Bailando con la "zapa" de Noé
Tras ocho años de experimentación y búsqueda de talentos, los resultados de fusión en Suresnes saltan a la vista: no hay fronteras reales y el escenario es un espacio de reunión en libertad donde la metáfora del arca de Noé está llena de sentido, que podría ser una gran zapatilla de deporte a la deriva virtual, y dentro los chicos con sus sampler, sus platos, sus vinilos... y sus zapas (en argot parisiense, basketf), que son al hip-hop lo que las zapatillas de punta al ballet clásico. La verdad es que ningún código de danza se había universalizado tan rápido desde los siglos XVIII y XIX como éste. Los hijos putativos de los primeros break, herederos de la cadencia funky, hacen que la emoción no falte jamás en escena. Los artistas van rapados a lo skin o con trenzas rasta, da igual; visten chándal de nailon, gorros para la nieve calados hasta las cejas, mientras los recitativos rap son mordaces, adoloridos, muy resentidos con los tiempos que corren, nada inocentes. Sobre ellos se baila, y aparece el ritural totémico de las piruetas con la cabeza, entonces el respetable brama como si una estrella hiciera 32 perfectos foeuttés. Los bailarines están todos en la veintena, son vitales y fibrosos, adustos y hasta elegantes. Podrían ser modelos de Calvin Klein pero prefieren las duras plazas parisienses para expresarse y de allí ha salido esta variada paleta pues proceden de segunda y tercera generación de emigrantes de los cuatros continentes unidos en la globalidad del dance, el techno y las remezclas. Los coreógrafos Regis Obadia, Bruno Dizien y Abou Lagraa los han llevado al terreno teatral respetando su estética y hay un solo magistral con fondo de música barroca de una lírica auténticamente despiadada que demuestra que el baile babélico y neomoderno conquista su puesto parnasiano.
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