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Tribuna:

Educación afectivo-sexual

PEDRO UGARTE

Ya no hay persona capaz de reconocer el itinerario educativo de generaciones posteriores a la suya. La docencia cambia a velocidad de vértigo. A medida que envejecemos, nos sentimos rehenes de nuestra propia memoria (Preu, COU, BUP, ESO, reválidas, exámenes, controles, evaluación, etc.) y somos incapaces de entender las referencias de los que nos suceden en las aulas.

Pero si la estructura de la educación es complicada, no lo es menos la de los contenidos que se imparten en la misma. Aún son muchos los que recuerdan aquello de la Formación del Espíritu Nacional. Otros apenas rozamos la evidencia de que el euskera algún día se impartiría en las escuelas. Los planes actuales, que multiplican las materias optativas (y obligan, de hecho, a que auténticos mocosos se vean en el compromiso de ir perfilando, tan tempranamente, su futuro), nos parecen a ciertas generaciones un prodigio de previsión y libertad. Recientemente la prensa ha anunciado la programación de una nueva disciplina en nuestras aulas: formación afectivo-sexual. El Departamento de Educación del Gobierno vasco distribuirá el material preparado, en colaboración con la UPV, para impartir el programa de la nueva disciplina en todos los institutos de secundaria de Euskadi.

Esa inesperada ansiedad por enseñarlo todo nace de la secularización de nuestra sociedad. Cuando la religión era el referente ético exclusivo, su enseñanza abarcaba implícitamente todas aquellas disciplinas que se emparentaban con "ser persona" o, todavía más, "ser mejor persona", y de luchar contra nuestros íntimos instintos egoístas. Pero hoy la religión no cumple ese papel, o sólo lo hace parcialmente. Todo proceso de secularización presume de liberar a la gente de sus prejuicios y encaminarla hacia un destino racional, luminoso y progresista. Ello exige que la educación se extienda a la totalidad del ser humano y aborde, en consecuencia, todas las vertientes de nuestro ser. Personalmente soy escéptico acerca de la eficacia de esas vastas pretensiones, y entiendo la abrumadora responsabilidad que asaltará a los docentes obligados a impartir educación afectivo-sexual. ¿Cómo se enseña la afectividad? ¿Qué directrices nos pueden salvar de la frustración o de los deseos nunca realizados? ¿Es posible que algún educador crea que va a eximir a sus alumnos de las atroces inseguridades que asaltan a un adolescente?

Lo políticamente correcto llevaría a decir que sí, que la educación disolverá las íntimas zozobras de los seres humanos del futuro. Pero la verdad obliga a recordar que se trata de un proyecto tan utópico como el de redimir el alma humana de su confusa telaraña de miedos, aprensiones, esperanzas, orgullos y vergüenzas. Durante unos años se habló de educación sexual y sinceramente opino que, al margen de algunos consejos de intendencia (instrucciones sobre el uso de un condón), la vida de los jóvenes no cambió en exceso por el sólo hecho de formalizar aquel cuaderno de apuntes. Dudo que los chicos y las chicas acudieran a las tumultuosas verbenas veraniegas con fines distintos a los que acudíamos nosotros. Estamos generando una nueva hipocresía si pensamos que, en estas cosas, las personas no se mueven en gran parte por instinto. Los instintos son educables, pero no dejan de ser lo que siempre han sido.

Loable iniciativa como tantas otras, yo no esperaría mucho, sin embargo, de la educación afectivo-sexual. No creo que libre a ningún adolescente de la pavorosa frustración que se padece cuando la chica de tus sueños desdeña una invitación para ir al cine. No creo que libre a ninguna chica de buenos sentimientos de verse engañada por un tipo sin escrúpulos. Ningún departamento de educación puede llegar tan alto. Y nadie puede perder de vista que hay cosas que no se enseñan en las aulas, sino que sólo se aprenden en la vida, en ese vasto remolino donde todos nos confundimos, donde todos recibimos nuestra ración correspondiente de escarmiento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de enero de 2000