_
_
_
_
_
Tribuna:
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

El visitante

Los aficionados al arte recuerdan la exposición dedicada a Velázquez en el Museo del Prado que se convirtió en un auténtico fenómeno de masas. Kilométricas colas con sillas de tijera, aglomeraciones, reventa de entradas, reedición del catálogo. Lo paradójico de la cuestión es que el grueso de la exposición lo constituían los propios fondos del museo más algunas piezas sueltas traídas de Gran Bretaña y Estados Unidos. No obstante, la gente acudía desbocada y en tropel como si el propio Velázquez estuviera, pincel en mano, dando unos retoques últimos a Las Meninas. Cuando se clausuró la exposición, y a pesar de que la columna vertebral de los fondos permanecía y permanece en el mismo sitio, la gente desapareció y los japoneses recobraron su abundante presencia. El recuerdo de este expresivo fenómeno de papanatismo cultural me ha sobrevolado en la cabeza este verano a propósito de diferentes ocasiones. La primera, cuando visité a finales de julio la exposición sobre Sorolla y Benlliure que se exhibía en el Museo del Siglo XIX de Valencia. A pesar del fervor sorollista de nuestra ciudad, fervor que alcanzó cotas multitudinarias en la exposición dedicada a Sorolla en el IVAM, y a pesar de los destacados y abundantes fondos que componían la muestra, la visité exclusivamente acompañado por los guardias jurados que la custodiaban. La segunda ocasión surgió en las salas de la "exposición del verano" francés, el Picasso Sculpteur del Centro Pompidou en el horario nocturno de los jueves. Inmensa cola para entrar y abarrotada de un público chic, principalmente francés, que había convertido la cita en objeto de culto, cuando la casi totalidad de las piezas se exhiben permanentemente en el cercano Museo Picasso, poblado de nuevo por japoneses y lugar menos chic en el agosto parisino.Cuantificar el número y analizar los intereses que llevan a las personas a los museos requiere cierto cuidado. Así, la exposición que comparta cartel con la de El arte de la motocicleta que se exhibió en el Guggenheim bilbaíno puede convertirse fácilmente en una de la más visitadas del año. Un desembarco semejante acontecerá cuando esta primavera se inaugure en el mismo museo la exposición dedicada a Giorgio Armani que se abrió el pasado 20 de octubre en la sede del museo de la Quinta Avenida. El fenómeno no es nuevo y el vecino Metropolitan ya ha dedicado muestras a varios modistos, como Versace o Yves Saint-Laurent. Resulta obvio que la moda forma parte del universo creativo y que todos los grandes museos de arte tienen departamentos dedicados a la moda. Pero estas exposiciones están más próximas a la campaña publicitaria o al homenaje pagado que al tratamiento objetivo, distante y riguroso que se espera de un centro dedicado a la investigación y difusión del arte. Y buena prueba de ello son los quince millones de dólares que el afamado sastre italiano va a donar al museo neoyorquino.

La alianza de museos ansiosos de reventar la taquilla y empresas deseosas de perfumarse con el glamour cultural puede crear un cóctel engañoso que nada tiene que ver con el auténtico mecenazgo regido por el valor de las cosas y no por las listas de audiencia. El visitante o consumidor cultural nunca responde a un patrón único y por ello es difícil de retratar. En muchos casos las visitas a instituciones culturales forman parte de una especie de ritual que sirve para amortizar la estancia en una ciudad. Y puede darse el caso de intento de amortización máxima: el ritual cobra entonces tintes masoquistas y quienes lo practican aparecen por las salas de los museos a trote rápido, mirando desencajados de lado a lado, y con un aspecto más próximo al de un atleta del maratón de los Faraones que al de un turista cultural. Por el contrario, resulta poco habitual la persona que se desplaza a una ciudad para visitar una exposición, la visita tranquilamente un par de veces, o tres, compra y lee el catálogo, y de paso y si sobra tiempo, y si apetece, hace otras cosas. Mientras que socialmente resulta aceptado, e incluso vanagloriado, viajar centenares de kilómetros para ver un partido de fútbol, hacer lo mismo para visitar una exposición resulta, si no incomprensible, sí un acto sospechoso a mitad de camino entre lo esnob y lo paranoico. En las estadísticas que tan ávidamente manejan las instituciones, tanto el turista de la turbo-visita como este segundo que selecciona y busca con cierto criterio son un mismo número que se suman uno junto a otro. Evidentemente no son lo mismo. Por ello resulta triste e injusto valorar determinados aspectos de las políticas culturales a la luz de criterios exclusivamente cuantitativos. Bien es cierto que tanto los escolares, los turistas, el indignado del "eso lo hace mi hijo de cinco años", los japoneses y los visitantes ocasionales de los museos son ciudadanos con los mismos derechos culturales que el resto, pero el criterio de la cantidad no debe ser el único y no siempre tiene que coincidir con el de la calidad. Extraordinarias exposiciones son masivamente visitadas y extraordinarias exposiciones son minoritariamente visitadas. Lo que conviene es no prestarse a engaños: aproximar a las personas a los museos y despertar la sensibilidad por el arte son tareas silenciosas de larga incubación que no dependen de operaciones de mercadotecnia especial ni pasan por vulgarizar la difusión del arte. Los atajos en materia cultural tienen un precio muy alto: el de la banalización. Los museos, y especialmente los públicos, deben resistir la tentación de caer bajo el monopolio aculturizante de las audiencias y el mercadeo cultural, tal y como sucede de manera masiva en la televisión y de manera creciente en otros ámbitos, como el de la literatura basura, acertadamente denominada no-literatura a propósito del famoso y reciente plagio. En cultura las minorías también son importantes. Por esta razón Stephen King no es mejor literato que Eugenio Montale, a pesar de que el primero gana 11.700 millones al año de sus ventas entre sus incontables lectores, mientras que el segundo goza del exquisito olvido de los muchos y el fervor inconsolable de unos pocos.

Manuel Menéndez Alzamora es profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas de la Universidad Cardenal Herrera-CEU.

Lo que más afecta es lo que sucede más cerca. Para no perderte nada, suscríbete.
Suscríbete

Regístrate gratis para seguir leyendo

Si tienes cuenta en EL PAÍS, puedes utilizarla para identificarte
_

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_