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Tribuna:LA CRÓNICA

Lo que hay que tener JAVIER CERCAS

Hay gente para todo. Conozco a más de un bibliófilo que considera poco menos que una catástrofe la desaparición, a manos de las grandes superficies, de las viejas liberías, caóticas y un poco polvorientas, donde un librero que al menor signo de ignorancia podía escupirte por el colmillo aconsejaba y descubría libros a sus clientes. Como la bibliofilia es el único vicio que aún no he contraído -libro que no has de leer, déjalo correr-, me encantan las grandes superficies, siempre que quien me atienda en ellas sepa quién es Juan Carlos Onetti y no crea que Ortega y Gasset es el nombre artístico de una pareja de humoristas televisivos. Puedo asegurarles que eso no va a pasar en la Casa del Llibre, que acaba de abrir sus puertas en el paseo de Gràcia. No va a pasar, entre otras razones, porque Felip Ortega es el responsable de su área literaria. Ortega no es pariente de Ortega (y Gasset), pero lleva más de 20 años trabajando de librero. Aprendió el oficio en la Llibreria 22 de Girona, con Guillem Terribas, donde hacía lo que podía por quitarnos el pelo de la dehesa a los quinceañeros lletraferits de los setenta. Si algún día se cumple la profecía de Bradbury y Truffaut y el mundo se queda sin libros, llamen ustedes a Ortega y comprobarán que por lo menos los libros de Onetti se han salvado. Se los sabe tan bien que en mi época había quien pensaba que Onetti era un seudónimo de Ortega, y también quien creía que Ortega se llamaba Onetti. Pero, claro, un buen librero no es sólo un buen lector; también es un buen gestor. Sobre esto último no puedo opinar. Lo único que puedo decir es que en la Llibreria 22 yo he visto entrar a un tipo a por un periódico y salir cargado con los cuatro volúmenes de El hombre sin atributos, como he visto a Ortega creando fanáticos dispuestos a partirse la cara por Gabriel Ferrater, por Borges, por Ferlosio. En suma: un individuo peligroso.El día de la inauguración de la Casa del Llibre, Ortega, que pone la misma cara que ponía el día de su boda, me presenta a Martí Romaní, el director del tinglado, que tampoco parece un tipo muy de fiar. Romaní me enseña la librería, que es limpia y grande y luminosa y ordenada, y me dice que, a pesar de su superficie, aquello no es una gran superficie, sino una librería de fondo, lo que hoy en día viene a ser, más o menos, una librería donde los libros no desaparecen al cabo de tres meses. Los antiguos escribían para la eternidad; nosotros, para el mes que viene. "La posteridad era esto", pienso. Ortega me cuenta entonces que el día anterior don José Manuel Lara padre vino a ver su librería; Ortega no lo dice, pero piensa que el padre Lara es un hombre con atributos y que tiene lo que hay que tener. De golpe abren las puertas de la librería y la inunda una avalancha humana. Hay de todo, incluida una pareja de humoristas televisivos, pero quien en este momento está aplastándome la cara contra la sección de poesía es una señorita en traje de cóctel. En vez de escupirme por el colmillo, se aparta y me pide fuego; seguro de que aquello puede ser el inicio de una larga amistad, se lo doy, pero al hacerlo le quemo las medias, y tratando de que no se le quemen del todo le pego un cabezazo. La señorita me mira con cara de pánico; huye. "Moza que no has de probar, déjala pasar", me digo, y, para consolarme, trato de averiguar de qué están hablando Maruja Torres y Terenci Moix, que son los presentadores del acto. El guirigay es fenomenal, así que no me entero de nada. Por fin cazo una frase de Maruja Torres, que está hablando de Rociíto; convencido de que me ha dado una lipotimia por efecto de la asfixia y de que voy a recuperar el conocimiento de un momento a otro, me sacudo un mojito, que me desengaña. Entonces oigo a Lara hijo pegarle una bronca tremenda a Terenci porque acaba de salir de la UVI y sigue fumando. A mi lado alguien dice que Lara tien razón, pero que Terenci es un hombre con atributos y que tiene lo que hay que tener.

Acaba el acto; siguen las copas. Harto de buscar a los dos humoristas televisivos, para preguntarles si han leído a Ortega (y Gasset), pillo a Martínez de Pisón diciendo que lo primero que hace un escritor al entrar en una libería es mirar si tienen lo que hay que tener. Presa de un violento ataque de angustia, voy a las estanterías, busco por la letra c. Una vez comprobado que la Casa del Llibre es tan fantástica como parece, como se ha hecho de noche decido largarme a mis vicios, pero al salir a punto estoy de embestir a la señorita del traje de cóctel, a quien Ortega está embaucando con un poema de Ferrater que habla de Vilagut, un tipo que llevaba tantas horas de vuelo como Ortega de librero y que un día decidió aterrizar en la paz del matrimonio igual que Ortega en la Casa del Llibre. Resignado, en vez de pensar que hay gente para todo y que Ortega tiene lo que hay que tener, pienso: "Un librero era esto".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de marzo de 2000