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Tribuna:

El niño muerto JOSÉ MARÍA GUELBENZU

Una novela breve, publicada recientemente, cuenta la historia de un niño que muere de inanición. La novela se titula La tumba de las luciérnagas. Sucede en el año de 1945, el de la rendición de Japón y del fin de la Segunda Guerra Mundial. Ese niño, hijo de una familia acomodada, a consecuencia del bombardeo de Kobe pierde a su madre y su casa, debe proteger a su hermana pequeña y sobrevivir. Su padre, oficial de la Marina, se encuentra en el frente, quizá haya muerto. Es un huérfano de guerra que debe valerse por sí mismo y, naturalmente, no está preparado para ello. Sin embargo, lucha denodadamente, heroicamente, pero todo es inútil. Su hermana muere de inanición. Él abandona la cueva donde se habían refugiado y acaba tirado en una estación de ferrocarril. "La tarde del 22 de septiembre del año 20 de Shôwa (1945), Seita, que había muerto como un perro en la estación de Sannomiya, fue incinerado junto a los cadáveres de otros veinte o treinta niños vagabundos en un templo de Nunobiki y sus huesos fueron depositados en el columbario, los restos de un muerto desconocido". El día anterior se había aprobado en Japón la Ley General de Protección a los Huérfanos de Guerra.Como digo, se trata de una novela, pero cualquier lector puede imaginar y asumir sin dificultad, a partir de ella, este mismo suceso en cualquiera de las guerras que nos circundan. El autor elige el lenguaje propio de un informe, aunque convenientemente convertido en materia literaria, porque busca alcanzar la conciencia del lector de un modo tan eficiente como libre de interpretación dirigida. No pretende desgarrar el alma del lector, mover su compasión, su ira o su lamento jeremíaco; pretende representar una realidad por medio de un artificio literario y dejar que sea la conciencia del lector la que reciba y perciba lo que ella crea que hay dentro del relato. Su actitud dice al lector: he aquí una realidad; no le culpo ni le obligo, solamente la pongo ante sus ojos. Lo que yo opine de ella no lo traigo aquí; lo que usted opine de ella es cosa suya. Es libre de aceptarla, de quedar indiferente o de rechazarla por sesgada.

La narración me ha conmovido profundamente no sólo por lo que contiene, sino por contraste con una actitud hipócrita y actual: la de ejercer de Jesús contra los mercaderes del templo. De la misma manera que Jesús, en un arrebato de indignación, azota a los mercaderes y los expulsa del templo porque están deshonrando la casa de su Padre, hay por ahí demasiada gente que nos azota con sus descripciones de la injusticia en el mundo con el objeto de dejarnos inermes ante el filete con patatas que nos disponemos a engullir mientras la humanidad sufre de hambre e injusticia. Naturalmente, no trato de defender mi derecho a comer mi filete tranquilo, sino de preguntarme con qué derecho y en nombre de quién ese ciudadano ejerce su derecho a encogerme el corazón.

Estos justicieros de salón siempre han tratado de echar encima de la gente el sentido de la culpa que atenaza su alma de profeta. Una vez que descargan en nosotros, se sienten liberados. Entonces se van a comer mientras nos dejan con un nudo en la garganta. Es más: en estos tiempos se ha convertido en un oficio; hay gente que come y vive de eso. Ni siquiera pretende nuestra conversión, aunque lo finja retóricamente, pues lo que desea es hacernos culpables de los males del mundo. Cínico o atormentado por su sensación de culpa, ante la que se siente inerme, sólo desea hacérnosla pagar.

La narración de Akiyuki Nosaka no es una llamada a la desesperación, sino a la conciencia; ésa es su grandeza. No culpa, no zahiere, sólo muestra con cuidadoso respeto un hecho atroz, pues no pretende librarse de su angustia culpabilizando de ella al lector, no pretende zarandearlo, sino llevarle al conocimiento. Porque el conocimiento es el alimento de la conciencia, y la conciencia es el vehículo para entender y afrontar la realidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 20 de marzo de 2000