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Rugidos

Llegará un día en que terminará el terrorismo en España y se dispondrá entonces de un detallado examen que logrará, quizás, desmenuzar pieza a pieza su enfermedad, sus causas, el interior de su crueldad. Tiene que existir en algún lugar de los análisis -morales, sociales o políticos- y en algún momento del tiempo una explicación que haga inteligible a los seres humanos esta barbarie y ayude a los españoles, aun de manera inconsolable, a reintegrarse en el desarrollo de su propia historia. Porque ahora al sufrimiento de las muertes se añade el padecimiento de no entender. A la impotencia para combatirlas se añade la impotencia para remediarlas en su raíz. El terror es hoy el terror concreto, cotidiano, el miedo individual a ser asesinado pero también el terror formidable y general de lo ininteligible, la amenaza de una monstruosidad cercana y permanente que no se deja apresar por la razón y rechaza la más básica materia de la circunstancia humana.Si en España no se ha producido todavía un estallido social puede ser, de una parte, por la extraordinaria capacidad de aguante ciudadano, una adhesión casi heroica a las instituciones que ha inculcado el complejo proceso psicológico en el cambio de la dictadura a la democracia, pero también, si se soporta el terror, es por la imposibilidad de comprender el terrorismo como algo demasiado diferente a la ciega naturaleza de una catástrofe.

La exasperación por culpar a alguien, unos líderes o a un partido, del mal terrorista tiene el aspecto, en ocasiones, de una desesperada búsqueda de motivos para aliviar la ansiedad de la razón hambrienta de objetos comestibles. Como, a la vez, el fracaso de los terroristas es este segundo gran terror, éste que provoca la imposibilidad de hacerse comprender y que lleva a afrontarlos como alimañas, ni siquiera como salvajes instrumentos de lo político, ni como brutales estallidos de una aspiración nacional, sino sólo como bestias; incapaces de un diálogo, encajonadas en su fanatismo irracional; sordas al llanto, insensibles al valor de las vidas. Así, en plena era de la comunicación, este terrorismo, que se proclama todavía político, es tan sólo horror; no habla, sólo emite el sangriento rugido de las fieras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 22 de septiembre de 2000.

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