dos grandes. Pese al empate formal en votos, la paridad con Francia, tan arduamente defendida por el inconstante Chirac, ha quedado hecha añicos. Alemania ha logrado cobrar un peso institucional mayor que los demás; se avanza hacia la ampliación que le interesa, y se convoca una conferencia en 2004 para, entre otras cuestiones, revisar el reparto de competencias entre la Unión y los Estados, tal como exigen los länder alemanes, temerosos de que la integración europea desvirtúe el federalismo germano. Un debate nada ajeno a nuestro país.

España sale con una posición satisfactoria, pero no con la grandeur con que soñó Aznar. En votos se ha acercado más que ningún otro a los grandes (27 frente a 29). Pero en capacidad de bloqueo, incluso en la UE de Quince, pierde respecto a su margen actual: no bastará que se una a dos grandes, como era la pretensión de Aznar. Incluso el frente mediterráneo (Portugal, Italia, Grecia y España) ha perdido su capacidad de bloqueo. En esta UE que sale de Niza, la batuta la llevarán Alemania, Francia, el Reino Unido y, si acaso, Italia. España requerirá algo más que votos para volver a participar en este grupo director en el que ya estaba. Necesitará un proyecto europeo, del que lamentablemente carecen los 15 Gobiernos de la UE. Construirlo es ahora la tarea de todos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de diciembre de 2000