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Tribuna:EL FUTURO DEL PAÍS VASCO
Tribuna
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Un monólogo incomprensible

El autor sospecha que la apuesta del PP es la de crecer electoralmente en el País Vasco, no conseguir un Gobierno que pueda enfrentarse en serio a la violencia.

La manifestación con motivo del asesinato de Ernest Lluch enfrentó al Gobierno con la inquietante posibilidad de que su política respecto al PNV no fuera ya bien aceptada por la opinión pública. La simpatía con la que fue recibida la llamada de Gemma Nierga al diálogo desconcertó a los dirigentes del PP, e indudablemente disgustó al presidente Aznar, hasta el punto de que sus medios de información denunciaron inmediatamente una conjura socialista para manipular la manifestación. Sin embargo, el Gobierno ha cambiado en pocos días su estrategia, haciendo una llamada al diálogo a José Luis Rodríguez Zapatero -cuya oferta de un pacto antiterrorista habían ignorado hasta ese momento, despreciándola en términos innecesariamente deni-gratorios-, y han terminado por llegar a un acuerdo formal con el PSOE frente al terrorismo.Todo esto suena a un punto de nerviosismo. Los dirigentes del PP podrían haberse consolado ante los sucesos de Barcelona pensando que la proclividad al diálogo es un vicio específicamente catalán, pero quizá tienen información adicional que apunta en otra dirección. El caso es que ahora pretenden mantener su línea de aislamiento del PNV pero recuperar la iniciativa. Puede que no sea tan fácil, a fin de cuentas, que los ciudadanos acepten que el PNV, socio del gobierno durante su primera legislatura, tenga que ser relegado a las tinieblas exteriores. Para entender el planteamiento del PP, en efecto, cabe pensar que se origina en una actitud ética, en una apuesta seria por la normalización del País Vasco, o en un simple cálculo electoral. Y la primera posibilidad se compadece mal con el dontancredismo mostrado por el Gobierno mientras el PNV comenzaba su deriva hacia Lizarra.

¿Qué hay de la segunda posibilidad? El razonamiento del PP es que el PNV tiene que resolver sus ambigüedades y romper claramente con Lizarra. Como todos sabemos, esa ruptura significa la salida de Arzalluz y su grupo de la dirección del PNV, algo que en buena medida depende del propio Arzalluz, y lo menos que se puede decir es que él no parece dispuesto, dentro del previsible razonamiento de que las críticas que recibe son en realidad el eje de una ofensiva contra el nacionalismo. Por tanto, mientras Arzalluz se siga negando a autoinmolarse el PNV está bloqueado, con Ibarretxe tratando desesperadamente de lanzar señales para el entendimiento con las fuerzas democráticas y Arzalluz dedicado a reventarlas, con su siempre asombrosa retórica, como si fueran pompas de jabón. Resulta por lo menos discutible que el aislamiento del PNV pueda contribuir a resolver esta situación: más bien tiende a prolongarla.

Pero supongamos que ésta fuera la mejor vía para que el conjunto del PNV se decantara por el bando constitucional: la cuestión es saber hasta cuándo se puede mantener esta línea. El problema no es que las encuestas prevean que tras unas nuevas elecciones nos vamos a encontrar con un mapa electoral muy similar al actual, sino que es difícil imaginar unos resultados que permitieran la formación de un Gobierno en el País Vasco que representara mucho más que la mitad de la población en tanto se mantenga el cordón sanitario en torno al PNV. En el peor de los casos, además, ese Gobierno seguiría dependiendo de la actitud de HB, pero, aunque no fuera así, un Gobierno no nacionalista, con el 51% de los votos, no sería necesariamente la mejor solución para la actual división del País Vasco en dos comunidades.

Estas cosas son siempre discutibles, pero, a menos que inesperadamente cambie mucho el mapa electoral, parece que la única salida verosímil y positiva sería un Gobierno de concentración: si el PNV se negara a participar en un Gobierno con un lehendakari no nacionalista seguramente se agudizaría el malestar en su seno, y puede que la crisis subsiguiente se llevara por delante a Arzalluz y los suyos. Pero la negativa de Aznar a hablar con Ibarretxe o a tomar en serio sus ofertas le da argumentos a Arzalluz y hace más difícil cualquier acuerdo poselectoral. Por tanto, la estrategia del PP no apunta a hacer posible la gobernabilidad y el restableci-miento de la legalidad constitucional tras las elecciones, sino a agudizar las contradicciones en el seno del PNV aunque el precio a pagar por la sociedad vasca sea mayor.

Este tipo de consideraciones llevan a sospechar que la apuesta de fondo del PP es la de crecer electoralmente en el País Vasco, no conseguir un Gobierno democrático que pueda enfrentarse en serio a la violencia, y pueden explicar también su nerviosismo ante la manifestación de Barcelona. Pues se podría dar el caso de que su estrategia no les rindiera excesivas ganancias en Euskadi y comenzara a erosionar su imagen ante la opinión pública, sobre todo en un momento en que la coyuntura económica muestra tintes adversos. De aquí la aceptación del pacto propuesto por el PSOE, y también el dejar abierta la puerta al PNV para que se incorpore al pacto antiterrorista si rompe con los acuerdos de Lizarra.

El problema de fondo lo ha señalado Rodríguez Zapatero al decir que el Gobierno confunde el diálogo con un interminable monólogo. A eso conduce el exceso de medios de comunicación favorables: a perder de vista la posibilidad de que haya opiniones no convencidas de antema-no, gente que desearía ver en el Gobierno alguna capacidad de modificar sus actitudes y puntos de vista. El monólogo obsesivo del Gobierno puede ser una buena estrategia en una campaña electoral, pero la mayor parte de los españoles, especialmente fuera del País Vasco, no piensan sólo en términos electorales, y no podían entender que frente a la acción del terrorismo el Gobierno sólo viniera ofreciendo condenas y rechazo al PNV. Ahora, tras el pacto, si los dirigentes del PNV se enrocan los costes recaerán de nuevo sobre ellos, pero tras las elecciones -o si éstas se posponen- el problema se planteará de nuevo.

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Ludolfo Paramio es profesor de investigación en la Unidad de Políticas Comparadas del CSIC.

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