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Crítica:CRÍTICATEATRO

Directivos en paro

Top dogsDe Urs Widmer, en versión de Philip Rogers. Intérpretes, Fernando Guillén, Ángela Castilla, Mónica López, Pep Molina, Sergi Calleja, Vicente Genovés, Juli Mira, Ricardo Moya. Iluminación, Quico Gutiérrez. Escenografía, Jon Berrondo. Música, Carles Santos. Dirección, Mario Gas. Teatro Principal. Valencia, 28 de octubre.

Sobre la historia de una pandilla angustiada de directivos en paro pueden hacerse muchas cosas en teatro. Urs Widmer ha optado por una fragmentación en escenas consecutivas que le permiten no echar mano de un hilo conductor distinto a la colección de estampas que quiere contar para centrarse en la impresión de conjunto más que en el desarrollo puntual de sus propias premisas. Al desdeñar -sin despreciarlo por completo- el desarrollo argumental en favor de los saltos sucesivos que le proporciona la situación de partida, Widmer opera un tanto a la manera de Swift en algunos pasajes de Gulliver: juega con la distancia de los puntos de vista (las confesiones íntimas, el recurso a la sesión de terapia que externaliza gestos agresivos...), lo que supone de entrada el hábil manejo de una de las claves universales de la ironía.Una ironía que aquí será doble -y de ahí también la aparente fragmentación argumental-, ya que está vista a la vez desde dentro y desde fuera de la situación inicial que se propone al espectador, y de sus consecuencias. Los personajes no son intercambiables del todo, pero sí buena parte de sus ahora frustradas experiencias profesionales: eso juega con notable rotundidad contra la confección redondeada del drama, hasta el punto de que le permite, en favor de los tiempos, ensayar incluso un número musical. Con todo esto y una cierta mala leche de partida, Mario Gas consigue un montaje brillante a veces, que salva los difíciles monólogos en los laterales del escenario, con más decisión en algunos pasajes que en otros (como en los ensayos para caminar con otro porte), apoyado en una escenografía que apenas es silencio y en un reparto donde la veteranía de Fernando Guillén, la presencia de Ángela Castilla y la gracia de Pep Molina salvan cualquier obstáculo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de noviembre de 1999