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Tribuna:

Fractura y enseñanza

Sabemos desde siempre que cualquier atentado descoloca a cualquier observador y mucho más a los más cercanos. ¿Cómo puede suceder de otra manera si en condiciones normales la amenaza terrorista provoca tomas de posición que parecen descargas de adrenalina? La división del Foro Ermua a la hora de redactar manifiestos antes del asesinato ha sido, en este sentido, significativa.Peor resulta, sin embargo, que las posiciones se adopten en caliente tras un atentado terrorista y en plena campaña electoral. En general, ETA en estas ocasiones ha optado por utilizar una violencia inicial para dejar luego que los afines reclamaran el voto; no sabemos ahora lo que hará, en su abyección y su alambicamiento estratégico, cuando pide la abstención. Lo evidente es que existe un peligro inmediato de que la repercusión de los atentados domine por completo la campaña electoral, aumente la fractura existente en la política vasca y española sobre esta materia e impida extraer cualquier enseñanza de lo sucedido en este último año y medio.

Se comprende que después de un atentado exista un vehemente deseo de emplear la palabra no sólo para condenarlo, sino para borrarlo, como si eso fuera posible. Pero no es así y las declaraciones crean una dinámica propia que aumenta la distancia entre quienes debieran responder de la única forma que resulta concebible, es decir, con la esperanza de que los culpables sean detenidos y condenados. Cuando se suspenden actos políticos porque se ha producido un atentado se convierte en patente no sólo la fragilidad de una clase política, incapaz de controlar el uso de la palabra, sino la dependencia, incluso en el calendario diario, de quienes utilizan la violencia.

Si existe un mensaje claro de la sociedad española en torno al terrorismo es la necesidad de que los partidos superen sus diferencias; si no lo hacen, la propia fractura social a la que ellos han contribuido se incrementará, y bien puede suceder, por ejemplo, que los resultados electorales que llevan hacia la confrontación en los extremos de la sociedad vasca se ratifiquen, consoliden o incluso lleven a una polarización absoluta desplazando al resto.

Tras el asesinato de Buesa ha habido un momento en que Aznar ha estado a la altura de las circunstancias y ha demostrado el talante que le corresponde a un presidente de Gobierno en circunstancias difíciles. Pero le ha durado poco: es difícil imaginar a Suárez o Calvo Sotelo acusando al PNV de cinismo, cobardía o complicidad en un momento como éste, pero hay que reconocer que también lo han hecho analistas de izquierda. Lo más grave, sin duda, ha sido la reacción del PNV. No vale siquiera decir que ETA ha disparado contra el pacto de Estella, cuando es evidente que lo ha matado. No tiene presentación interpretar como el resultado de una oscura maniobra del Cesid una protesta que puede haber sido desorientada y excesiva, pero que parece a todas luces auténtica. Sobre todo, esa queja resulta abrumadoramente minúscula ante la trágica realidad de la vuelta al punto de partida en la violencia. Y lo afirma quien ha escrito con frecuencia en los últimos tiempos contra los ataques desmesurados al nacionalismo.

Según muchos, la enseñanza de estos últimos meses es que la tregua fue una trampa. Es muy posible que así fuera desde el principio para ETA, pero el conjunto de los vascos no lo vio de este modo y esto puede tener una vertiente positiva. Hoy se impone la triste realidad de que en el entorno de los terroristas no son visibles ni preparación ni estado de ánimo intelectual o moral para colaborar en la paz. Urge, por lo tanto, pasar página porque estamos en otro momento político. Con los nacionalismos democráticos se podrá debatir cuanto se quiera, siempre procurando evitar una fractura política irreversible. Lo necesario es ahora que el Estado y las instituciones autonómicas testimonien esa eficacia policial que Buesa reclamaba en el último de sus discursos. Atutxa dijo que se había disparado contra todos los vascos, y tiene toda la razón. Cuando algo así sucede no tiene sentido que se enzarcen durante toda una campaña electoral los agredidos, sino que hay que confiar en lo que deben hacer las fuerzas de seguridad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de febrero de 2000