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Reportaje:LOS PROBLEMAS DE LOS INMIGRANTES

La batalla contra el tiempo del joven inmigrante

"Por la mañana trabajo y por la tarde puerto". Con esas palabras sintetiza Naim lo que fue su vida cotidiana cuando sólo tenía 14 años. A esa edad decidió cruzar el Estrecho para buscar un futuro en España. No le dijo nada a nadie, simplemente un día, como otro cualquiera, partió. No se despidió de ninguno de sus tres hermanos, ni de su madre y, menos aún, de su padre que en más de una ocasión, cuando su olfato paterno intuía que su hijo quería marcharse, le advirtió de los peligros y las frustraciones del viaje. La impaciencia y el deseo de una vida mejor pudieron con todos los temores: Naim viajó desde Tánger, su ciudad natal, hasta Ceuta y esperó su oportunidad.Cada día se ganaba algún dinero haciendo pequeños trabajillos por la mañana; cada tarde se vestía con sus mejores galas y ponía rumbo al puerto. Así durante seis meses, hasta que consiguió burlar la vigilancia policial de la frontera ceutí y subirse a un barco que se dirigía a Algeciras, su primer destino. "Una mujer me dejó que llevase su maleta y, como iba bien vestido, los policías creyeron que era su hijo y me dejaron pasar", explica sonrojado.

Hace cinco años que comenzó en España el boom de los menores extranjeros no acompañados, en su mayoría procedentes de países del Magreb. Andalucía, Madrid y Cataluña son las comunidades autónomas donde la incidencia de este problema es mayor y los responsables de las consejerías de Asuntos Sociales coinciden en señalar que las cifras de menores inmigrantes desamparados aumentan anualmente.

En la comunidad andaluza, que cuenta con 240 centros de protección de menores, el 10 % son inmigrantes. En 1999 ingresaron casi 2.000, pero en los tres primeros meses de este año ya se había acogido a 612, el doble que el año anterior. En Madrid el número de menores extranjeros es casi el 50% del total de los niños acogidos en los 22 centros que tiene la comunidad y desde 1996 ingresan cada año entre 700 y 1.000 chavales inmigrantes, en su mayoría chicos marroquíes, de entre 14 y 18 años. Sólo este año, Cataluña había acogido hasta junio a 400 menores inmigrantes en sus 114 residencias, lo que supone casi el 10% del total de plazas. Ante un caso de un menor desamparado la legislación establece, desde 1987, que la tutela debe ser asumida automáticamente por la comunidad autónoma en la que se encuentre el niño, en concreto por la institución u organismo encargado de la infancia.

¿Pero qué fue, entonces, de Naim? Pues bien, Naim llegó felizmente a Algeciras y aún se atrevió a pedirle a la mujer que había ejercido de madre durante el viaje que le pagara un billete hasta Valencia, donde tenía amigos y familiares.

Así llegó a Valencia y así llegó el desengaño, el segundo destino. Allí vio como su vida soñada se desmoronaba, allí se enfrentó a la quimera de un futuro que él mismo había inventado y a los duros trabajos del campo. Fue entonces cuando se acordó de su padre, de sus consejos, de sus advertencias y de sus besos. Le llamó, le dijo que estaba en España y que se encontraba bien, mientras se aferraba a sus compatriotas a quienes, cuando la situación fue insostenible, les pidió dinero para huir a Madrid, el tercer destino.

De nuevo se encontró con un amigo de su tierra que se apresuró a decirle: "Aquí no hay trabajo sin papeles, tú que puedes vete a un centro de menores y regulariza tu situación". No tuvo tiempo de pensarlo, la Policía lo detuvo mientras se disponía a coger un autobús hacia Barcelona. No tenía documentación y a duras penas hablaba español. Mintió respecto a su nombre, su edad, su procedencia y sobre todo aquello que le preguntaron. Hoy, con 17 años, asegura que lo hizo por miedo. Pensaba que de ese modo nunca podrían identificarle. "Todos mienten al principio por desconfianza. Casualmente, cuando se les pregunta, todos han nacido en el mismo año y en el mismo mes y todos han hecho el viaje en los bajos de un camión. Son los consejos que se dan unos a otros y que reproducen sistemáticamente", afirma Esperanza García, directora del Instituto Madrileño del Menor y la Familia (IMMF).

La Policía, siguiendo el procedimiento habitual, comprobó que Naim era menor de edad. Para ello le sometieron a una prueba médica que consiste en realizar una radiografía de la muñeca. El grado de desarrollo del hueso revela cuál puede ser la edad aproximada del joven, aunque no siempre es un método exacto. Aziz, un compañero de Naim que dice tener 16 años, cuenta cómo lo detuvo la Policía en Granada y lo devolvió a Marruecos, tras hacerle la radiografía y asegurar que era mayor de edad. "Unas veces aseguraban que tenía 15 años, otras 16, otras 17, otras 18...", dice riéndose. Cuando la Policía ratifica la minoría de edad conduce al joven al centro más próximo.

Así llegó Naim al centro de primera acogida de Hortaleza (Madrid), su cuarto destino. Para entonces ya tenía casi 16 años y llevaba año y medio de viaje. Tuvo que aprender las costumbres de otra cultura y asumir las normas, familiarizarse con el idioma y, lo más duro, tuvo que aprender a confiar en sus tutores y a luchar contra su impaciencia y su deseo de una vida autónoma que todavía tardaría en llegar. "Todos vienen deslumbrados por la sociedad española y, cuando aterrizan, se dan cuenta de que las cosas no están nada fáciles", explica Ana Soler, responsable de la Dirección General de Atención a la Infancia en Cataluña.

Existen diferentes tipos de residencias para menores en España. Naim tuvo suerte porque fue a parar a un piso de jóvenes en Madrid, hasta el momento su último destino. Allí comparte su vida con otros tres chicos, Aziz, Mohamed y Tarek, que como él empezaron su viaje y su vida en solitario tras subirse a un barco en el norte de África. Dos tutores viven con ellos y siguen atentamente su evolución. Este tipo de residencia empezó a ponerse en práctica hace menos de un año, cuando las instituciones encargadas de la infancia se percataron del particular problema de los niños desamparados por razones de inmigración. "Son chavales con una increíble ansiedad de autonomía y de independencia. Buscan trabajo y papeles, no formación y protección que es lo que les ofrecemos", comenta Rosa Vázquez, coordinadora de los centros de acogida de Madrid.

Éste es el problema al que se enfrentan ahora tanto las instituciones como los menores inmigrantes. Las primeras luchan contra la lentitud de la burocracia española para conseguir la regularización de los chavales. Los segundos aprenden el idioma y un oficio a contrarreloj en talleres subvencionados por las comunidades autónomas y gestionados muchas veces por ONG. Todos ellos viven una batalla contra el tiempo, conscientes de que al cumplir los 18 años sus derechos y sus ayudas se difuminarán entre las letras del texto de la Ley de Extranjería.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 18 de agosto de 2000

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