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Los redobles se adueñan de la calle

Imposible escapar al ruido ni en el lugar más recóndito. Hoy es el día de san Sebastián, la fecha más señalada del calendario de la capital guipuzcoana. Los cánones mandan que el patrón debe recibir como tributo el estruendo más sonado de tambores y barriles y los donostiarras se afanan en cumplir con la tradición desde medianoche. Durante 24 horas, hasta la arriada de la bandera,más de 13.000 personas elevarán al santo sus honores al ritmo de las composiciones de Raimundo Sarriegui. En el año 2000 la fiesta conserva el mismo sabor de siempre, busca la complicidad del tiempo y mantiene a los 5.500 pequeños soldados en el centro de su espectáculo. La izada de la ya oficializada bandera de San Sebastián provocó la pasada medianoche la explosión de júbilo e hizo estallar la fiesta. En la balconada de la Biblioteca Municipal el flamante Tambor de Oro, el golfista José María Olazabal, asistía como testigo de excepción a una de las interpretaciones más experimentadas de la Marcha de San Sebastián, la de los tamborreros de Gaztelubide, una sociedad que lleva más de seis décadas encargada de la liturgia inaugural de esta jornada festiva.

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El ritual se cumplió en toda regla, pero tuvo algo de novedoso. Por primera vez, un niño participó en el acto más significativo del día de san Sebastián. Iñaki Aranzabal, miembro de la compañía infantil de Euskal Bilera, entregó a Juan Mari Abad, Tambor Mayor de Gaztelubide, una bandera bordada con los dígitos del año 2000. El concejal de Turismo, Kote Villar, lo explicó en su momento como un símbolo "de la juventud del nuevo milenio que nace y recibe el testigo de la tradición".

En todo caso, no hace falta apelar a la tradición para garantizar la pervivencia de esta fiesta, que enciende los sentimientos del donostiarra menos folklórico y suscita la adhesión ciudadana unánime, aunque sea una forma de vivir la fiesta más contenida que en otras capitales cercanas. En San Sebastián impera un singular formalismo en este festejo; en la música, la presencia de los tambores, la importancia de las sociedades y por supuesto en las delicias gastronómicas.

Los donostiarras acostumbran a regalarse una cena a base de angulas en la víspera de su patrón. Pero los precios desorbitados -el kilo se vende a más de 24.000- amenazan con excluir esta delicia gastronómica del menú e introducir otros manjares en los domicilios. El ambiente crece año a año y las compañías suman nuevas incorporaciones a sus filas. Durante esta jornada 82 tamborradas de adultos desfilarán por los distintos barrios de la ciudad. Brindaron sus primeros sones a medianoche y aventajan por tanto en 12 horas y muchas traineras de experiencia a los niños que estrenarán hoy públicamente sus tambores. Pero pierden por goleada en ilusión.

Los 5.500 soldados que se concentrarán a mediodía en Alderdi Eder no saben disimular ni contener su emoción, aunque se tomen con solemnidad y seriedad rigurosa su desfile. Viven la tamborrada como una experiencia única y soportan el frío con estoicismo. Saben guardar las formas, salvo en lo que se refiere a la rigurosa disciplina militar que simulan y garantizan con ello su papel protagonista en el espectáculo y el de sus progenitores. Porque tantas sonrisas provocan las irregulares filas de las formaciones infantiles como actividad frenética de sus mayores, a la búsqueda de esa imagen con la que engordar el archivo casero de sus vástagos.

Los niños vivieron ayer los prolegómenos de la fiesta. El primer edil, el socialista Odón Elorza; la teniente de alcalde, la popular María San Gil, y otros representantes de la corporación brindaron una recepción oficial a representantes de todas las tamborradas infantiles en el Teatro Victoria Eugenia. En este escenario, los pequeños oyeron con atención las palabras del alcalde y aplaudieron las actuaciones de magos y payasos. Era el acto en el que se investía oficialmente a Itziar Palacios como Bella Easo; al general, Mikel Lesaka, y a la Tambor Mayor Ane Martínez, que vivirán hoy la fiesta desde la posición más privilegiada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 20 de enero de 2000