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Subespecialidades pediátricas Manuel Crespo

La pediatría surge como especialidad médica para reducir las altas tasas de morbilidad y mortalidad infantil. Hoy, quien hace medicina infantil no puede abarcar el cúmulo de conocimientos que es preciso dominar, ni puede llegar a la aplicación de métodos y técnicas que requieren entrenamiento muy concreto. Las exigencias de los tiempos y el progreso científico obligan a la fragmentación de los saberes, sin renunciar a la visión unitaria y global del periodo de la niñez y la adolescencia.La Asociación Española de Pediatría creó sociedades y secciones para promover dedicación y experiencia en campos concretos de la patología del niño. Su crecimiento vigoroso ha dado lugar a importantes sociedades científicas, varias con singular eco en foros internacionales, y encontró un marco adecuado con su implantación en los hospitales infantiles. Quienes procedían de las "especialidades verticales" se integraron totalmente en el quehacer pediátrico y contribuyeron de forma ejemplar al progreso de la medicina infantil.

Ahora nos encontramos que, tanto científica como profesional y asistencialmente, las subespecialidades pediátricas son una "realidad de hecho", pero falta que sean una "realidad de derecho", es decir, reconocidas por el Consejo Nacional de Especialidades Médicas, asignatura pendiente desde que el Real Decreto de 1984 reguló la formación médica especializada. En el año 1995 se abrió un prometedor camino al establecer conceptualmente las áreas de capacitación específica -las subespecialidades- como "el conjunto de conocimientos, habilidades y actitudes añadidos en profundidad y/o extensión a los recibidos en el periodo de formación como especialista y desarrollados sobre una parte del contenido de una o más especialidades en las que existe interés asistencial y científico suficiente y dedicación significativa de un grupo de especialistas". El primer paso se dio con neonatología, aprobada en junio de 1997, en espera aún de desarrollo. ¿Qué está ocurriendo para que la atención al niño y al adolescente por pediatras especializados encuentre dificultades? ¿Estamos ante un proceso sin fin o ante el fin de un proceso?

Con su reconocimiento, en un marco de trabajo único de pediatras generalistas (pediatras internistas) y de pediatras especializados (o acreditados en una subespecialidad) -el área de atención infantil es "un todo continuo"-, se atenderá el derecho del niño para recibir cuidados prodigados por personal cualificado, conocedor de las necesidades específicas de cada grupo de edad estando hospitalizado con otros niños. Y se sentarán las bases para la racional ordenación de la pediatría en el ámbito terciario, garantizando que sus profesionales tienen los adecuados conocimientos y el oportuno adiestramiento técnico.

Para la "legitimación" de las subespecialidades pediátricas en España se dan dos requisitos imprescindibles: necesidades sociosanitarias y disposición de recursos humanos y técnicos adecuados. Así lo avala la estructura y funcionalidad de los centros de tercer nivel y, aún, de destacados hospitales de menor rango. La que podríamos denominar "masa crítica" es elocuente: más de 400 pediatras en neonatología; casi 200 en cuidados intensivos, endocrinología y crecimiento, gastroenterología y nutrición e inmunoalergia clínica; en torno al centenar en cardiología, nefrología, neumología, neuropediatría y oncología, y algo menos de 50 en dismorfología y genética, hematología y reumatología, sin considerar ahora los que atienden urgencias, infectología, psiquiatría infantil o pediatría social, que merecen, por sí solos, consideración especial. Con ello hemos pasado de la pediatría eminentemente asistencial, clínica y empírica a otra científica en clínica, docencia e investigación, con pediatras de mejor nivel científico y expertos en la aplicación de las más avanzadas técnicas.

El retraso en la puesta en marcha de estas especialidades por la Administración y las dificultades provenientes de una parte de la comunidad científica y profesional ajena a la pediatría están permitiendo una formación inadecuada. La decisión de desarrollar cuanto se recoge en el decreto 127/1984 significaría pasar del "hecho" a la "legitimación de derecho"; adecuar la preparación de los profesionales; ordenar la asistencia pediátrica del máximo nivel; reconocer el derecho del niño a una asistencia sanitaria integral, adecuada y de calidad; garantizar que el quehacer va precedido del saber y estimular el progreso y la investigación.

Tres objetivos para el futuro inmediato. Acreditación de unidades docentes, hecha con criterio riguroso y selectivo; reconocimiento del carácter de subespecialistas a quienes les avalen dedicación y currículum, y establecimiento de un programa formativo teórico y práctico por los futuros aspirantes. Conservando la troncalidad de la pediatría, es preciso adaptarse a las tendencias de la medicina moderna y afrontar con rigor y firmeza las subespecialidades pediátricas.

¿Hasta cuándo el niño y el adolescente han de seguir como huérfanos terapéuticos? ¿Podrán los niños beneficiarse del eco que encuentren sus médicos permitiéndoles la formación reglada, bien estructurada, exigible para la asistencia de garantía? De las inquietudes nos responsabilizamos los pediatras. ¿Y del silencio, quién lo hace? El fenómeno de la subespecialización, presente en la medicina de los países desarrollados, marca nuevas fronteras formativas y asistenciales. La realidad nos impone una razonable solución. Su ignorancia lo convertiría en un inquietante problema. No es sólo cuestión de deseo, sino del irreversible correr de los tiempos.

Manuel Crespo es catedrático de Pediatría de la Universidad de Oviedo. Presidente de la Comisión Nacional de Pediatría y sus Áreas Específicas del Consejo Nacional de Especialidades Médicas.

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