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Tribuna:

Estado y confesión

Cuando la unidad confesional, propia de la Edad Media, fue desgarrada por el pluralismo religioso capaz de provocar, incluso, enfrentamientos civiles, Bodino primero y Hobbes después inventaron el Estado: un orden de dominación capaz de servir a lo que era común, esto es, los intereses permanentes y generales más allá de las pretensiones de una u otra confesión. Desde sus orígenes y cualesquiera que fueran los lazos que unían al Trono y al Altar, el Estado fue, por definición, secular, esto es, religiosamente neutro. Sus intereses eran ajenos a cualquier posición religiosa y para comprobarlo basta atender a la política de Richelieu o Mazarino. Precisamente allí donde la Razón de Estado cedió ante la razón de confesión el resultado fue contrario a la propia lógica estatal. Tal fue el caso español, según señalara certeramente José Antonio Maravall.Siglos después, el pluralismo político, encarnado en un sistema de partidos, se mueve entre los términos de una disyuntiva semejante. La pluralidad de ideologías e intereses que los partidos representan es tan legítima como el pluralismo religioso. Y la neutralización del Estado que la permanencia y generalidad de sus intereses requiere con no menos urgencia que la percibida siglos atrás por Bodino o Hobbes puede buscarse de diversas maneras. Una, ingenuamente ensayada por el gaullismo, superponiendo al pluralismo democrático un poder surgido de la unanimidad democrática. Y es claro que, más allá de figuras y momentos carismáticos, el presidente de la VRepública fue, al menos desde 1965, el líder de una mayoría partidista. Sustituyendo la ingenuidad por el cinismo, la neutralización se ha buscado también mediante la equilibrada distribución de cuotas de poder. Tal fue el sistema de la IRepública italiana y de Austria en los últimos 50 años, con el frustrante resultado que todos conocemos. La práctica comparada demuestra que la menos mala de las soluciones se consigue neutralizando el Estado mediante el sensato autocontrol de quienes tienen el poder. Richelieu era cardenal de la Santa Iglesia Romana e incluso, probablemente, un hombre de fe, pero supo diferenciar lo que su piedad podía aconsejarle de los intereses objetivos y permanentes de Francia, algo que tal vez no siempre los políticos españoles de su época supieron hacer.

Hoy día en España los partidos, todos ellos, debieran saber distinguir nítidamente lo que su interés requiere a la hora de expandirse, consolidarse o reorganizarse -y pienso respectivamente en el PP, los nacionalismos vasco y catalán y el PSOE- y lo que el interés del Estado recomienda. Un interés que no es compatible con el sometimiento a la disciplina jerárquica del partido hegemónico de las instituciones del Estado, o con su expansión autonómica y local, en perjuicio de los equilibrios existentes, tanto más valiosos cuanto más importante es el equilibrio en tiempo de mayorías absolutas, o con la marginación institucional de los adversarios. Un interés que, por su objetividad, requiere distinguir lo que los partidos nacionalistas son de los diferentes hechos nacionales que, aun siendo fruto de su fermento, trascienden en importancia a aquéllos como la obra bien hecha trasciende al obrero. Un interés que exige una izquierda a la altura del tiempo como algo más importante que el éxito o fracaso de diferentes empresas de poder personal o, lo que es igual, de dejación de responsabilidades.

La Razón de Estado trasciende a lo coyuntural y particular. Tiene vocación de permanencia y generalidad. La razón de partido, por definición, aun suponiendo, sin duda, opciones con vocación de generalidad, es tan particular como cualquier perspectiva o punto de vista sobre la realidad. En nuestros días, todo intento de decantar, al margen del pluralismo democrático, un interés general es, con razón, algo sospechoso y, por lo tanto, sólo de la articulación de los diferentes partidismos puede surgir una Razón de Estado a la altura de nuestro tiempo. Pero ello requiere de los partidos una autorrestricción capaz de someter a la razón del Estado común las razones de la propia confesión política.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de abril de 2000