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El solar de un linaje legendario

Es la última muestra de una forma de vida que fue dominante durante siglos y que ahora suena a extravagancia: la permanencia en el solar de la familia y la fidelidad a los antepasados, virtudes características de la nobleza y que ni siquiera sus representantes actuales cumplen. A excepción de los Varona, linaje que tiene sus orígenes hace más de un milenio en la localidad alavesa de Villanañe y que ha sido testigo de las vicisitudes históricas de esa zona fronteriza que es el valle de Valdegovía. Por ver, los de Varona tuvieron la oportunidad de asistir a un milagro, el de la virgen de Angosto, en el otro extremo del valle, a la orilla del río Humecillo. Como recoge la crónica de esta estirpe en los folios 40 y siguientes, el pastorcillo Hernando Martín, en un día de temporal de 1089, cuando se fue a refugiar en un recodo, vio a una niña que había conseguido que las furiosas aguas del río se pararan a sus pies.

Inmediatamente se fue al pueblo a contar la nueva y les dijo: "Amigos, antes de que anochezca, venid conmigo hacia los campos de Humecillo, y veréis una cosa grande en el angosto de una peña, cercada de un montón de agua sin mojarla. Yo fijamente no puedo jurar qué es; más en mi concepto imagino que es la Virgen María Nuestra Señora". Y así debió ser, porque los vecinos que acudieron a la llamada del pastor Hernando Martín vieron lo mismo, según relata esa crónica de los Varona, que da fe de los distintos portentos que realizó aquella aparición con las aguas del Humecillo.

Hoy, el milagro tiene su representación en la ermita dedicada a la Virgen y las instalaciones que tienen los frailes Pasionistas, en los alrededores de aquel recodo del riachuelo donde el pastor de Villanañe vio la imagen. En el lugar, una imagen de la aparecida recuerda aquel día del siglo XI, mientras que al otro lado de la colina se ha establecido todo un complejo dedicado al cultivo del espíritu.

Restauración y museo

Otro ambiente completamente diferente es el que se respira en el extremo opuesto de Villanañe, alrededor de la torre de los Varona. Aunque la restauración emprendida por la Diputación de Álava es bastante lamentable en lo que es el entorno del castillo (con una plaza en primer término inexplicable, rodeada de una verja cerrada a cal y canto), con el edificio se ha mantenido el encanto medieval que le ha caracterizado durante siglos.

Buena parte de estas virtudes se han conservado gracias a esa permanencia de los Varona en su solar. Hasta la actualidad. Eso sí, no es fácil encontrar a los descendientes en el castillo. Cuentan las crónicas que el desaparecido José María de Areilza, conde de Motrico, tuvo que acercarse hasta seis veces a Villanañe para verlo. Quien no tuvo que esperar fue el entonces lehendakari Carlos Garaikoetxea, cuando en 1982 visitó la torre de los Varona. Aquella excursión coincidió más o menos en el tiempo con el compromiso de la Diputación alavesa para restaurar el edificio a cambio de que con el tiempo éste (y sobre todo su interior) se convirtiera en un museo.

De momento, y han pasado veinte años, la restauración está concluida, pero no se sabe nada del citado museo. Eso sí, la visita merece la pena, aunque sólo sea por disfrutar del foso que rodea a la casa-torre, con un aire medieval verosímil sobre todo, más que nada porque hace en verdad infranqueable el acceso a la muralla que guarda la torre.

De su interior hay que hablar de oídas, hasta que este hermoso edificio no se abra al público, como está previsto. Los que han traspasado sus puertas por un paso que en tiempos fue puente levadizo dan fe de las riquezas de su interior, sobre todo por el carácter histórico de las mismas más que por su presunto valor crematístico.

Hay que tener en cuenta que el linaje de los Varona es muy antiguo y siempre ha estado presente en los sucesivos hitos históricos que se han vivido desde la reconquista a la actualidad. El primero que llegó a Villanañe, hito imprescindible en la calzada romana que unía Burdeos y Astorga, fue Rui Pérez, un almirante visigodo que había desembarcado en Santoña (Santander) en el 690. Al de pocos años el linaje, en su tercera generación, ya se vio inmerso en la reconquista de la península, después de que, según la leyenda, don Pelayo se refugiara en la torre, donde se gestaron las primeras batallas contra los musulmanes.

Pero la que se lleva la fama en la familia es María Pérez, que fue la que tomó el apelativo -luego apellido- de La Varona. Como recoge un viejo pergamino de 1.500 conservado en la torre, los hechos se remontan a 1080, cuando el rey Alfonso VI le otorgó dicho título después de que descubriera un día que aquel valeroso caballero que luchaba heroicamente contra los moros "era varón y no mujer como sus indumentarias acusaban". La crónica concluye con el mandato del rey, quien ordenó que "en adelante no se le llamase señora ni mujer, sino Varona".

A partir de entonces, la crónica familiar va recogiendo todos los hechos de esta familia que, a diferencia del resto de los nobles de la zona, se quedó a vivir en su casa solariega.

Caro Baroja

Esta actitud fue elogiada hasta por Julio Caro Baroja, quien con motivo de aquella visita del lehendari definió el comportamiento de los Varona en el suplemento semanal de EL PAÍS: "Admiración clara y positiva. Esperanza que no es del todo racional: porque la excepción confirma la regla y en este caso que una familia viva durante centurias y centurias en el mismo lugar y en la misma casa es excepcional".

Ahora sólo queda esperar que se abran esas puertas de la torre de Villanañe para disfrutar de las camas con dosel de los dormitorios de la mansión, de los pergaminos, de la cerámica de Talavera, de la colección de armas... Todo un legado de siglos de historia, en el que no falta la consiguiente referencia al milagro cercano, esa aparición de la Virgen de Angosto que, de momento, está siendo más rentable para la localidad de Villanañe que la casa solariega con la que obtuvo fama en el pasado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de abril de 2000