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Crítica:

No puede ser

Alguien dijo a mi lado: "No puede ser". Probablemente es una perfecta definición de algunos de los números de este ilustre circo: se hace en él lo que humanamente no se puede hacer, lo que parece imposible. Vino el año pasado y asombró: este año no comporta la sorpresa, aunque los números sean totalmente distintos, sino la confirmación. Lo que no ha cambiado es la belleza permanente. Es otra emoción distinta, pero es una emoción de las que tienen el ánimo en suspenso, pero tranquilo. La victoria sencilla y tranquila sobre la ley de la gravedad es conmovedora. La estética, que es su principal inspiración, comienza ya con la tersura de las lonas bien iluminadas junto al río Manzanares: las cúpulas como pagodas. No nos abandona más durante las tres horas del espectáculo, que se hacen cortas.Este espectáculo se define a sí mismo como teatro. Hay un breve argumento: una niña, mientras sus padres la ignoran, ve personajes no comunes, atraviesa el espacio: como la Alicia de Lewis Carroll, que es uno de los antecedentes de este espectáculo (por las figuras de lo absurdo, por los personajes episódicos que unas veces reptan y otras son como derviches danzantes). Uno de los personajes es el hombre sin cabeza, bajo un alto paraguas diluviado: parece un tema del pintor Magritte, y éste es otro de sus antecedentes, como lo es todo el arte surrealista, sus colores y sus siluetas, y el dominio de lo imposible. Ese personaje es el que da el titulo al espectáculo. Un quidam es, en español, un sujeto indeterminado, sin nombre: uno, alguno. También, como el argumento, es un pretexto, aunque abra y cierre el espectáculo. Su paseo solitario por la pista es el que nos despide. Pero la teatralidad no reside en el argumento y el personaje misterioso: está, sobre todo, en los vestidos, las luces, la forma de envolver los fantásticos números de verdadero circo. Hay una literatura y una pintura continuas en todas las alusiones. Las jóvenes niñas asiáticas que juegan con enormes diábolos lanzándolos al aire, recogiéndolos en posturas inverosímiles, pasándolos de una a otra, arrancan los primeros gritos de asombro, los primeros "¡No puede ser!". Pero no es sólo su juego inverosímil: es el maquillaje, los trajes, los gestos. El teatro, claro. Oigo decir que ya estuvieron aquí el año pasado: eso sí que no puede ser. Serían sus hermanas mayores. La contorsionista aérea, volando entre dos lienzos de seda, envolviéndose en ellos y envolviéndolos con su cuerpo; la tropa que salta a la comba y gana a las velocísimas cuerdas. Los aros, las ruedas, el perchero, las cuerdas flotantes. Los acróbatas que se arrojan unos a otros los cuerpos humanos con la misma ligereza y sencillez con que las niñas jugaban con el diábolo.

Cirque du Soleil

"Quidam", por la compañia del Cirque du Soleil. Explanada del Estadio Vicente Calderón.

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Es un circo sin violencia. No hace falta que nadie encarezca, como el clásico presentador de los circos habituales, el "más difícil todavía", ni son necesarios los redobles de tambor que subrayan el riesgo o el peligro, la exposición o el miedo; al contrario, parece que el deseo principal de todos los artistas y de sus directores es el de que uno crea que, al salir, podrá hacer estas maravillas en el pasillo de su casa. Son "unos", son "algunos" en esta manera de jugar como entre ellos. El numero atlético de los estatuarios, hombre y mujer de músculos de una tensa belleza, se mueven con la lentitud de unas estatuas grecorromanas que se desperezasen en la noche del museo: sus rostros están impasibles, y su paso cuando se retiran es lento y ordenado, como si nadie les estuviera aplaudiendo. Ni mirando. No han hecho nada, no tienen mérito, parecen decir. Simplemente, se han distraído un poco. Tampoco los payasos son violentos. No se pegan, no se insultan, no se amenazan ni se hacen trampas. Creí ver en las indumentarias y en algunos rasgos algo de Grock, algo de Charlie Rivel, los viejos padres de la risa. Es lógico: en este circo tan moderno la tradición es una fuente continua.

Más que entusiasmo

Los payasos se subrayan unos a otros, se socorren, se ayudan. Y el maravilloso hombre permanentemente presente, al que desde las alturas un dios del circo llama, a veces, "John", es un prodigio de gracia y de destreza. Ah, tampoco tiene nombre en los programas: ninguno está nombrado, excepto los payasos MacLoma, como si todos los demás simbolizaran al quidam a quien está dedicado el espectáculo.El público fue más allá del simple entusiasmo. Cada número estuvo jalonado por los gritos de asombro, por los aplausos de las más de dos mil personas que llenaban la enorme carpa. Y el final tuvo aclamaciones del público puesto en pie, peticiones de que no se fuera nunca de la pista esta bella troupe. Algunos de los invitados especiales tuvieron la oportunidad de conversar con ellos, luego, en una pequeña fiesta de champaña que les reunió.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de noviembre de 1999

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  • CIRQUE DU SOLEIL - 'QUIDAM'