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Tribuna:

Demócratas a la greña

Las discrepancias surgidas la semana pasada entre el PP y el PSOE a causa de la manifestación convocada por el lehendakari Ibarretxe en Bilbao bajo el lema Paz. ETA no traslucen sus divergencias estratégicas de fondo y hacen temer que la unidad de los constitucionalistas en el País Vasco -imprescindible para defender la democracia y las libertades- sea sometida a duras pruebas en el futuro. Los motivos de las asociaciones de víctimas del terrorismo y de los movimientos ciudadanos contra la violencia para no secundar oficialmente la convocatoria del lehendakari y dejar en libertad a sus miembros para acudir a título personal son tan comprensibles como legítimas: el Gobierno de Vitoria y el PNV habían boicoteado vergonzosamente la concentración de San Sebastián convocada por ¡Basta ya! en defensa de las instituciones del Estado de derecho. Pero los partidos se mueven por una lógica distinta y asumen otro tipo de responsabilidades; sin llegar a ser una condición suficiente, la unidad de las fuerzas democráticas es una condición necesaria para derrotar a ETA y cegar las condiciones de reproducción social del terrorismo. El fruto de la discordia entre el PP y el PSOE es su percepción diferente del eventual cambio de rumbo del PNV: esto es, el definitivo abandono del callejón sin salida soberanista del pacto de Estella y el correlativo regreso al marco institucional autonómico del Estatuto de Gernika. Los populares creen imposible o altamente improbable ese viraje y lo condicionarían -en todo caso- a la confesión pública por los pecadores de sus errores; los socialistas, por el contrario, aprecian claras señales de la puesta en marcha de ese proceso y tratan de acelerarlo mediante un diálogo con el PNV compatible con las críticas radicales a los planteamientos independentistas de Estella. Mientras el PP descarta de plano los acuerdos con el PNV tras las próximas elecciones autonómicas y apuesta exclusivamente por un Gobierno de coalición con los socialistas hegemonizado por los populares, el PSOE se muestra partidario de fórmulas de democracia consociativa capaces de integrar a todos los defensores de las libertades, sean constitucionalistas o nacionalistas.

A diferencia de las preguntas del catecismo del Padre Ripalda, las interrogantes sobre la sinceridad, coherencia y continuidad de los proyectos del PNV exigen respuestas condicionadas y matizadas. Nada más irritante para los fanáticos, sobre todo si están impulsados por la furia del converso, que el desmentido de los hechos a sus diagnósticos y pronósticos. Sirva de ejemplo la furiosa arremetida contra el PSOE de la jauría mediática gubernamental, que no sólo acusó a los socialistas vascos de traicionar a las víctimas por acudir a la manifestación de Bilbao, sino que profetizó la desleal utilización por el PNV de la presencia de Zapatero y Redondo; sin embargo, los nacionalistas cumplieron el compromiso de no sesgar la convocatoria con lemas sectarios: la lectura del documento de cierre del acto corrió a cargo de la viuda de Juan Mari Jáuregui, gobernador socialista de Guipúzcoa (durante el último mandato de Felipe González) asesinado por ETA en julio pasado. La presencia anteyer -codo con codo- del vicepresidente Rajoy y del lehendakari en la manifestación unitaria organizada en Vitoria bajo el lema Por la libertad. ETA no para protestar contra el asesinato del funcionario de prisiones Máximo Casado debería servir de enseñanza a esos cruzados periodísticos de la mala fe más papistas que los Sumos Pontífices del Palacio de la Moncloa.

El pacto secreto del PNV con ETA durante el verano de 1998 y su posterior acuerdo en Estella con el brazo político de la banda son datos históricos irrebatibles que avergonzarán para siempre a los jelkides firmantes. Pero ahora se trata de saber si el fracasado entendimiento entre la organización terrorista y el partido que gobierna desde hace 20 años el País Vasco, administra casi 800.000 millones de recursos presupuestarios y controla a una policía formada por 7.300 hombres abrió una dinámica irreversible de imposible rectificación. Si fuese cierto que todos los vascos definidos por sus emociones y lealtades nacionalistas -casi la mitad de la población- están dispuestos a dar defintivamente la espalda a la convivencia democrática y a excluir de Euskadi a la otra mitad de los vascos constitucionalistas, desaparecería cualquier esperanza de paz: una perspectiva lo suficientemente terrible como para desear la reconciliación del PNV con los populares y los socialistas vascos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 25 de octubre de 2000